lunes 8 de febrero de 2010

KALVELLIDO


El dibujante Juan Kalvellido y yo somos uña y mugre desde hace ya hace muchos años (¿15, 20…? Ya ni lo recuerdo, es como si él siempre hubiese estado ahí?). Juanito ha ilustrado o hecho portadas de mis libros en Ajuste de cuentos, Odio enamorado, Atrapados en el paraíso, La polla más grande del mundo, El cangrejo valiente… Y juntos perpetramos un comic titulado A Chankete le olía el aliento... Y miles de historietas más. Y faxes, cartas, emails… Casi a diario. Solo nos hemos visto dos veces, sin embargo, pero –quizás por eso- es uno de mis dos mejores amigos. Somos compañeros de penurias, paños de lágrimas… Muchas veces los dos hemos seguido adelante solo porque el otro, aunque quizás igualmente tan maltrecho, estaba ahí, era el único en quien podías apoyarte. Yo, siento a menudo, que he recibido de él mucho más de lo que le he dado. Creo, en general, que el mundo ha recibido de Kalvellido mucho más de lo que él generosamente le ha dado. Juan Kalvellido es un ARTISTA, demasiado a menudo incomprendido, injustamente incomprendido, e ignorado, porque es peligroso, incómodo, indomable, porque dice lo que muchos no quieren oír.… Es el signo de nuestros tiempos y de todos los tiempos.

Durante estos días, en Pamplona, se exponen algunos de sus cuadros, junto con otros de Azagra, otro mito del comic, el de El Jueves, el de Pedro Pico y Pico Vena, el del Partido de la Gente del Bar… La expo en Kalaxka (Zabaldi) en la Calle Navarrería 25, es una de las actividades del febrero contra las guerras que Kalaxka ha organizado, y se titula Palestina e Irak a ojos de Azagra y Kalvellido. Juanito ni siquiera sabía que sus cuadros andaban rulando por aquí, se enteró cuando yo se lo comenté, lo cual dice mucho de él, de esa generosidad de la que antes hablaba, de los motivos porque sus lápices siempre están en lucha…

En su último email Juan me envió el dibujo que cuelgo arriba, no pertenece a la exposición de la que aquí hablo, pero me encanta.

Este es, en fin, el blog de mi amigo http://www.kalvellido.net.


jueves 4 de febrero de 2010

Dulce herida otoñal


Ahí va el otro cuento que han publicado en la Revista Groenlandia, y que pertenece, como El señor conductor tiene sífilis, a mi libro La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos (Baile del sol)


DULCE HERIDA OTOÑAL.
Patxi Irurzun

Hay miradas que sólo duran un átomo de tiempo pero que nos traspasan y se alojan en los pliegues del alma para siempre, a veces como un bálsamo, otras como una herida.
Camino por las murallas pisando los primeros esqueletos de hojas muertas. El polvo en el que se deshacen se confunde con los huesos de quienes levantaron esos baluartes y me siento transportado en una máquina del tiempo hasta que soy sólo el sueño en el corazón de uno de ellos: un hombre feliz viviendo un futuro en paz.
El sol comienza a llorar lágrimas de moribundo y éstas levantan un olor de tierra mojada, como el de un recién nacido. Es el otoño. Algo que empieza. Algo que se acaba. Un límite entre locura y cordura. Una melancolía esperanzadora.
Vengo de curiosear entre los puestos de un viejo rastro. Un gato negro, pantera de mentirijillas, demonio enmascarado, bolsa de terciopelo con siete corazones, se movía sobre las mesas de antigüedades a cámara lenta, deslizaba primero sus patas, las estiraba prodigiosamente, multiplicando su longitud por tres, acomodaba después la almohadilla en huecos invisibles y su espinazo entonces se curvaba dulcemente, como una ola muriendo en la playa, y así avanzaba, cruzaba las mesas sin rozar siquiera las regaderas, los quinqués, las figuritas que se amontonaban desordenadamente sobre ellas. El gato negro era arrogante y exhibicionista, podría saltar la mesa, o pasar por debajo, pero prefería que todos miráramos sus movimientos elegantes y precisos. El gato negro era un poeta salvaje. Recordaba el esplendor en la porcelana y también cada una de las muescas posteriores; los retorcijones de sus tripas con los titulares de guerra y hambre en las páginas amarillas de los periódicos y los plácidos ronroneos cuando alguien le acariciaba mientras leía en ellas cuentos románticos, alegres fábulas...
Quizás fuera uno de esos gatos que han nacido en el cementerio y por eso sabe que de los ojos de las calaveras florecen siemprevivas y nomeolvides.
Continuo paseando por las murallas hasta desembocar en el casco viejo. Desde las hendiduras entre los adoquines trepa un olor a humedad que se me enrosca y me estrangula el corazón con su desasosiego. Como un recuerdo extraviado. Como el reflejo de un charco en el infierno. Aunque en realidad no sé si es el sudor de los adoquines o un akelarre de las motitas de polvo de las antigüedades, danzando endiabladas y estrellándose contra las paredes de mi pituitaria.
Ahora las gotas de lluvia son gruesas, como balas transparentes. Camino pegado a las paredes de un teatro. En la acera hay un camión aparcado, junto a una puerta. He visto otra veces camiones como ese, junto a esa puerta, descargando enormes decorados: una parcela de luna, la habitación de un manicomio... No puedo evitar una mirada curiosa al pasar.
Y entonces, durante sólo ese átomo de tiempo, acurrucada entre toda la cacharrería, veo a la chica, sola, abrazada a sus rodillas, con las aletas de su nariz palpitando, oliendo al recién nacido, el otoño. Y descubro esa mirada, y entonces todos los recuerdos se hacen diáfanos, son las traiciones, los miedos, las comodidades, las rutinas que han convertido mi vida en algo que no quería, los trabajos-basura, aniquilantes, la mala suerte,los amores-basura, vacunas contra la sífilis de soledad, el tiempo desperdiciado... Y sigo caminando, como si nada hubiera sucedido, pero con esa dulce herida de su mirada, que me ha traspasado.
¿Quien eras, mi dulce herida otoñal? ¿Donde estás? Seguiré buscándote el resto de mi vida, porque ahora se que lo que nos sucede puede parecerse a lo que alguna vez soñamos. Aunque vuelva a arrojar esa vida al vertedero tu mirada siempre será un rayo de esperanza en las cuevas lóbregas y frías de mi alma atormentada. Quizás te encuentre, como una piedra preciosa entre la inmundicia. Quizás sólo encuentre muñecos de trapo. Quizás ni siquiera eso, pero nunca dejará de soñar, al menos, hombres y mujeres felices viviendo un futuro en paz. Y si hasta eso falla la próxima vez me enamoraré en primavera, como todo el mundo.

ESE TOCHO (CAPÍTULO 7)

LA PORTADA DE TASIO EN COLORINES

"Pichurri". Qué vergüenza. Me sonó ridículo... pero no extraño. Aquellas cursiladas se me solían escapar en momentos como aquel, justo al correrme. Eran como un antídoto para lo que vendría después, la llamada tristeza post-coitum. Siempre, cuando acababa de hacer el amor, experimentaba aquel vacío. Un vacío que era como cuando me metían un rosco en casa y el graderío se convertía en un cementerio; un vacío que me alejaba de la mujer que tenía tumbada al lado en la cama, la convertía en una extraña, y me convertía a mí mismo en un extraño al que incluso se le arrebata la idea de que el motorcito del mundo es el amor, incluso aquel amor de baja intensidad, el sexo rápido y furtivo; un vacío que, por el contrario, me hacía creer que el amor, y el mundo, sólo eran descargas de energía, y nuestras vidas se reducían a todo lo que quedaba en medio, los esfuerzos egoístas para proporcionárnoslas. Como aquellas palabras supuestamente amorosas que en realidad sólo buscaban la manera de echar un segundo casquete que se llevara consigo aquel dichoso vacío. Como irse desesperadamente a buscar el gol tras encajar uno.
Cada vez, de todas maneras, me costaba más. Un miembro sexual descomunal tenía sus inconvenientes, te rozaba en los muslos cuando subías a rematar en el tiempo de descuento los córners y, en lo sexual, costaba horrores volver a elevar semejante mole.
Así que allá estaba, tumbado, diciéndole lindezas a la alcaldesa y masturbándome por debajo de la sábana sin demasiado entusiasmo, mientras ella se vestía en un rincón de la habitación pudorosamente, con todo el peso del arrepentimiento cristiano y de sus responsabilidades políticas sobre las espaldas. A fin de cuentas había venido hasta mi habitación a pedirme que salvara su culo y yo no había hecho más que sobárselo.
—Lo siento, me tengo que ir, hoy me toca presidir la corrida —se disculpó, pero al pronunciar esta palabra volvió a ponerse colorada y su arrebol fue como una gran grúa que me elevó el ánimo. Pegué un salto en la cama y le rodeé la cintura cogiéndola por detrás. Esta vez lo hicimos allá mismo, en el suelo. Me excité muchísimo: me gustaban las mujeres que decían guarradas mientras cogían y aunque la alcaldesa se creía muy europea no podía evitarlo y gritaba como una loca (o tal vez lo hacía la troglodita que aún llevaba en su interior):
—Clávame esa tranca, entera, sí, campeón, fóllame, como a una perra, que se jodan todos, frígidas, pichicortos, todos unos mierdas, no como nosotros, elegidos, especiales, así, así...
Por un momento tuve la sensación de que a la alcaldesa en realidad no le volvían locas mis manos, ni mi tranca, que en el fondo era como la chica del bar y solo le excitaba la idea de relacionarse, incluso íntimamente, con ricos y famosos. La penetré con rabia, con odio incluso. No pensaba salvar su culo, se lo iba a hacer añicos. Era una hipócrita, una clasista. Y yo no me olvidaba de dónde venía, tal y como me había enseñado Dios, es decir Diego Armando Maradona. Yo era un arrabalero, así que le escupí, le azoté las nalgas, le insulté... Y a ella... le gustó, le volvió a poner caliente aquella violencia. Aunque también comprendió lo qué había, y cuando terminamos, apelotonó su ropa, se fue al baño y salió minutos después, de nuevo vestida de alcaldesa.
—Le exijo que desmienta ante la prensa lo nuestro y que condene esa foto trucada. Es por su bien y el de su carrera —dijo, de esa manera en que los políticos convierten en favores sus amenazas y chantajes. Después me alargó una tarjeta. Era la de Txus Cuenco, el periodista.
En cuanto se fue marqué su teléfono. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Txus, lo del balcón es cierto. La alcaldesa intentó hacerme una paja —confesé.

martes 2 de febrero de 2010

SALINGER NO TENÍA BLOG


No sé muy bien cuándo leí El guardián entre el centeno, creo que fue hace ya muchos años y no recuerdo muy bien la historia, solo -me parece- que nevaba. Me pasa mucho con muchos libros, los leo y no retengo, se me olvidan (bueno, hablo de la historia, a veces lo que retienes es el estilo, el clima –en El guardián entre el centeno nevaba, por ejemplo-, la voz del autor…). Por eso me sorprende que haya gente –y la envidio- que siempre tiene algo que decir, que son auténticos expertos en obras, escritores, sobre todo cuando estos últimos se hacen famosos o les dan un premio o se mueren o resucitan (como ahora Félix Francisco Casanova). Yo debo de ser un renacuajo, pues mi memoria muchas veces ni siquiera llega a ser de pez.

El caso es que de Salinger lo que de verdad me llamaba la atención y admiraba (porque intenté profundizar en él sin éxito, sin que me revelara algo más de esa mitomanía, esa fe que irradiaba a otros, a través de sus cuentos, como el del pez plátano o banana, depende de la traducción) era la manera en que se borró del mundo literario.

Para un escritor tímido como yo, feo y sin carisma ni habilidades sociales-y con la cabeza llena de goteras-, escribir libros y no tener que hacer nada más, presentarlos, dar entrevistas, hablar con otros escritores -eso es casi lo peor-, sería el estado de felicidad completo. A los autores hoy en día se nos exige ser comerciales de nosotros mismos, e incluso se da más valor a esa capacidad de saber venderse que a la propia obra (o al tener amigos, contactos o una historia rocambolesca o sórdida que poner en la solapa de la biografía). Un escritor no sólo debe escribir bien (bueno, quizás eso no sea necesario), además tiene que resultar ingenioso o simpático o de una inteligencia deslumbrante en las entrevistas. Yo, sin embargo (aparte de que no creo que un escritor tenga por qué ser necesariamente no solo guapo y simpatico, ni siquiera inteligente, sino mostrar una visión diferente del mundo,..) yo, decía, me expreso fatalmente cuando hablo. De hecho, por eso, entre otras cosas escribo. Y por eso me consoló leer un artículo en la revista EÑE el que, a raíz de una entrevista en la que se ve a Nabokob tirando de chuleta en una entrevista, Arthur Krystal se planteaba que Hablar es otra arte ¿Debe una persona que trabaja con el lenguaje (escrito) ser también brillante en el hablar? (así se subitulaba la cosa).

Luego, claro, está también que a Salinger y los sesenta millones de guardianes entre el centeno vendidos tampoco le hacía falta demasiado publicitarse (pese a lo cual sabemos detalles escabrosos como que se bebía su propio pis o que Charlot le quitó la novia), otra cosa es cuando vendes, con suerte, cien o doscientos ejemplares de tus libros. Si a Salinger le pasara lo mismo me pregunto si él tendría o no un blog. En todo caso, a veces también dan ganas de echar la persiana y ponerse de una vez a escribir, por puro placer, olvidándose de todo lo demás, la vanidad, el éxito, la opinión de los demás, el reconocimiento, el puto blog… Quizás, en realidad, no sea tan difícil: lo de ser un escritor desaparecido -aunque no se por voluntad propia- ya lo tengo ganado.

domingo 31 de enero de 2010

EL SEÑOR CONDUCTOR TIENE SÍFILIS


En la Revista Groenlandia de Córdoba publican dos de mis cuentos, aquí os dejo con uno de ellos, que aparece en la recopilación "La polla más grande del mundo" (Baile del Sol):


EL SEÑOR CONDUCTOR TIENE SÍFILIS. Patxi Irurzun


Querido diario: esta mañana no me he hecho pis en la cama. ¡Por fin! Para mi que ha sido porque hoy en vez de las clases, con el padre Demetrio preguntándome raíces cuadradas y diciendo "pero que burro es usted, Goñi", nos hemos ido de excursión, al monte, a ver como se hace el queso, que resulta que no lo fabrican en el polígono donde trabaja papá, en el que yo pensaba que se hacía todo, las cajas de leche, los coches, las pistolas, los juguetes, que va, el queso este lo fabrica una señora que tiene una casita con muchas ovejas que huelen mal en mitad del monte, y todos íbamos muy contentos para allá, cantándole cosas al señor conductor, cada vez que cogía una curva y parecía que el autobús se iba a caer por uno de esos barrancos tan altos y tan verdes y tan mojados, así hasta que Olleta, uno que es repetidor y siempre anda con revistas guarras con las páginas con pegotones, y diciendo palabras raras y sucias, como potorro o lefa, ha empezado "el señor conductor tiene síiiifilis, tiene síiiifilis" y entonces el padre Demetrio se ha levantado y le ha pegado una torta, y todos nos hemos callado, y a mi me han dado ganas de mearme otra vez.
Menos mal que pronto hemos llegado a lo del queso. Lo primero que hemos visto han sido las ovejas, que no son como en los dibujos esos de Heidi, que va, estas tenían el pelo muy sucio y, algunas, el culo lleno de sangre, la señora ha dicho que porque estaban recién paridas, y que eso que les colgaba se llamaba placenta, una cosa como una culebra, que daba un poco de asco, además allá dentro apestaba, no era como en la tele donde las ovejitas siempre son como de algodón y nunca se hacen pis.
Después la señora nos ha llevado a otro cuarto a explicarnos como se hacía el queso, había un montón de tubos y de pozales y también allá olía fatal, como cuando papá se quita las zapatillas en el cuarto de estar, igual por eso la señora ha dicho que el queso es una cosa viva, que va cambiando, creciendo, y que antes de ser redondo y duro era como un grumo, y antes más sólo la leche que daban las ovejas. "¿Y a las ovejas les gusta que les toques las tetas?" le ha preguntado entonces Olleta a la señora, pero esta no ha podido contestarle, porque el Padre Demetrio le ha dado otra bofetada, y además justo en ese momento ha venido la hija de la señora ha decir que había una oveja pariendo y que si queríamos verlo.
Todos hemos salido corriendo y allá estaba una oveja muy grande con la cabeza de otra chiquitica asomándole por el culo y gritando, para mi que se estaba ahogando, o que no quería salir, igual porque tenía miedo de que alguien le preguntara las raíces cuadradas, el caso es que al final la señora ha ido y ha metido todo el brazo dentro de la tripa de la oveja grande y ha estirado y la oveja pequeña ha caído al suelo, con la placenta esa como un abrigo, y la mamá ha empezado a chupárselo, y entonces el corderito se ha puesto enseguida de pie, y ha empezado a dar vueltas por ahí, y la madre se ha quedado tan pichi, y no se, entonces yo he pensado que todo eso de la vida, lo de nacer, y crecer y tener hijos y morirse tampoco parecía para tanto, y que no teníamos porque darle tantas vueltas a algunas cosas que sólo son tonterías, y que yo ya nunca más me haría pis en la cama por ellas.
"Podíamos llamarle Demetrio", ha dicho después la señora señalando al corderito, y a mi no me ha parecido mala idea, sobre todo por esas puntitas que les asomaban en la cabeza a algunos corderitos, como los cuernecitos de un demonio, pero entonces Olleta se ha puesto a silbar, y a abuchear, y entonces el Padre Demetrio ha ido y le ha metido la tercera torta, no se muy bien por qué, pues a él tampoco le ha parecido bien su nombre para el corderito. "Muchas gracias, pero mejor llámele Escolapio", le ha dicho a la señora, y también la ha dado las gracias por enseñarnos todo, y nos hemos metido en el autobús, y por el camino el padre Demetrio se ha quedado dormido, y Olleta ha empezado otra vez "el señor conductor tiene síiiifilis, tiene síiiifilis", y todos nos hemos reído, hasta el conductor, y así hasta que hemos llegado a casa, y aquí estoy, querido diario, contándotelo todo, antes de meterme en la cama a contar ovejitas con el pelo sucio y el culo chorreando sangre que me hagan olvidarme de que mañana otra vez tocarán raíces cuadradas y el padre Demetrio me dirá "pero que burro es usted, señor Goñi", porque ya no me importa, y mañana no mojaré las sábanas, no señor.

ESE TOCHO (CAPÍTULO 6)


Cuando regresé al hotel el único resto que quedaba de la chica que me había levantado el día del chupinazo junto con Burru era su tanguita, olvidada en un extremo de la cama, como por descuido. Pero a mí ya no me la daban. Las chicas nunca se olvidaban las bragas porque sí. Yo sabía que ella la había dejado allá como un señuelo, para que yo la olisqueara como un perro en celo. Que fue exactamente lo que hice. Lo que hubiera hecho cualquier otro hombre. Y es que somos todos unos cerdos. Descubrí también un número de teléfono garabateado con carmín en el espejo. Aquella chica se pensaba que estaba en una película y ya se veía la mujer del multimillonario futbolista, y cómo la invitaban a fiestas, y a desfilar en pasarelas... Pero yo no pensaba llamarle. No me arrepentía en absoluto de ser un cerdo. Yo había obtenido de aquella chica lo que quería y ella... lo había intentado. Lo sentía. Además, yo no le había interesado en absoluto bajo el sombrero de mejicano. Así que...
—TOC, TOC —llamaron de repente a la puerta.
Pensé que sería de nuevo ella, pero al abrir me encontré con Doña Rogelia, es decir, con una mujer encorvada, con una pañoleta en la cabeza y gafas oscuras. No tardé en reconocer a la alcaldesa.
—Tengo que hablar con usted —dijo, en un tono que era como si estuviera expulsando a alguien del pleno municipal.
La hice pasar y conseguí desprenderme de la tanga que todavía llevaba entre las manos, pero no pude disimular que olisquearla me la había puesto morcillona. Observé, cuando nos sentamos en la cama, que ella fijaba sus ojos durante apenas una milésima de segundo entre mis piernas y cómo se ruborizaba, cómo su cara se convertía en una manzana royal y cómo enrojecía todavía más cuando intentaba explicar que estaba allá para pedirme que declarara públicamente que entre nosotros no había sucedido nada, lo cual no casaba en absoluto con la excitación que, evidentemente, la iba embargando, sobre todo cuando le ayudé a desprenderse de la pañoleta y con las yemas de mis dedos coloqué en su sitio sus cabellos desordenados.
—Dios mío, ¿qué me hace?
Yo cada vez estaba más cachondo y no pude evitar propinarle el primer mordisco en el cuello. A todas las mujeres les gusta que las besen en el cuello casi tanto como a nosotros que lo hagan en otra parte. Deslicé después mi mano hasta su estómago. Tenía una tripa suave y mullida, sin llegar a ser fofa. Pensé que nunca había sido madre, y que le gustaba sentir allá el calor de mi mano. Después solté el cierre de su falda. Ella no se resistió. Bajé hasta sus muslos y los separé levemente. Al hacerlo se elevó el olor espeso de su sexo. Yo recordé un bosque en un día de lluvia, allá en Argentina. Mojé mis manos en cada charco, busqué en su fondo piedras mágicas y, cuando di con la más hermosa de todas, ella gimió, se mordió los labios, tembló como una hoja de otoño desprendida. Aquel era mi momento preferido, cuando las cogía bruscamente, como por sorpresa y me las colocaba a horcajadas, hundiéndoles mi miembro, más descomunal que nunca. Me gustaba entonces acariciarles las nalgas, hurgarles en el ano, sentir como palpitaba todavía como un corazoncito tras el orgasmo... Y después, una vez acostumbradas a mis hechuras, las tumbaba sobre la cama, boca arriba, y las penetraba a placer. Les gustaba, les gustaba mucho, a todas... a todas, excepto a la alcaldesa.
—¿Qué es eso? —preguntó, sujetando el colgante que se balanceaba en mi cuello y que le golpeaba en la cara con cada empujón. Y después comenzó a gritar como poseída:
—¡Dios, mío, un lauburu, estoy en la cama con un radical! ¡Me está violando!
Yo no sabía qué era un lauburu. Aquel colgante era sólo un amuleto mapuche en forma de estrella que me regaló mi abuelo, poco antes de morir.
—¡No, no! —insistía, pero pronto comprendí que en el fondo, cuanto más al fondo mejor, le gustaba, le provocaba alguna fantasía morbosa, en la que ella se convertía en mártir.
—¡Terrorista, asesino! —me gritaba.
Y aunque al principio me resultaba algo incómodo después le fui cogiendo el gusto y no tardé en dispararle todo mi esperma por su cuerpo, sobre su sexo, el estómago, su carita de manzana... Fue entonces también, a una con aquel orgasmo tan rico y tan profuso, cuando se me escapó aquello otro:
—Pichurri— le dije.

martes 26 de enero de 2010

HACIA JAMERDANA


Y ahora, para alejarme del mundanal ruido y de los insultos de los anónimos, me voy al campo y cuelgo este locus amenus, un cruce de caminos de territorios literarios imaginarios, en el que J. uno de mis varios y talentosos ex-compañeros de trabajo, al que solo menciono por la inicial por si de todos modos para él esta imagen figura en su carpeta de truños, hizo cruzar los itinerarios de Jamerdana, la ciudad en que trasncurren algunos de mis cuentos y novelas, con Obaba, Macondo o -este el que más ilusión me hace- la Umbría de Miguel Sánchez-Ostiz (los detalles se aprecian pinchando en la imagen)

ESE TOCHO (CAPÍTULO 5)

Pincha arriba para ver portada y contra de Cuentos sanfermineros (y también como se ha echado a perder del autor de este cuento)

Fue un periodista, Txus Cuenco, quien me mostró las dichosas fotos el día de mi presentación, en la sala de prensa, tras el posado de rigor con la camiseta del equipo, bajo la portería, simulando una palomita... Eché de menos, eso sí, el típico apretón de manos con el presidente del equipo. A los presis les gusta mucho figurar y que tú aparezcas a su lado como si fueras una de sus pertenencias. Godman estaba de todas maneras cerca, y también Burrutxaga, el capitán, y más tipos encorbatados, además de un enjambre de periodistas. Exagerado, en mi opinión, más teniendo en cuenta que los sanfermines eran un filón, con decenas de imprevisibles frentes informativos (esa misma mañana, sin ir más lejos, se había descalabrado por una de las murallas de la ciudad, a las que las parejas acudían a retozar, un ex-ministro de defensa que ahora prefería hacer el amor que la guerra —aunque fuera con un menor—). Exagerado y demasiado serio, pues en la rueda de prensa todos mostraban unas caras de "pobre de mí" nada propias del tercer día de fiestas.
Tal vez por ello agradecí la presencia de Txus Cuenco, un divertido periodista con unas pintas algo desfasadas, como de futbolista de principios de los ochenta: permanente, bigotón, gruesa cadena de oro al cuello....
—Señor Tocho ¿qué hay entre la alcaldesa y usted? —preguntó, y después algo que no entendí pero que me sonó parecido a "Rica, rica, rica, txistorra Pamplonica".
—Tú qué eres, uno de los pives esos del “Caiga quien Caiga” ¿no? —le seguí la broma.
—Cuidado con éste: Es el periodista deportivo más famoso de Pamplona —me susurró "Burru", sin embargo.
Yo mismo pude darme cuenta de inmediato de que aquel tipo era el portavoz del resto de periodistas, una especie de padrino al que los demás respetaban. Más tarde sabría que su nombre, Txus Cuenco, no lo debía tanto a ser natural de la cuenca de Pamplona como a su afición por vaciar recipientes, mayormente rebosantes de pacharán. Circunstancia ésta, su dipsomanía, que lejos de mermar sus facultades, afilaba su agudeza.
—Ah, ¿pero no ha visto aún las fotos? —comprendió rápidamente —. Ulloa Óptico, miramos por sus ojos—. Txus hablaba de ese modo, introduciendo cuñas de publicidad en cada pregunta.
Después me alargó el periódico del día anterior.
—Observe, observe la magnitud de la noticia —decía, al tiempo que, como quien no quiere la cosa, señalaba mi abultada entrepierna en una de las fotografías.
— ¿Puede aclararnos si es un montaje fotográfico, o un efecto óptico como sugirió la alcaldesa en la rueda de prensa de ayer? Alonso vende al costo.
De repente sentí como si regresara la resaca y trajera con ella de la mano a todas las resacas que en el mundo han sido ¿Qué diablos estaba pasando allá? ¿Pretendían utilizarme para algún tejemaneje político? ¿Para eso me habían fichado? Traté de recordar lo sucedido en el balcón del ayuntamiento. Había abrazado a la alcaldesa, es cierto, y hasta quizás la había abrazado demasiado estrechamente, aprovechando la lluvia de huevos para atraerla con mis manos mágicas a mi regazo, pero ella había contribuido generosamente a la erección. ¿Qué efecto óptico ni qué niño muerto? Una erección como dios mandaba —o como no mandaba—. ¿A quién le importaba? ¿Y qué había de malo en ello? ¿Qué clase de ciudad era aquella? ¿Qué clase de manicomio? Demasiadas preguntas. Decidí que necesitaba ipso-facto más Vitamina C —C de Casquete—. Lo que no me imaginaba ni siquiera remotamente, dadas las circunstancias, era que fuera la propia alcaldesa quien me la proporcionara.

EN 'EL BLOG DE LOS SANFERMINES'


En El blog de los sanfermines también ponen un espejo a mi cuento Ese tocho y lo acompañan con uno de esos comentarios que me ponen colorado -y contento, a qué negarlo-. Dicen lo siguiente:


Patxi Irurzun es un escritor de aquí. Afirma que le gusta buscarse en Google. Afirma que eso es vanidad de escritor. Yo afirmo, en cambio, que ésa es una costumbre tan arraigada en el ser humano del s. XXI como la de escrutarse el ombligo en busca de pelusilla.
Tuvimos la suerte de contar con su
participación en el I Certamen de Microrrelatos de San Fermín, aunque no resultó demasiado bien parado en el fallo. Los jurados son así de veleidosos.
El caso es que es autor de un libro titulado Cuentos sanfermineros. Sé que Olentzero intentó conseguirme un ejemplar durante las pasadas Navidades, pero con escaso acierto.
Para compensarme, su autor ha decidido publicar uno de ellos en su blog
Ajuste de cuentos. En varios capítulos, va colgando el relato Ese Tocho, que os recomiendo encarecidamente, sobre todo porque reúne, de forma delirante, tres de mis grandes pasiones: Osasuna, San Fermín y la alcaldesa.
El señor Irurzun es un artista. Su estilo te hace reír y reflexionar al mismo tiempo gracias a su capacidad para poner patas arriba en unas pocas páginas estos tres pilares de nuestra identidad.
Pese a los galardones que ha obtenido, su obra no es de conocimiento general, lo cual apena un poco cuando ves las estanterías de las librerías plagadas de libros de un nivel mucho menor. Y bastante menos interesante. Pero es lógico cuando uno analiza cómo escribe. Y sobre qué escribe.
Así que no me queda otra que recomendaros que lo leáis, pues constituye a mi juicio toda una luz en esta capital tan cultural en la que vivimos.


Mientras tanto, los de La Txistorra Digital siguen subiendo capítulos (ya han adelantado a este blog) y añadiendo más chorradicas descacharrantes como la que encabeza este blog. Hay hasta sus comentarios de anónimos que me insultan, y me dicen pesado e indigesto, de eso también me alegro, molestar un poco está bien, , cualquier cosa es mejor que la indiferencia. Yo por mi parte, cuelgo en el siguiente post el quinto capítulo.

jueves 21 de enero de 2010

ESPEJOS


Dos -estupendos- blogs que ha reproducido algunos post de este Ajuste de cuentos. En La Txistorra digital están publicando también por capítulos el cuento Ese Tocho (porque yo mismo se lo envié, la verdad sea dicha, tratando de redoblar esfuerzos por hacer profeta en su tierra a este relato). Como además lo están mejorando con chorradicas como la portada del Diablo de Navarra de arriba, igual al final los capítulos de la Txistorra adelantan a los que aquí cuelgue. Al gran Jorge Nagore, por cierto, le debo una -una más- por jalear a los lectores desde ese blog.
Y Mario Crespo reproduce, este por iniciativa propia, el post dedicado a Felix Romeo, sobre quien, repito , escribí carcomido por envidia cochina más que otra cosa.
Por lo demás, Ángel Gonzalez al cubo me pinta como una bella persona, él sabrá por qué, en una entrada sobre la fiesta aniversario de Hank Over en la sala Gruta 77 de Madrid, donde nos conocimos y comenzamos nuestro historial delicitivo conjunto por tierras de Extremadura, planeando secuestros de bustos de santos drogados y otras fechorías.
Ala, pues ahora a jugar a pala, yo ya le hecho un apaño a mi autoestima.

miércoles 20 de enero de 2010

ESE TOCHO (CAPÍTULO 4)




No supe el revuelo que habían armado las fotos de la alcaldesa hasta dos días después. Tenía una resaca brutal y pasé el día de San Fermín durmiendo, intentando amansar con la música de mis ronquidos a las fieras que se habían hecho nido en mi organismo (por ejemplo aquella colmena de abejas justo en la punta de allá donde se apoyara, nunca mejor dicho, la alcaldesa). La noche anterior había sido un desenfreno de alcohol y sexo. Después del chupinazo toda la plantilla habíamos ido a comer a un asador. Yo hacía apenas un par de días que había llegado a la ciudad y supongo que como deferencia, para irme introduciendo en el vestuario, me sentaron junto a Burrutxaga, el capitán del equipo.


Burru era un tipo simpático, de carácter noble y aspecto atractivo que gozaba del beneplácito de vestuario, directiva y afición, sobre todo, en este último caso, entre el sector femenino. Las muchachas le perseguían y él se dejaba perseguir, sin comprometerse nunca a nada. Era una pequeña licencia que se permitía y le permitían, pues por el contrario daba todo en la cancha, por sus compañeros y por su equipo (por el que, navarro como era, sentía los colores como ya pocos futbolistas, que somos unas putas, somos capaces de hacer). Pronto hice migas con él, a lo que ayudaron las tres botellas de clarete que nos ventilamos a medias, aunque debo decir que Burru se empeñó más que en introducirme en el ambiente del equipo en apartarme de él, sobre todo del resto de navarros.


—Son unos moñas. Estoy hasta los cojones de rezar el padrenuestro antes de cada partido. Joder, ¿pero todavía no se han dado cuenta de que Dios es del Madrid? Unos moñas. ¿O no ves que esta comida es un muermo? ¿Te apetece de verdad divertirte? —me propuso durante los cafés y sin esperar a que respondiera me arrastró a la calle, hasta un tenderete en el que entre otros titos, vendían camisetas piratas de Osasuna. Burru compró una con su propio nombre, otra con el mío y también un par de sombreros mejicanos, bajo los cuales, tras cruzarnos con una cuadrilla que nos invitó a unos tragos de una bota de las tres Z, cuyo contenido derramamos mayormente sobre nuestro cuerpo, volvimos al asador.


— ¡Quiero un autógrafo de Burru! —les espetó Burru a los gorilas de la puerta—. Y mi amigo uno del Tocho.


—Largo de aquí, muertos de hambre —respondieron amablemente ellos.


Y que Dios me perdone —y si no lo hace me da lo mismo, como ya quedó dicho Dios es un boludo, y ahora además del Madrid, el único equipo de los grandes que nunca se dignó a hacerme una oferta—, que Dios me perdone, decía, pero volver a ser un anónimo muerto de hambre fue una bonita experiencia: hacía años que no podía caminar por la calle sin que me saludaran desconocidos; sin tener que auparme, en el híper, bebés llorones al hombro para la foto; sin verme obligado, en las discotecas, a firmar autógrafos en turgentes pechos o rotundas nalgas... Bueno, esto último nunca me había desagradado demasiado y de hecho, cuando tras un periplo etílico por miles de bares observamos que a las chicas los borrachuzos muertos de hambre no les parecen nada atractivos, renunciamos al anonimato arrojando el sombrero mejicano al aire mientras por los altavoces se oía "Si no tienes un duro no te hace caso nadie, en cambio si lo tienes amigos a millares". Y efectivamente, ya convertidos en Burru y Tocho no tardamos demasiado en enrollarnos a las dos minas más espectaculares del bar, con una de las cuales sobrellevé la resaca en mi hotel, a base de Vitamina C —C de Casquete— y fui capaz de llegar en plenitud de facultades a la rueda de prensa de mi presentación, el día 8; la misma rueda de prensa en que vi por primera vez las que ya llamaban fotos porno de la alcaldesa.

HACE YA CINCO AÑOS DE MI 'TRIGESIMOQUINTA CRISIS'


Juan Antonio Mora publica en el último número de su revista La Hamaca de lona este cuento, "Trigesimoquintacrisis", en el que, entre otras cosas, escribo:

Sólo consigo escribir historias en las que yo soy el protagonista y me compadezco de mí mismo. Son, en realidad, las mismas historias que cuando tenía 15, 20, 30 años y me encontraba triste, solo y asustado. He escrito el mismo cuento 35 veces, pero ahora ya no sirve, no es suficiente.

Han pasado ya cinco años desde entonces, ahora tengo ¡40! Ya no me siento solo, sólo triste y asustado, pero hace tanto que no escribo un cuento...

Este empezaba así:

TRIGESIMOQUINTACRISIS

Pa-paaa-parabá....

La alarma del móvil suena todos los días a las 8 de la mañana.

Parapa-papaaa-parabá.

"Satisfaction". El tema peor elegido para un momento como ése. He terminado por aborrecerla, pero no tengo ni idea de cómo cambiar la melodía. Soy un desastre.

Pa-paaa-parabá....

Isabel siempre remolonea varios minutos. Yo entonces suelo mirarla. Me gusta mirarla. Es muy guapa y creo que nunca me acostumbraré ello. A veces me pregunto qué hago yo junto una mujer como Isabel. Sé que ella también suele preguntarse qué hace con un tipo como yo. Pero lo hace de otro modo.

Isabel suele despertarse de buen humor, a pesar de todo. La oigo cantar en la ducha, mientras hago la cama. Vivimos en una habitación de un piso compartido y para abrir los armarios antes hay que recoger la cama plegable. Todo muy confortable.

Cuando Isabel vuelve a la habitación y comienza a vestirse la tumbo desnuda sobre el colchón y abro sus piernas, o la abrazo por detrás y coloco mi pene entre sus nalgas.

martes 19 de enero de 2010

ESE TOCHO (CAPÍTULO 3)

Ilustración: Tasio


El calentón se nos pasó en un pispás, tanto a la alcaldesa como a mí. Apenas salimos al balcón del ayuntamiento fue como si nos devorara un animal, un monstruo de miles de cabezas que le sacaban otras tantas pequeñas lenguas al mundo.


—¡Macanudo! —no pude menos que exclamar.


Nunca había visto nada semejante. Ni siquiera en la cancha de Liverpool, cuando yo era el más diablo de los diablos rojos. La pequeña plaza parecía que fuera a reventar y desde ella se elevaba ya un solo grito —“¡San Fermín, San Fermín!”— que me arrebató la erección y, en compensación, me puso de punta todos y cada uno de los pelos del cuerpo. Pensé que si la afición de Osasuna se comportaba del mismo modo nos íbamos a llevar bien.


Observé a algunos de mis compañeros. Un ejército de mercenarios reclutados en países pobres. Camerún, Brasil, Rumanía... Vi cómo miraban boquiabiertos el espectáculo. Habían conseguido triunfar a fuerza de pegarle patadas a un balón, de pegárselas con todo su alma, como si con cada una de ellas golpearan al hambre y pudieran hacerlo añicos. En cierto modo era así, ahora todos ellos eran millonarios, pero cuando alguien ha sido pobre, pobre de verdad, es imposible mandar el balón lo suficientemente lejos. Me recordé a mí mismo, en nuestra chabolita, allá en Buenos Aires, comiendo papas todos los días, y de repente tuve la impresión de que aquello mismo que estaba viendo ahora era la manera exacta en que yo me imaginaba en mi niñez lo que debía ser un mundo feliz, un mundo sin hambre, un mundo en que la comida y la bebida eran abundantes y la gente se divertía arrojándose huevos, salpicándose con champán. Un mundo en que las guerras se libraban a tartazos de nata.


Aquel, sin embargo, no era el momento de ponerse trascendentales. Al menos ahora, nosotros, algunos de los pobres de la tierra, estábamos arriba, en el balcón y debíamos disfrutar del momento. Observé cómo Godman, guiado por Pichurri, la alcaldesa, encendía un puro enorme y se acercaba al micrófono y al cohete que allá había dispuestos.


—¡Pamplonesos! —comenzó el míster.


El griterío ensordecedor en la plaza se convirtió de repente en un silencio tenso, como un gato callejero a punto de saltar y enganchar un filete gordo, que le alimentara durante nueve días.


—¡Viva san Quintín! ¡Gorda¡ ¡Dios salve a América!


Yo no estaba muy seguro, pero para mí que se había equivocado. Al principio, sin embargo, tras prender la mecha y hacer estallar el cohete, no sucedió nada extraño, si entendemos por ello que abajo la multitud comenzó a saltar, a bailar, a abrazarse... —aquello era la normalidad al parecer durante los sanfermines—, pero pasados unos segundos el que hasta entonces había sido un sirimiri de huevos y taponazos de champán que pretendía calar sólo a la alcaldesa, se convirtió en un diluvio de dimensiones bíblicas dirigido al míster. Tuve la sensación de que aquel era el principio del fin de la Godmanía.


Rápidamente todos cuantos estábamos en el balcón corrimos a refugiarnos al interior del ayuntamiento, pero se había formado un tapón en la puerta porque los concejales se habían adelantado unos segundos, justo cuando alguien anunció que el lunch estaba listo.


La lluvia de huevos arreciaba y yo me encontraba junto a la alcaldesa. Fue la primera vez que la abracé. Por mi parte fue solo un gesto protector, pero ella, como quiera que éste se prolongara y yo volviera a imponerle mis manos mágicas, lo acogió de muy buen grado, como demostrarían al día siguiente las portadas de todos los periódicos locales, en las que, bajo titulares como “¡San Quintín, San Quintín!” u otros más malintencionados —“¡Ese Tocho!”— la alcaldesa apareció amarrada a la parte de mi anatomía más afamada. Y no estoy hablando de las manos.

lunes 18 de enero de 2010

ESE TOCHO (CAPÍTULO 2)



A Pichurri, que es como llamaba yo en la intimidad a la alcaldesa, me la presentó Godman, el míster, poco antes de que él mismo lanzara el chupinazo y liara una gorda. El míster en ocasiones me recuerda a mí mismo. Ambos tenemos una personalidad vampira, que acaba por absorber la atención, para bien o para mal, de todos los que nos rodean. Godman acaparó portadas del Marca nada más desembarcar en Pamplona procedente de Estados Unidos, su país natal, cuando a golpe de billetera se compró un equipo de segunda en plena crisis, como era entonces Osasuna, y se convirtió en su presidente, entrenador y hasta delantero centro en una jornada en que todo el equipo se vio afectado por una terrible cagalera. Al principio, la ciudad en pleno se puso a cara de perro con el míster, porque Osasuna siempre había sido un club en el que los socios creían que elegían a sus presidentes, pero después, cuando Godman comenzó a aflojar plata y a fichar a buenos jugadores, y más tarde a ganar partidos, y finalmente logró incluso un ascenso que se había resistido durante años, llegó la Godmanía. Hasta tal punto que, invitado por la alcaldesa, se le concedió el más alto honor que puede otorgar la ciudad a un pamplonés —Godman era ya tomado como tal, incluso fue elegido el navarro más guapo del año—: lanzar el cohete que da inicio a sus fiestas.


—¿Quién se lo iba a decir, cuando llegó y le querían arrojar al pilón? —bromeaba con él, poco antes del chupinazo, Pichurri, la alcaldesa.


—Ellos primero no entender mentalidad americana. Fútbol negocio, no corazón. Pero tampoco cambiar tanto. Antes vosotros poner y quitar presidentes. Vosotros tener money. Ahora mí.


—Claro, claro —se reía Pichurri, y mientras lo hacía su sonrisa pizpireta se me estiraba a mí entre las piernas.


Había algo que me atraía en ella, algo morboso, esa extraña mezcla que parecía expresar su aspecto y su carácter. Era una mujer echada para adelante y de aspecto monjil a un tiempo, una de esas mujeres de edad indefinida, que uno no sabe si son ancianitas con el alma enfundada en un chándal o jovenzuelas a las que alguien o algo les ha arrebatado sus mejores años. Una mujer llena de huecos oscuros que yo sentía que debía rellenar, no sabía si para derramar todo mi cariño o todo mi veneno.


—Aunque en realidad es lo mismo, porque ahora que usted se ha afiliado al partido es uno de los nuestros, señor Godman, un navarro por los cuatro costados.


Yo asistía a la conversación como convidado de piedra, hasta que abajo, en la plaza, los piropos dedicados a Pichurri —“¡La alcaldesa es una posesa!”, coreaban— fueron sustituidos por el que ya era mi grito de guerra: “¡Ese Tocho, ese Tocho, eh!”. El míster entonces se volvió hacia mí y me presentó.


—Oh, sorry, ser nuestro último fichaje. Gran portero. Y mucha publicidad, camisetas... —añadió.


Yo encajé el golpe con deportividad. Sabía que en buena medida me habían fichado por ello, porque mis gansadas atraían al público al campo y a los anunciantes a los despachos de los comerciales.


—Oh, sí, lo conozco, señor Tocho, he oído hablar mucho de usted —dijo la alcaldesa.


Fue entonces cuando ella estiró su mano y yo la estreché. Pude darme cuenta de inmediato cómo todo ese calor que es capaz de proyectar la mía, mi mano, la fue derritiendo por dentro. Siempre sucede así. Ellas comprenden que nunca las ha acariciado una piel tan suave y que quizás nunca volverá a hacerlo. Es como si las tocara un bebé grande con una tranca descomunal. No sé muy bien cómo explicarlo, pero siempre sucede así.


—Un placer —dije.


Y ella, esquivando con un donaire encantador los huevos que le arrojaban desde la plaza, al tiempo que se dirigía al balcón —faltaban ya sólo un par de minutos para las doce—, contestó:

—Igualmente.


Continuará

ODIO A FELIX ROMEO

Foto: Jesús Caso

Lo odio porque en sus dos últimas colaboraciones de la nueva sección de ABCD me ha pisado. Primero, el pasado sábado, dijo que nunca había leído u oído decir a ningún autor que se buscaba a sí mismo en Internet. ¡Ay! En esta entrada ya vieja de este mismo blog hablo de esas egobúsquedas. Y ¡ayyyy! (esta duele más), hace dos semanas Felix escribió sobre La Pinturitas de Arguedas (la foto de arriba es de mi compañero de trabajo el fotógrafo Jesús Caso, que fue gracias a quien la conocí). Tenía muchas ganas de escribir algún día un reportaje sobre La Pinturitas, conducir hasta Arguedas y hablar con ella… Incluso estuve pensando en proponerla a los de Sra. Rushmore como protagonista para una campaña de Aquarius, “el ser humano es extraordinario”, y entonces aparecerían todos esos coloridos dibujos que La Pinturitas hace y deshace en una de las naves abandonadas junto a la carretera.

(Bueno, lo cierto es que si Romeo me ha pisado ha sido porque yo me he quedado quieto, por pereza, por falta de iniciativa, porque, total, escribir reportajes para qué…)

Odio, por lo demás, también a Felix Romeo porque le he escrito en alguna ocasión por algún asunto de la cosa literaria y nunca me ha contestado, no sé si porque el correo al que me dirijo es uno de esos que se encuentran en el limbo de internet, el de los buzones que nunca se abren, o quedan desactualizados, o a los que tus email llegan apellidándose spam; o porque ha actuado con prudencia, por un lógico temor –tratándose de alguien que escribe sobre libros en periódicos o los reseña en la radio- a encontrarse con un escritor psicópata, un perseguidor, un pelma...; o no sé si, simplemente, porque a Felix Romeo se la ha sudado lo que yo le he contado en esos emails, que puede ser y está en su derecho.

Y lo odio porque estuvo en la presentación mundial de Resaca / Hank over, en Zaragoza, hace ya casi dos años, yo lo ví, es difícil no verlo, y, que yo sepa, puede que me equivoque, nunca dijo ni escribió nada sobre ese libro, Felix estaba allá al fondo, recostado sobre una pila de libros, y miraba o eso me parecía a mí con cierta desgana y aburrimiento, como si todo eso, Bukowski, fuera algo ya superado, jugar a hacerse los malditos, algo ya visto y falso (aunque Resaca no va de eso). Todo esto, claro, es una impresión personal, quizás errónea.

Pero odio, sobre todo a Félix Romeo, por envidia cochina, por lo ya dicho, porque se dedica a leer libros –no solo por placer, digo, además profesionalmente- y a escribir sobre ellos, y también porque he leído algunos de sus libros y me han gustado, qué cabrón, he pensado, y he sentido esa sensación malsana que sentimos –yo al menos- los escritores, cuando leemos libros que nos gustaría haber escrito a nosotros (o incluso cuando vemos cómo elogian libros -o más bien a autores- que nosotros nunca escribiríamos, cuando otros triunfan, aparecen en los papeles, ves a chicas guapas leyendo sus mierdas de libros en el autobús...); de eso, como de las egobúsquedas, tampoco habla nadie, de las envidias entre escritores, incluso de la envidia como inspiración, o génesis de obras literarias. Escribiría un reportaje también sobre eso, pero total para qué, ya escribí uno sobre las venganzas literarias, y nadie quiso publicarlo.

En fin, solo me queda despedirme con un saludo a Félix Romeo, que si es verdad que hace egobúsquedas, leerá esto. Yo a él lo leeré el próximo sábado, a ver si vuelve, ¡ay!, a pisarme.

domingo 17 de enero de 2010

ESE TOCHO (CAPÍTULO 1)

Ilustración: Tasio. Portada de Cuentos sanfermineros, en donde aparece este relato


Aunque en todos los equipos por los que he pasado mis compañeros me han apodado con alias nada ingeniosos, como "El Trípode", "Barrapán" o, mayormente, "Tocho", el secreto de mi éxito con las mujeres no tiene nada que ver con el descomunal tamaño de mi miembro viril. Tampoco está relacionado con la fama que me precede allá donde vaya, ni con mi personalidad dicharachera y jovial, ni siquiera con la cuenta corriente en la que se me desbordan los ceros por la derecha de la libreta. Quienes lo crean así no saben absolutamente nada sobre mujeres. A las mujeres lo que realmente las vuelve locas es un tipo que sepa acariciarlas y yo siempre he tenido unas manos superdotadas. Es por eso mismo por lo que soy portero de fútbol. Probablemente el mejor portero del mundo. He militado en los clubs más laureados, he ganado varias ligas y un Mundial y he compartido habitación con Dios, que entonces se llamaba Diego Armando Maradona... Y que me disculpen si a alguien le parezco sacrílego. Al contrario, conozco la Biblia lo suficiente como para saber que el Dios del que hablan en ella es un boludo, un tipo vengador, vanidoso y cruel al que sólo pueden haber inventado los hombres. Para mí Dios no es alguien que me haga avergonzarme de ser un hombre sino que convierto a Dios en todo aquello que me hace reír, gozar o tener esperanza. Dios es para mí la mujer con la que hago el amor —y como soy un tipo muy religioso y politeísta procuro hacerlo a menudo y con muchas mujeres—; Dios es cada disco nuevo de Andrés Calamaro; y Dios es Osasuna, el club que me ha fichado y que ha confiado en mí cuando ya todos me habían desahuciado.


El fútbol es así. Un mínimo error y pasas de ser el rey del mundo a un condón anudado en un descampado. En mi caso se trató de un regate mal calculado en un Barça-Madrid y automáticamente todas aquellas características de mi personalidad con las que siempre se había identificado la afición se convirtieron en pecados imperdonables: vividor, borracho, mujeriego... Me lo decían los mismos que aplaudían a rabiar cada vez que me adelantaba con el balón entre los pies y lograba dejar sentado a Raúl o a Figo. Me gustaba hacerlo así, driblar al delantero de moda, escuchar primero el murmullo en las gradas, y después los aplausos de alivio y mofa. Sentía que al hacerlo era capaz de poseerlos, de poseer no sólo lo que eran —se identificaban conmigo porque era un tipo algo golfo y de procedencia humilde— sino lo que añoraban, envidiaban y nunca llegarían a ser ellos, que nunca se arriesgarían a salirse del área y regatear a su destino —como mucho, ocultos y a salvo entre la masa, a desahogarse insultando al árbitro; o a mí mismo—. "¡Muerto de hambre, indio de mierda!", me gritaron entonces, de hecho, cuando erré el dribling. Y eso sí que me dolió. Me dolió tanto que, a pesar de que ahora una nueva afición, allá abajo, en la plaza, volviera a corear mi nombre (“¡Ese Tocho, ese Tocho, eh¡”, alternaban los gritos con otros como “¡San Fermín, San Fermín!” o “¡Alcaldesa dimisión!”) no pude evitar despreciarlos, por arrastrados, por diluirse, como una aspirina contra la estupidez de sus vidas, en la multitud; la misma multitud que pediría mi cabeza en cuanto palmáramos tres partidos seguidos; la misma multitud que cuando pasaran los sanfermines y con ellos toda la polémica, volvería a votar a la alcaldesa; la misma multitud, en suma, que nunca comprendería por qué apenas hube estrechado su mano, la mano de la alcaldesa, allá arriba en el balcón del ayuntamiento el día del chupinazo, supe que acabaría acostándome con ella.


Continuará


Más sobre Ese Tocho

viernes 15 de enero de 2010

EN LA REVISTA MEXICANA MOHO (o "¿Soy un ególatra, un torpe o un mamón -o las tres-?")


No recuerdo con qué texto colaboré en esta mítica revista contracultural mexicana que dirige Guillermo Fadanelli, cuya portada he encontrado navegando a la deriva por internet, durante una inquietante y prolongada calma chicha en el trabajo. Me hace gracia ver que en el número en que aparecí, además de escritores de la talla de Dennis Cooper o Jesús Pacheco, está Heriberto Yépez, a quien he citado a veces en presentaciones de mis libros, con una frase de uno de sus cuentos (que aparecía en una recopilación de Lolita Bosch sobre autores mexicanos, tampoco recuerdo el título, lo siento):
"Los escritores, salvo contadísimas excepciones, son antipáticos. Observarlos en vivo decepciona a sus lectores. Y desalienta a los que pudieron haberlo sido. Se de muchas personas que asisten a las presentaciones de libros para confirmar que el escritor es un ególatra, un torpe o un mamón"

jueves 14 de enero de 2010

ESE TOCHO

Ilustración: Javier Etayo (Tasio)

La aventura erótico festiva entre un portero argentino de Osasuna y la alcaldesa de Pamplona
PRÓXIMAMENTE

miércoles 13 de enero de 2010

ASEL LUZARRAGA



No lo conozco, ni he leído ninguno de sus libros, solo se lo que estos días he podido ver en blogs, periódicos y a través de otros escritores que sí lo conocen. Asel Luzarraga, escritor y músico vasco, fue detenido el pasado 31 de diciembre en Chile, acusado de colocar artefactos explosivos. En esa acusación y la detención hay, cuando menos, varias irregularidades que son ya más que suficientes para mostrar preocupación por el caso o apoyo a alguien en situación de indefensión: por ejemplo, uno de los artefactos que supuestamente colocó Asel explotó cuando él estaba a miles de kilómetros, en Bermeo (y de ellos dan fe algunos de sus amigos, como el también escritor Edorta Jiménez en una entrevista radiofónica, que se puede escuchar en www.aselaskatu.org, página habilitada para saber más sobre este asunto).

Asel ha apoyado la causa mapuche en Chile, un pequeño grano en el culo de la democracia de ese país, lo cual lo convierte automáticamente en un tipo sospechoso, en un terrorista internacional (y además ¡es vasco! Bombas, vasco, euskaldún, todo cuadra…).

El otro día, por cierto, colgué una nota informativa parecida a esta en Hank over, un blog que recibe muchas más visitas y comentarios, y me da la impresión de que pasó totalmente desapercibida. Lo cual, lo deja a uno perplejo y desilusionado, pues en ese mismo blog son frecuentes los mensajes de apoyo, la piña entre escritores…

Me temo que hay siempre ese recelo, ese halo de sospecha, cuando se trata de todo lo relacionado con “los vascos”. Lo veo también en el caso Egunkaria, un auténtico atropello judicial, frente al que la respuesta, fuera del País Vasco, es tibia, casi nula. Nadie se moja, por si acaso, y porque lo peor de lo peor es que alguien pueda acusarte, aunque sea infundadamente, de terrorista, de pro-etarra; nadie pone la mano el fuego por nadie. Y así pasa precisamente lo que pasa, que es a otros a los que se les acusa, aunque sea infundadamente, de terrorista o de proetarra.

A mí no me gustaría estar en la piel de Asel, y si lo estuviera no me gustaría desde luego sentirme solo, ver que muchas de las personas de las que podía esperar algo tienen miedo, desconfían, no ponen la mano en el fuego, tragan con lo que leen en algunos medios que en lugar de noticias publican notas de prensa de ministerios de interior o versiones policiales.

De momento, a Asel le esperan tres meses de prisión preventiva, mientras se lleva a cabo la “investigación”. Después, ya veremos.

EL MUÑECO DE NIEVE MÁS FEO DEL MUNDO

ALF, AL LADO DE ESTE ADEFESIO ES UN ADONIS


Hoy me he metido una hostia de impresión, tras resbalar en una acera helada. Me duele un poco el brazo, y la cara (pero eso es porque ayer me sacaron una muela del juicio -la cosa, de todos modos, fue mejor de lo que pensaba, de lo que uno podía esperar después de que en la primera cita, el dentista, que se parecía un poco a Rompetechos, al ver la radiografía, pegara un salto hacia atrás y dijera ¡coño, qué bicho!-). Lo malo de la caída ha sido que llevaba en brazos a mi hija Malen a la guardería. Creo que los dos estamos bien, de todos modos, y lo peor ha sido el susto y la sensación de indefensión que he sentido, tirado en el suelo, con las gafas a dos metros, la niña llorando...
El frío, el hielo, la nieve y yo no nos llevamos muy bien. El otro día bajé a la calle con mi otro hijo, Hugo, a hacer un muñeco de nieve. El muñeco de nieve más feo del mundo. No sabía que fuera tan difícil hacer un muñeco de nieve. El mío me recuerda un poco a ALF. Me pregunto que recordará Hugo de su aita cuando sea mayor. Un padre es alguien que sabe arreglar enchufes, que te enseña a andar en bici en un pispás (yo llevo ya varios intentos fallidos y muchas agujetas)... Alguien que hace unos muñecos de nieve de puta madre... Hugo ni siquiera me llama aita o papá o papi, sino Patxi, lo cual me recuerda al poema Bendita la rama de Kutxi Romero.
El caso es que después de hacer el muñeco, o lo que fuera eso, hemos vuelto a casa, y al asomarnos a la ventana, abajo había tres o cuatro vándalos en miniatura patéandolo. Me ha dado algo de rabia , pero Hugo lo ha encajado bien, y a mí me gusta pensar que ha sido porque nos lo hemos pasado dabuten en la nieve, tirándonos bolas, haciendo la croqueta, construyendo el muñeco de nieve más feo del mundo -y el más efímero-. Hay cosas que no resulta tan fácil destruir. Y quizás, quién sabe, Hugo hasta recuerde cuando sea mayor, esa mañana con su padre. Digo con Patxi.

sábado 9 de enero de 2010

BUENOS AUGURIOS (o soy un Eskorbutín) (o yo conozco a la que ha ganado el Nadal este año).


No soy nada supersticioso, pero uno se agarra a un clavo ardiendo, y este año me ha tocado el haba del roscón de reyes (que ahora se convierte en muñequitos de Walt Disney o figuritas made in China de forma imprecisa y horripilante) en los tres que he probado, lo cual no se si me convierte en un sortudo, un glotón o un tonto del haba elevado al cubo. Además, puestos a buscar buenos augurios, por rocambolescos que sean, en la noche de reyes el Premio Nadal recayó en Clara Sánchez, de quien no he leído nada pero fue quien me entregó el premio El Viajero de El País-Aguilar hace seis o siete años (aunque hizo de suplente, el que debía hacer el honor era Fernando Swarchtz, que por entonces presentaba Lo+plus con Máximo Pradera y que también ganó alguna vez el Nadal o el Planeta o algo, pero que ese día estaba pachucho; de todos modos a mí en realidad me habría gustado que el premio me lo diera Labordeta, que también estaba en el jurado del premio, y así cuando años después este mandó a algunos diputados maleducados y señoritos del PP a la mierda, el placer hubiera -¿hubiera o habría?, siempre me lío y a veces hasta se me escapa un condicional a la navarra- si habría...- el placer habría sido, digo, doblemente intenso, anda que no habría fardado, "yo a ese lo conozco, yo a ese lo conozco").

Por lo demás, en estos primeros días del año, David Murders me ha hecho feliz haciéndome saber la existencia de un libro, Agua para los muertos, de Beñat Arginzoniz, sobre Jabi-Subversión X, hijo putativo de Eskorbuto, que viene a ampliar la tarea de reconstrucción del universo de este grupo (Eskorbuto) que fue y es una de mis debilidades y una leyenda del punk yo diría que no solo vasco, sino también mundial (no hace falta más que ver los miles de eskorbutines que se cuentan en diferentes países de América Latina). Yo también me declaró eskorbutín, soy fan del grupo desde que tenía 14 o 15 años, y he tenido que defender a veces lo indefendible por ellos, como debe ser, frente a todos esos que les llamaban fachas o nazis en el País Vasco o terroristas fuera de él (y eso era lo más suave). En alguna de mis otras vidas escribiré una novela sobre el rock radikal vasco, los ochenta, en la que habrá un grupo de rock que se parecerá mucho a Eskorbuto. El caso es que David Mardaras ha escrito un post sobre Agua para los muertos, entre otras cosas, debido al interés que mostré yo por ese libro. Gracias, amigo. Este es el eskorbutiano post.

Por lo demás, en el día de hoy, desarmado y cautivo el ejército rojo, este blog ha alcanzado las diez mil visitas que me consta que es una puta mierda, pero que a mí -se ve que hoy estoy optimista- me es más que suficiciente para seguir dando guerra durante algún tiempo. Un abrazo y feliz año, por cierto, a mis 13 seguidores, que tampoco sé si es mucho o no para un blog pero a mí -como no soy superticioso- me parece un número bien majo.

jueves 7 de enero de 2010

MI REGALO DE REYES, MI LOTERÍA DEL NIÑO


-Si hoy nos toca la lotería, Hugo, compraremos una casa más grande, con jardín, y piscina y...
-Yo ya soy muy feliz aquí, aita, no quiero mudarme otra vez.

martes 5 de enero de 2010

FIAMBRE



Mi amigo, el escritor Esteban Gutiérrez Gómez, Baco, ha publicado en su blog El Laberinto de Noe, mi cuento Fiambre, un buen preámbulo para Ese Tocho, otro cuento sanferminero que como os prometí hace un par de días, publicaré por capítulos dentro de unos días en este blog. Para abrir boca, pues, las peripecias de Mintxo y su abuelo muerto, con la ilustración que hizo en su día Kalvellido.

FIAMBRE

Patxi Irurzun

Usted, abuelo, siempre fue un poco puñetero. Incluso para palmarla: la víspera del chupinazo, tuvo que estirar la pata - o sea, el muñón-.

Estaba tan contento sentadito en su silla de ruedas y de repente su corazón se paró, silenciosamente, como un viejo motor que no da más de sí, ni siquiera para hacer aspavientos cuando revienta.

-Ya verás, ya, Mintxo- me decía - mañana nos meteremos en el cohete, y después nos comeremos unos fritos en el Cordobilla, y también nos tomaremos unos txikitos ¿no?, je, je- intentaba contagiarme su entusiasmo con su risa como un virus.

Pero yo ya estaba inmunizado y no le hacía demasiado caso. Tenía mis propios problemas. Encerrado dentro de mi cuarto oscuro recordaba aquello que dijo la Postiza, el día que usted la trajo a casa, poco después de morir la amatxi (la Txinurri, como usted la llamaba):

-A este niño le faltan un par de hervores.

La Postiza era una arpía aunque eso era lo que pensaban todos cuando me veían, tan chiquitito, tan cabezón (tanto que despanzurré a mamá al nacer y por ello papá murió al poco de tristeza), sobre todo tan enervantemente tartaja.

Y pensaba que usted , al menos, podía haberme defendido, contestar lo que la amatxi me decía cuando me atascaba y echaba a llorar enrabietado:

-Tranquilo Mintxo, lo que te pasa a tí sólo es que eres un poco más lento, pero eso es porque en la cabeza te caben muchas más cosas que a los demás.

Sin embargo, no abrió la boca, sólo se encogió de hombros y permitió que los insectos que le correteaban por la entrepierna le esculpieran una sonrisa, je, je, en honor de esa mala mujer. Creo que fue entonces, y lo tuvo merecido, cuando la Postiza comenzó a hacerle la vida imposible. Y cuando yo, claro, dejé de prestarle atención, abuelo.

Vivía, pues, encerrado en mí mismo, aunque desde que la Postiza también, ejem, ejem, murió, la relación entre usted y yo había mejorado. Los demás me habían castigado en el cuarto oscuro pero ahora comprendía que yo nunca había intentado abrir la puerta y había preferido vivir a oscuras, amargado, resentido, incapaz de querer a nadie... En cierto modo, igual que usted. La diferencia estaba en que a usted le había pasado eso porque había abierto la puerta con demasiado ímpetu y se había dado con ella en las narices. Quería tanto a la Txinurri (bastaba con oírle explicar porque le llamaba así: -Es pequeñita como una hormiga- decía cariñosamente) que al morir ella le resultó inconcebible vivir sin sentir ese amor, necesario como el oxígeno, y corrió, cojeó más bien, a buscarlo a Benidorm, y de aquel Rastro de emociones baratas para viejos verdes se trajo ese cacharro oxidado y sucio como una lata que era el corazón de la Postiza. Y se acabó el txikiteo, el mus... Y ahora que la Postiza por fin había muerto pensó que era el momento de recuperar, a toda hostia, porque a usted tampoco le podía quedar mucho- no le quedó nada, en realidad-, todo el tiempo perdido. Y ahí estaba diciendo:

-Mañana nos meteremos en el cohete....- y todos esos proyectos tan desmelenados para un calvo nonagenario que, con sólo imaginarlos, detuvieron su motorcito viejo y cansado.

En cuanto a mí si no le hice caso fue por pura rutina, pues en realidad también había decidido salir del cuarto oscuro, buscar fuera un poco de alegría, un pellizco de amor, y que mejor ocasión que los sanfermines, aquella celebración de la vida.

-Así que- pensé -usted tranquilícese, abuelo, de todas maneras iremos al chupinazo, y al encierro, que siempre le gustó tanto, aunque aquel toro traidor le llevara por delante la pierna, y a los toros, y hasta saldremos alguna noche, a ver si encontramos alguna chica tan guapa como la Txinurri ¿eh? . Claro que sí, abuelo, cumpliré su última voluntad, iremos a donde usted quiera.

-Pu....pu...pu...puñetero.

Cuento completo aquí

ME HAN EXCOMULGADO

Ha sido Mario Crespo, escritor y cineasta, en su blog "El viento que agita la cebada", en el que ha abierto una nueva etiqueta con el nombre "Ficciones", y en el que en clave de humor escribe cosas como esta:

El escritor navarro Patxi Irurzun ha sido excomulgado por la Iglesia de Roma al negarse a pagar las tasas correspondientes al uso y disfrute del nombre de la virgen, puta; utilizado para titular su novela homónima.

Gracias, Mario.

lunes 4 de enero de 2010

LA PRIMERA VEZ QUE APARECÍ EN BABELIA (y la única)


Este blog se subtituló en un principio "Peripecias de un escritor tímido al que no reseñan en Babelia". La primera parte era, y sigue siendo de lo más cierta, la segunda no del todo, pues mi nombre ha aparecido en Babelia, muy tímidamente, claro (en realidad solo citan mi nombre), en la crítica que en su día hicieron a otra antología en la que participé llamada Golpes. Ficciones de la crueldad social (DVD ediciones), que tal vez pasó inmerecidamente desapercibida en su día, y no porque yo participara en ella, sino porque al cabo de unos años varios de los nombres de los antologados van sonando y escribiéndose y siendo reseñados en los suplementos culturales, y no sé si eso es bueno o es malo, entre otras cosas porque a mí -que me siento como el pariente pobre- no me ha pasado. En Golpes estábamos: Chus Fernández, Manuel Vilas, Hernán Migoya, Juan Francisco Ferré, Vicente Muñoz, Oscar Aibar, Salvador Gutiérrez Solís, Eloy Fernández Porta, David González y un servidor.
El cuento con el que yo participé se titulaba Ese tocho y voy a colgarlo en los próximos días por capítulos en este blog (como está ambientado en San Fermín es muy propio para estas fechas invernales, para combatirlas, digo); fue un cuento originalmente escrito por encargo para un periódico y que no se publicó por considerarlo -un día antes de su aparición- inapropiado, nunca nadie me ha explicado por qué; el caso es que, gracias a ello, el cuento siguió su propio camino y fue seleccionado para aparecer en dos antologías: una en italiano (Cuentos de futbol 2), publicada por Mondadori y junto a otros autores como, ni más ni menos, Roberto Fontanarrosa, Juán Villoro, Julio Llamazares o Javier Marías; y en este "Golpes" que a mí me da que con el tiempo se va a convertir en un libro de referencia (por ejemplo, cuando yo escriba el gran libro que todos los escritores estamos convencidos de que escribiremos un día).
Ese Tocho, por lo demás y por una parte, tras su no-publicación en el periódico provocó algunas sesudas reflexiones sobre literatura, sexo, amor... aquí (el cuento narra la aventura erótico-festiva entre un portero argentino de Osasuna y la alcaldesa de Pamplona) que a mí se me escapan; y por otra, ha sido calificado como el cuento más humorístico, el que desengrasa la antología Golpes (en otra reseña, en otro periódico catalán, no recuerdo si El Periódico o La Vanguardia, dijeron que era chabacano); Eloy Fernández Porta y Vicente Muñoz, los dos editores de la antología dicen, además, esto y esto sobre la antología y el relato.
Lo dicho, en los próximos días iré colgando aquí Ese Tocho (creo que no está disponible en internet) y a ver qué os parece a vosotros. Gora San Fermín! (digo, ¡Feliz año!)