sábado, 20 de septiembre de 2014

FIESTA MEXICANA PARA ESKROTO, ESTA NOCHE EN ANTSOAIN


(Reportaje publicado en Gara)


Un concierto homenajea al desaparecido e irrepetible cantante de Tijuana in blue y Kojón Prieto y los Huajolotes, con invitados como, entre otros,  Gari de Hertzainak, Tonino Carotone o buena parte de los Huajolotes. La parranda y el trago están asegurados.

Patxi Irurzun. Iruñea

La mejor forma de saber quién era Eskroto (o Gavilán, Marco Antonio Sanz de Acedo, el legendario cantante de conjuntos no menos legendarios del rock vasco como Tijuana in blue y Kojón Prieto y los Huajolotes) es escuchar la entrevista que le hizo Joseba Zabalza en la Eguzki Irratia, hace más de una década. La entrevista está en internet. Y poco más se puede añadir a ella. Gavilán cuenta, entre otros muchos y descacharrantes sucedidos y cosas de la vida, el porqué de su peculiar primer apodo: Eskroto, un juego de palabras, una deformación de Krótalo Irratia (krótalo, eskrotokrótalo, eskroto…), el nombre que dio a las emisiones que hacía desde su propia casa, mientras escondía en ella los trastos de otra emisora libre y pionera en la ciudad, Radio Paraíso, tras uno de sus cierres; o la misa negra que oficiaron con los Tijuana en el atrio de la iglesia de Durango, esparciendo entre el público vísceras de atún; o las batidas por la ciudad buscando en la basura “electxodomésticos” —como él lo diría— para destrozar luego en los conciertos; o su primer viaje a México, antes de que le diera por montar un mariachi, y los tres meses que se pegó recorriendo el país con una maleta llena de discos, que no pudo evitar comprarse nada más aterrizar en el DF… Podríamos seguir y no parar, pero así no tiene gracia, la gracia es escuchar cómo lo cuenta él. Porque Eskroto era un tipo en estado permanente de gracia. Un cráneo privilegiado, con cresta o con sombrero charro. Chispo o sereno. Un artista del copón. Genio y figura. Lo sabe cualquiera que lo vio encima de un escenario. Lo sabían, o lo asumían quizás todos menos él. Han pasado ya más de diez años desde que Eskroto nos dejó. Pero su recuerdo sigue haciendo chiribitas en la memoria de muchos de los que fueron sus compañeros de conjunto, de los que lo vimos desde abajo, embadurnándonos de barro y de clarete, o de los grupos de napar-mex que siguen la estela de los Huajolotes, como Los Zopilotes Txirriaos o Marianitoz Blai. Son estos últimos quienes ejercen de maestros de ceremonia en el homenaje que se rinde hoy al genial artista de la Rotxapea.
Complicidades e invitados especiales
La cita es esta noche, durante las fiestas de Antosain, a partir de las 23: 00 en la carpa de la coordinadora cultural (C/Canteras), que es quien ha organizado el concierto, por el que irán desfilando diferentes e ilustres invitados para desgranar lo más selecto del repertorio de Kojón Prieto y los Huajolotes. “Eskroto demostró que talento no es igual a solfeo y que creatividad y subversión no son asignaturas de conservatorio. Para nosotros ha sido una puerta abierta a una Iruñea viva y combativa”, reivindican al cantante Marianitoz Blai, el grupo base del homenaje. Junto a ellos estarán buena parte de los Huajolotes, Gari de Hertzainak, Txerra de RIP, Kutxi y César de Marea, Tonino Karotone, Javiero de Vendetta, Aitor de Lendakaris muertos (quienes mantienen en su web un txoko dedicado a Eskroto), el bertsolari Xabier Silveira, los Zopilotes, Kutxa de Ultimatum…  “Para la realización de este pequeño homenaje se han dado una serie de complicidades que hubiesen sido impensables hace unos años”, nos cuentan desde la coordinadora cultural de Antsoain. “Lo que en un principio, hace un año, iban a ser cuatro canciones, se ha convertido en todo un homenaje. La bola se fue haciendo cada vez más grande debido a las amistades de Eskroto. El ambiente que ha respirado en los ensayos ha sido de alegría y diversión. Y sobre todo ha habido reencuentros, muchos reencuentros”.
Montxo Etxeberria, que fue guitarrista de Tijuana in blue y de los Huajolotes, también coincide en el buen rollo que se ha respirado preparando el homenaje y que le hace recordar los inicios de los Huajolotes: “Al principio en realidad nos juntábamos para merendar, quedábamos en la okupa de Lore Etxea y aquello eran costilladas, amenizadas con canción mexicana… Eskroto tenía en las venas la música mexicana, pero también casi todos los que nos juntábamos allí… Lo gracioso y peculiar era que no teníamos nada que ver  unos con otros, había gente que venían del blues, del punk, gente que no había pillado un micro en su vida… Y así se creó aquello que luego fue un fenómeno social, y que no nos esperábamos, y así fue también como surgió el napar-mex, música mexicana hecha en Navarra, como lo definía Eskroto”.
La querencia de Eskroto por las rancheras y la música mexicana venía pues de lejos, y era pública y notoria, la dejaba clara en sus programas de radio, como el mítico “Fiesta mexicana” de Eguzki irratia. “Aquel programa era algo espectacular”, recuerda Montxo, “aunque yo a Eskroto lo solía escuchar en otra radio libre, antes de la Eguzki, y ya me partía el culo. Me decía: a ese tío lo tengo que conocer”. Ese espíritu dicharachero y enredador de Eskroto ha sobrevolado los ensayos para su homenaje, en los que tampoco han faltado las meriendas.
“Abrázame, y no digas nada”
“A mí Eskroto me dio vida”, dice Montxo. “Era una gozada tenerlo en el grupo, tiraba del carro bastante: llenaba el escenario, tenía facilidad de palabra, chispa… Hay anécdotas suyas para escribir un libro”.
A Montxo, como a todos los que lo conocían, el suicidio de Eskroto, tras el concierto final de la espectacular gira de regreso de Tijuana, les cogió por sorpresa. Entre las bambalinas de aquella última actuación, en los camerinos de la sala Artsaia, se encontraba el madrileño Kike Suarez, Kike Babas por entonces, quien recuerda a Eskroto con una imagen entrañable de tipo despistado, gamberro, imprevisible, muy divertido. “Tras el bolo los camerinos eran un hervidero de brindis, disparos y abrazos. En un momento dado, vi irse a Eskroto; antes de desaparecer por la puerta trasera giró la cabeza a un lado y otro, como escrudiñando el ritual de hermanamiento pero sin ánimo de nada, murmuró un escueto 'adiós' dirigido a nadie y se fue. 'Uno que se va a la francesa', pensé. Dos días después me enteré de que se había suicidado”. Un recuerdo que el músico y escritor madrileño también inmortalizó en uno de sus relatos, “Todos los palos”, del mismo modo que Francis, de Doctor Deseo, que fue uno de los invitados de aquel último concierto, dedicó la canción “Abrázame” a Eskroto, después de que este se despidiera de él aquel día con un abrazo, “Abrázame, y no digas nada”, y se alejara sin meter ruido, caminando de puntillas sobre la cima de un escenario, el lugar para el cual había nacido y que se comía a bocados.
Recuerdos vivos de una figura, genio y figura, irrepetible y a la cual es imposible olvidar, pues nunca se olvida a quien hizo reír a pleno pulmón y pasar a los demás momentos de auténtica felicidad, que es la estela que dejó tras de sí la estrella de Eskroto. Esta noche sus amigos y compañeros brindan por él en un concierto-homenaje-parranda que promete sonar como un “txueno”. Aunque seguro que antes ya han merendado y se han tomado unos cuantos tragos a su salud.

EL (DES)CONCIERTO DE XABIER SILVEIRA Y ESKROTO
Entre los ilustres invitados al homenaje de Eskroto no podía faltar Xabier Silveira, quien intervendrá interpretando Bilbainada y su Napartheid, el tema que escribió en colaboración con los Huajolotes.  El bertsolari navarro recuerda aquí a Eskroto y el mes que este les regaló en el barnetegi de Lesaka:

“Yo tenía quince años, ellos, en cambio, eran adultos. Aunque solo por fuera. El fínde en el que grabamos Napartheid los conocí de golpe a todos. Eran Huajolotes; bueno no, uno no era huajolote, era Kojón Prieto. Repito, yo, quince años. Al cabo de nada el destino nos volvió a juntar; los huajolotes tocarían en Lesaka. Y digo bien al decir solo huajolotes, pues la mayor parte del concierto la pasamos –yo y ocho colegas-con Eskroto en el bar… pero en de al lado. Aquel (des)concierto fue en el bar del euskaltegi, y quizás buscando redención, quizás pura reafirmación, volvió a Lesaka y se marcó un barnetegi en el que nos regaló un mes de su vida, en vivo y en directo y —lo mejor de todo— en euskera. ¡El puto no va más en la universidad de la vida! Por eso sé que  envejecer es inevitable, hacerse mayor un error ¡Ala ser pentxatxen guey!!!”

Patxi Irurzun

martes, 9 de septiembre de 2014

CAPERUCITA ROJA





Esta es la magnífrica portada que ha hecho Zuri Negrín para el cuento Caperucita Roja, que reescribiré para el nuevo proyecto de Alkibla en el que participo junto a autores como Manuel Rivas, José Ovejero, Marta Sanz... Suena bien ¿verdad? Pero para que el proyecto salga adelante hace falta que nos echéis una mano. Aquí os dicen cómo:

En Alkibla nos embarcamos en un nuevo proyecto editorial.
Tras la experiencia del libro "Imagina cuántas palabras", que recibió el Premio al Libro Mejor Editado en 2014 por el MECD, lanzamos la colección "Te cuento...", en la que volvemos a trabajar en la relación entre palabra e imagen documental, poniendo en contacto versiones actualizadas de cuentos clásicos y discursos documentales sobre temas de actualidad.
La colección se compone de nueve títulos que aparecerán en grupos de tres.
Los primeros tres títulos girarán en torno a la mujer, combinando cuentos clásicos como "Caperucita roja", "La sirenita" y "Blancanieves" con temas como la violencia de género, la inmigración y la vida de las mujeres saharauis.
Los libros están destinados para todo tipo de público a partir de 10 años, y están especialmente indicados para trabajar en un entorno educativo y familiar, favoreciendo el espíritu crítico así como la puesta en relación de contenidos literarios basados en la ficción con imágenes de referente real.

Los primeros cuentos corren a cargo de Patxi Irurzun, José Ovejero y Marta Sanz, y estarán acompañados por fotografías de Clemente Bernad. El diseño de la colección es de Zuri Negrín.
Para el resto de títulos hemos confirmado ya la participación de Manuel Rivas, Felipe Zapico, Belén Gopegui y Emilio Silva.


El precio de cada libro es de 15 €.

Te proponemos apoyar el proyecto de la siguiente manera:

-Comprometerte a adquirir un solo ejemplar a un precio de 15 €. Para agradecer tu apoyo te regalaremos una copia firmada por el autor en tamaño DIN A4 de una de las fotografías del libro.

-Comprometerte a adquirir los 3 ejemplares de un mismo grupo a un precio total de 35 €. Además de la rebaja, recibirás 3 copias fotográficas firmadas por el autor en tamaño DIN A4: una de cada uno de los libros.

-Comprometerte a adquirir la colección completa a un precio de 90 €.
Además de la rebaja, recibirás 9 copias fotográficas firmadas por el autor en tamaño DIN A4: una de cada uno de los libros.



-¿Qué significa comprometerse con "Te cuento..."?

Solo tienes que enviarnos un correo electrónico antes del 1 de octubre a info@alkibla.net confirmando tu pedido de un libroun grupo de libros o la colección completa. Cuando los libros estén listos, se efectuará el envío y el pago mediante transferencia bancaria o contra reembolso al recibir los libros.
Quienes se comprometan con la colección completa efectuarán el pago en tres partes, a la recepción de cada grupo de 3 libros.

¡Muchas gracias por participar en "Te cuento..."! No te arrepentirás.

TIROS LIBRES EN "EL CORREO DE ANDALUCÍA"




‘Tiros libres’, o la anhelada reconciliación de la literatura con el basket

Patxi Irurzun, David Refoyo y Daniel Ruiz García ofician como antólogos de un volumen que incluye en su sumario al exjugador Juan Antonio Corbalán.


Alejandro Duque
La llamativa ausencia de literatura española dedicada al baloncesto –en comparación, por ejemplo, con la que gira en torno al fútbol– hizo que tres jóvenes escritores como Patxi Irurzun, David Refoyo y el sevillano Daniel Ruiz García se plantearan la idea de lanzar una antología de relatos con la canasta como protagonista. El proyecto se ha hecho realidad, y llegará el próximo día 15 a las librerías con el título Tiros libres bajo los auspicios del sello Lupercalia.
La génesis tuvo lugar en las redes sociales, cuando los tres se vieron compartiendo contenidos de baloncesto. «Los tres habíamos jugado de jóvenes, yo había sido entrenador, e incluso Patxi había jugado a un nivel importante hasta juveniles», recuerda Ruiz.
Así fue como empezaron a pedir textos a autores a los que les unía esta pasión baloncestística. La selección final incluye, además de los tres autores citados, a Eloy Fernández Porta, Jacobo Rivero, Javier López Menacho, Mario Crespo, Sergi de Diego Mas, Josu Arteaga, Sergi Puertas, Javier Avilés, Ana Pérez Cañamares, David Benedicte, Javier García Rodríguez, Mercedes Díaz Villarías, Miguel Serrano Larraz, a Francisco Gallardo y al ex jugador Juan Antonio Corbalán, que tiene a la sazón una novela publicada.
Los motivos de inspiración son variados: «Está el basket de la mítica selección soviética y el de la antigua Yugoslavia, están todos los santos del baloncesto de los 70-80, Abdul Jabbar, Sabonis, Petrovic… Hay muchos guiños, a Díaz Miguel, Andrés Montes, la muerte de Fernando Martín, Spud Webb y Gomelski… Creo que a partir de los 80, gracias al buen papel de la selección del 84, y gracias también a la apertura de la televisión, que nos permitió tener acceso a la NBA a través de impagables programas como el de Ramón Trecet, hubo mucha más afición al basket, no sólo jugado, sino también visto en España», afirma Ruiz. «Los de los 70 somos una generación que ha mamado mucho basket, generando, digamos, un poso cultural común, una vivencia, que sin embargo ha tenido poca traslación literaria. Buena parte de los autores de esta antología pertenecen a esa generación, y eso se nota en los referentes que manejan: la cultura de las canastas de barrio y los 3×3, la cultura de las botas de baloncesto, la cultura de los madrugones para ver los concursos de mates y de triples de la NBA… Hay ahí una reivindicación».
Por otro lado, Ruiz recuerda que «una vez que tuvimos armada la antología, fuimos a presentársela a la Federación Española de Baloncesto. Podía ser una buena oportunidad para que, desde la Federación, y aprovechando el Mundobasket, lideraran la idea del baloncesto no solo como deporte sino como un patrimonio cultural simbólico. La respuesta fue absolutamente frustrante. No les interesaba lo más mínimo. Creo que esa miopía por parte de entidades que se supone que estan ahí para velar por este deporte en España no hace ningún bien a la reivindicación del baloncesto como el deporte más injustamente olvidado y maltratado en España».
Junto a Ruiz, el único sevillano de Tiros libres es Francisco Gallardo, que también fue jugador durante veinte años y sigue trabajando en el deporte como médico. «Era un reto. Hace tiempo que quería escribir ficcion sobre baloncesto, y participo con un relato que se llama El baloncesto no se juega con las manos», explica. Él tampoco se explica por qué hay tan poco baloncesto en las letras españolas: «Creo que es un deporte minoritario que esporádicamente se hace mayoritario, como ahora con el Mundobasket. Pero siempre que he viajado con el baloncesto he visto libros en el avión. A mí me parece que es un deporte con muchas posibilidades literarias».

TIROS LIBRES. Relatos de baloncesto (Una antología coordinada por Patxi Irurzun, Daniel Ruiz García y David Refoyo)





EDITORIAL LUPERCALIA PUBLICA “TIROS LIBRES”, LA PRIMERA ANTOLOGÍA DE RELATOS SOBRE BALONCESTO ESCRITOS POR AUTORES ESPAÑOLES

Coincidiendo con la celebración en España del Mundobasket 2014, dieciocho autores, unidos por su pasión por este deporte, se unen en una publicación insólita en la literatura española, que reivindica este deporte como territorio de ficción, escasamente transitado hasta la fecha a pesar de la posición de referencia de España en el ámbito baloncestítico. Entre los autores se encuentran escritores de referencia nacional y algunos relacionados con el baloncesto, entre los que destaca especialmente Juan Antonio Corbalán.

  
Baloncesto y ficción no han conjugado con mucha frecuencia en la narrativa en castellano, a pesar del auge y del éxito de nuestros baloncestistas y de las posibilidades estéticas del deporte de la canasta. En esta antología de relatos, Tiros libres, coordinada por los escritores Daniel Ruiz García, David Refoyo y Patxi Irurzun, dieciocho autores se resarcen y presentan  una colección de cuentos en los que el basket se convierte en la excusa perfecta para hablar del éxito y el fracaso, de emociones y recuerdos, de la vida misma y su azar, como un balón girando en el aro. Cada uno con su propio estilo, y unidos por su afición al basket,  un dream team de escritores, a los que se suma una auténtica leyenda viva del baloncesto como Juan Antonio Corbalán,  recuerdan momentos de su vida ligados a este deporte, escriben sobre la NBA y sobre basket de barrio, sobre la muerte de Fernando Martín o la de Andrés Montes, sobre Spud Webb y Gomelski, sobre el baloncesto yugoslavo y el lituano, sobre mascotas de equipos y viejas glorias olvidadas… Un auténtico equipazo que ha conseguido desprenderse de complejos y reivindicar el baloncesto como un elemento más de la cultura popular.


Eloy Fernández Porta, Jacobo Rivero, Javier López Menacho, Mario Crespo, Sergi de Diego Mas, Josu Arteaga, Sergi Puertas, Javier Avilés, Ana Pérez Cañamares, David Benedicte, Javier García Rodríguez, Mercedes Díaz Villarías, Miguel Serrano Larraz, Francisco Gallardo, Juan Antonio Corbalán, Patxi Irurzun, David Refoyo y Daniel Ruiz García.




martes, 2 de septiembre de 2014

POETAS MUERTOS (Catálogo estival de personajes parisinos)


Este es el texto con el que empezó todo. El texto ganador del I Premio de relatos de viajes de El País-Aguilar gracias al cual pude realizar el viaje a Filipinas y Papúa Nueva Guinea y escribir posteriormente Atrapados en el paraíso


 File:Tumba de Guy de Maupassant.jpg

Tour Eiffel

El hombre se dispone a ejecutar algo muy importante, vital, una cuestión de supervivencia. De manera que, tras carraspear, sacudirse las pelusas y la caspa de las hombreras de la americana y retorcer el pescuezo a los gallos que se estiran quiquireando en su coronilla, se encamina muy digno, mientras a su alrededor pestañean los flashes de decenas de cámaras fotográficas, a hacer lo que debe hacer. No le cuesta demasiado encontrar en el cubo de la basura un trozo de pan. Y todavía mucho menos devorarlo compulsivamente. Sí, el hombre es un pobre, un pobre parisino, y los flashes fotográficos no le retratan a él sino, a sus espaldas, a la Torre Eiffel, el tótem de la vieja, rica y civilizada Europa.

Campos Elíseos

La vieja, rica y civilizada Europa está sentada ahora en un encantador restaurante de los Campos Elíseos. Es una frágil anciana con pelo purpureado de pantén color, gafitas y ropas vaporosas, vestigios de un pasado bohemio pero nada sórdido, con mucho charme. Habla con el camarero con una voz que es como una campanilla. Y además en francés. Él le trae ensalada y jamón de york y “cafeolé”. Cuando termina, nuestra ancianita suelta un eructo espantoso, tan espantoso que el resto de los clientes no nos atrevemos a volvernos, solo a mirarla de reojo a través de los espejos de la pared, incapaces de creer que de ese cuerpo tan delicado hayan salido dragones con fuego en la boca, perros rabiosos, ristras de ajos y no, no puede ser cierto porque ella continúa allí sentada, tan entrañable. Hace sonar otra vez su campanilla para pedir al camarero un vasito de agua, s’il vous plait.

Centro Pompidou

S’il vous plait, me dice una chica a la salida del centro de arte moderno Pompidou. Está haciendo una encuesta y me pregunta qué exposiciones he visitado. No he visitado ninguna: hay que pagar y sé que no me van a interesar tanto como para eso. De modo que me hago el sueco, le digo que no entiendo francés, me pregunta si soy italiano y, finalmente, me deshago de ella en español. Me da un poco de vergüenza admitir que no he entrado a ver las obras de Chagall, Matisse, Braque… pero creo que deberían sentir más vergüenza todos esos que han entrado y no han entendido nada, todos los que se rascan la barbilla en un gesto que pretenden interesante cuando únicamente trata de ocultar un bostezo. Afortunadamente, en la plaza que se extiende frente al Pompidou hay caricaturistas, tragafuegos y un grupo de vietnamitas imitando a los Beatles. Uno puede reconciliarse con la cultura dando un paseo entre ellos. Unos metros adelante un chaval que ronda los veinte años, bien alimentado y limpio, pide limosna. Está sentado en el suelo con un libro en las rodillas y lee ensimismado, ajeno a la riada de gente que pasa a su lado. Olé, pienso. Sé que no tiene hambre, que es un subversivo. Lo que en realidad está mendigando es que en las escuelas no nos enseñen las fechas de todas las guerras, sino a entender a Chagall, Matisse, Braque…

Montparnasse

Baudelaire, Ionesco, Duras… Estos artistas, entre otros, están enterrados en el cementerio de Montparnasse, que es uno de los lugares que aparecen señalados en las guías turísticas. Sin embargo, para una visita fugaz a la capital francesa como la mía, es necesario seleccionar los recorridos, y el culto a los difuntos siempre me ha parecido una manera cobarde de enfrentarse al dolor, el amor, Dios y la muerte. Todo lo que nos hace insignificantes y nos condena a la soledad infinita del ser humano, la soledad que provoca el hecho de que ningún otro ser humano sea capaz de desvelarnos estos enigmas. Así que consideré prescindible el peregrinaje a dicho cementerio. Todo cambió cuando supe que, además de los mencionados escritores, en Montparnasse se encontraba enterrado Guy de Maupassant. Eso es otra cosa. Daría todos los besos ensalivados, todos los dulces tragos de licor, los días soleados que almaceno en mi memoria por uno de sus cuentos, tan redondos, tan directos, tan sorprendentes… tan perfectos. Quizás Maupassant, depresivo, suicida crónico, torturado por su incredulidad en el amor y muerto en un manicomio, hizo ese pacto con el diablo. Y quizás lo hizo para toda la eternidad porque, deambulando en busca de su tumba, aparecen ante mis ojos varios personajes de esos con los que al escritor normando se le encogía el corazón y que, a la vez, nutrían sus magistrales relatos. Entre unas cuantas lápidas grabadas con la Estrella de David pulula con el ceño fruncido un siniestro tipejo de cabeza rapada. Sobre un panteón descascarillado, moteado con plastones de musgo y mariquitas, una pareja se acaricia mórbidamente. Y, tan solo a unos metros del lugar en que permanece enterrado Maupassant, un hombrecillo con una garrafa riega la tierra nerviosa y apresuradamente, como si atesorase el secreto que hace brotar flores de los ojos de las calaveras. La tumba del escritor, igual que la de los demás muertos célebres, es sencilla y pasa casi desapercibida. Pero a diferencia de Cortázar o Sartre, a quienes los visitantes dejan frases, poemas escritos sobre paquetes de tabaco o billetes de metro, solo dos mensajes de letra agusanada y emborronada por la lluvia reposan sobre los restos de Maupassant. Recuerdo que los Goncourt, que asistieron a su entierro, dejaron constancia de que, durante el mismo, sus amigos habían contado chistes verdes y macabras anécdotas fúnebres. Entonces comprendo que no procede nada solemne sino, en todo caso, frívolo. Algo así como sacar una foto para después largarse. Y eso es lo que hago. No obstante, antes de salir del cementerio de Montparnasse, un gato negro se cruza en mi camino, clava sus ojos en mí y allá al fondo, como escombros hundidos en un charco del infierno, centellea la solución a todos aquellos enigmas: el dolor, el amor, Dios y la muerte. Pero es solo una milésima de segundo, después el gato da un salto y desaparece tras una tumba sin nombre.

Mercado de las pulgas

I

El gato negro, pantera de mentirijillas, demonio enmascarado, bolsa de terciopelo con siete corazones, se mueve sobre la mesa de antigüedades en el Mercado de las Pulgas. A cámara lenta, desliza primero sus patas, las estira prodigiosamente, multiplicando su longitud por tres. Acomoda después la almohadilla en huecos invisibles y su espinazo se curva entonces dulcemente, como una ola muriendo en la playa. Y así avanza, cruza la mesa sin rozar siquiera las regaderas, los quinqués, las figuritas de porcelana que se amontonan desordenadamente sobre ella. El gato negro es arrogante y exhibicionista, podría saltar la mesa, o pasar por debajo, pero prefiere que todos veamos sus movimientos elegantes y precisos. El gato negro es un poeta salvaje.

II

Unos metros más allá de los puestos de antigüedades y ropa usada, en una callejuela que limita el Mercado, hay grupos de hombres que hablan en susurros, que miran en todas las direcciones con pupilas que parecen pelotitas de goma. Ofrecen radiocasetes con los cables pelados, carteras usadas, relojes y cadenas de oro rotas. Otros hombres con gusanos sanguinolentos en la nariz, con pelos y barbas como arbustos secos, hombres que huelen a sudor, vino y orina, venden ropas apelotonadas y sucias, sillas paticojas, una raqueta sin cordaje… cualquier cosa por el precio de una botella. Un tipo de bigote y tez aceitunada llega con un hatillo, lo extiende en el suelo y aparecen cintas de vídeo con fotos de mujeres desnudas. Llega otro como él, después otro, y después ya son cinco, diez, veinte… Se arremolinan, se empujan, gritan. Enfrente, en la otra acera, a algunos les esperan sus mujeres vestidas con caftanes floreados. Una de ellas lleva la cara cubierta por el chador.

Rue Mouffetard

Un joven obrero magrebí riega con una manguera la playa que, sí, está bajo las calles de París. Sobre la arena mojada, arrodillado, un compañero va colocando los adoquines en círculos. Algo más arriba, en la Place de la Contrescarpe, hay un par de viejos alcohólicos, un hombre y una mujer. Ella intenta bailar el cancán sin romperse en pedazos y después pasa la gorra a los turistas que beben cerveza en los cafés o esperan en los restaurantes griegos a que los camareros rellenen sus sandwiches con la carne picada de los enormes y giratorios trozos de vaca asada. El hombre está para menos trotes. Duerme la mona en un sillón polvoriento y desventrado. De repente, parece despertar de un mal sueño, se pone en pie tambaleante, se gira y expulsa los monstruos que pueblan su amago de delirium tremens con una cálida, dorada y prolongada meada. Los turistas sonríen, sacan fotos, alguno incluso aplaude. Lo que en las calles de sus pueblos o ciudades les parecería una marranada les parece bohemio en París.

Metro

París. Debo marcharme ya. Soy el único hombre blanco en la estación de metro. Sentada a mi derecha, hay una mujer con un punto rojo en el centro de la frente y dos niños hermosos, como solo lo son los hindúes. A mi izquierda, un anciano negro da cabezadas y, de pie, una pareja de japoneses consulta un plano. Hay turistas con planos en todas las esquinas de todas las calles de París. Resulta difícil oír hablar en francés allá arriba. Los parisinos parecen haber huido del verano en la gran urbe hacia las playas. Abajo, en el metro, es más fácil, aunque siempre es un francés con acentos de colores. Como el de los camareros árabes, rumanos o italianos. O el de las chicas de la limpieza y el de los basureros negros. También son negros los cientos de emigrantes sin papeles que permanecen encerrados, varios de ellos en huelga de hambre, en la Iglesia de Saint Bernard, que está en un barrio que no aparece en los recorridos turísticos. La playa, para todos ellos, está debajo de los adoquines de París, capital de la vieja, rica y civilizada Europa.

lunes, 1 de septiembre de 2014

RETROBASKET (Rubio de bote)



Nadie me cree cuando lo cuento, pero yo fui una estrella adolescente del baloncesto. Hubo un tiempo en el que incluso estaba convencido de que me convertiría en el relevo natural de Corbalán. Después, lo más cerca que estuve de alguien parecido a aquel legendario jugador del Madrid, fue una vez que me quedé a dormir en casa de un amigo y su padre vino a darnos las buenas noches en calzoncillos tipo meyba y camiseta interior blancos.

Pero yo, lo juro, fui un base habilidoso y escurridizo. Tengo incluso una foto del Marca que lo atestigua. Fue cuando tenía trece o catorce años y me llevaron con la selección navarra a jugar un campeonato a Madrid. Aquel se convirtió en un viaje iniciático, en el que me afeité por primera vez, frente a un espejo descascarillado en el hostal de la Gran Vía en el que nos alojaron. Recuerdo que el baño era compartido y que en la puerta siempre había más corbalanes esperando con una toalla entre las manos y silbando con disimulo.

—¡Pero si os han traído a una pensión de putas! —me dijo un tío mío que era viajante y que estaba de paso por la capital, una tarde que vino a visitarme.

A través de la ventana se oía elevarse desde la calle el ruido de las sirenas de la policía, y los gritos de los borrachos y el estruendo de botellas rompiéndose contra las aceras. Yo entonces entendí por qué por las noches temblaban las paredes de la habitación y crujían los somieres y supe también que los corbalanes hacían cola en la puerta del baño para lavarse el ciruelo, antes de entrar en materia.

No sé si fue porque mi tío hizo una reclamación al Gobierno de Navarra o porque, contra todo pronóstico, fuimos pasando eliminatorias, pero al cabo de algunos días en la pensión comenzaron a servirnos un menú especial, diferente al de los otros clientes, que nos miraban con cara de carpantas cuando los camareros dejaban en nuestros platos unos jarretes descomunales. A pesar de ello, los chavales de las otras selecciones nos sacaban todos varias cabezas. Eran monstruos de feria, anormalidades físicas. Nos daban miedo. A nosotros nos habían seleccionado porque sabíamos driblar, fintar… En lugar de centímetros teníamos talento. Y nos divertíamos jugando. Gracias a eso llegamos a semifinales. Pero los catalanes eran ya demasiado altos y nos metieron una buena paliza. Sin embargo, en aquel partido yo alcancé mi cénit como baloncestista. En un contrataque, entrando a canasta, me pasé primero el balón por la espalda y después di una asistencia también por la espalda a un compañero cuando uno de aquellos soldados de Catalunya salía a taponarme. La grada coreó primero un ¡oh! y después aplaudió enfervorizada. Un spiker gritó mi nombre. ¡Irurzun! Yo me sequé el sudor de mi bigote recién rasurado y saludé con timidez. Silbando con disimulo, como si estuviera en el pasillo de la pensión con una toalla en la mano. Luego, en la siguiente jugada me pusieron un gorro descomunal. Y en la otra un orangután me tumbó en el suelo en un bloqueo. El juego había terminado. Seguí jugando a baloncesto durante dos o tres años más, pero ya no me divertía. Aquello se había convertido en otra cosa. Hoy, me pongo melancólico cada vez que veo un partido. Algunas veces, incluso, me siento a hacerlo vestido de Corbalán.


Colaboración para mi sección Rubio de bote de ON, suplemento de los periódicos del Grupo Noticias.


martes, 19 de agosto de 2014

REBELIÓN ELECTRODOMÉSTICA


Los electrodomésticos que comparten techo tienden a ser solidarios (entre sí) y estropearse todos a la vez. En nuestra casa, por ejemplo, ahora mismo tenemos averiados, entre otros, el frigo, que fue el primero que se puso en huelga porque es de sangre caliente (lo cual no es un rasgo del carácter muy recomendable, sobre todo para una nevera); el aspirador, que tiene muy mal humor y en lugar de aspirar bufa; la secadora, que es una mimosa y le gusta que le acaricien la espalda (justo en su punto G: el botón de reseteo, que te enteras de que existe cuando viene un técnico con un destornillador raro, quita el panel trasero, aprieta el susodichoso botón y te extiende una factura de sesenta euros)... En fin, sale más corto contar que solo funciona la lavadora, pero no quiero decirlo muy alto porque es una apestadilla (eso tampoco es muy propio para una lavadora) y como vive separada del resto, en el balcón, yo creo que aún no se ha enterado de esta rebelión electrodoméstica.
Todo comenzó, como digo, con el frigo. Fue el verano pasado, en pleno y canicular agosto, una noche de tormenta. Hubo una subida de tensión y se murió, el aparatico. Al principio, tras leer la pegatina con el teléfono del servicio técnico que decía que te solucionaban cualquier problema en 24 horas, tuvimos fe en su resurrección, pero el cristo nos duró tres meses. ¡Tres meses sin frigo! Se hicieron largos, pero a todo se acostumbra uno.  Es largo también de explicar cómo se complicó la situación. Por resumir: la pieza que había que reparar nos salió mochilera, estuvo dando vueltas por almacenes de los cinco continentes, mientras la empresa a la que compramos el frigo quebraba y nosotros nos hacíamos preguntas tales como si existe un servicio de reclamación para el servicio de reclamación del consumidor, todo eso sin una triste cerveza fría que llevarse a la boca y con la que matar las penas por no matar a un burócrata. Total, que cuando finalmente la pieza llegó, el frigo había comenzado a perder gas, y al cabo de algún tiempo dejó de funcionar el congelador. Así hasta hoy. El lado positivo es que la nevera genera ahora una capa ártica de hielo en la pared trasera y cuando queremos congelar algo no tenemos más que echarlo hacia el fondo. Y es que a los aparatos eléctricos, cuando se ponen tontos, hay que saberles coger el aire. Yo, por ejemplo, tenía que encender los limpiaparabrisas de mi primer coche para que funcionara el caset. Del mismo modo, cuando quería poner los limpias tenía que escuchar la radio. Y así todo. A todo se acostumbra uno. Es bonita la música conduciendo bajo la lluvia.

El caso es que tras el frigo, vino todo lo demás: lavavajillas, secadora… y a ello se sumaron otros achaques propios de la casa: calderines que pierden agua, grietas, humedades… Se pusieron todos de un obsolescente programado que daba asco. Al parecer es algo que pasa impepinablemente a los cinco años, la edad del pavo electrodoméstico y de las VPO. Los electrodomésticos son, en definitiva, una especie de células durmientes al servicio de las multinacionales, pequeños terroristas suicidas domésticos,  hámsters de metal amaestrados para que la rueda del consumo nunca pare. Y luego que salen baratos, los electrodomésticos...

Publicado en la sección RUBIO DE BOTE del suplemento ON del Grupo Noticias (Deia, Diario de Noticias de Alava, de Gipuzkoa y de Navarra) Página 8

lunes, 4 de agosto de 2014

MUNDO SELFIE





La foto más famosa de los pasados sanfermines no la ha visto nadie, excepto su autor, y quizás ni siquiera este, quizás tuvo que eliminarla, tras convertirse en el hombre más buscado a este lado del Arga. Me refiero a la autofoto (o el selfie, si nos ponemos en plan guay) que se tiró un corredor del encierro en la entrada del callejón, con el morro de un jandilla de media tonelada detrás, soplándole en la nuca. Al día siguiente parece ser que andaba la policía municipal con retratos ampliados buscándolo para hacerle apoquinar la multa y supongo que para imponerle un castigo ejemplar y presentarlo ante los medios como una especie de asesino en serie. A mí, en realidad, el encierro me importa poco, cada vez menos, sobre todo viendo cómo muchos corredores empujan, apartan a otros a codazos, todo para pillar cacho, sin importarles si eso supone echar a los demás a los pies de los caballos, o encima de las astas de los toros en este caso, algo probablemente tan peligroso y reprobable como correr con un móvil o con un kalimotxo de más (por no hablar de que a fin de cuentas, el encierro no deja de ser —no solo eso, pero también— una colaboración necesaria para que corra la sangre sobre la arena al atardecer).
En realidad, a mí lo que realmente me parece preocupante y significativo es que cada vez haya menos gente que corre los encierros con periódicos. Los corredores ya no esperan a que den las ocho leyendo la prensa, ahora miran sus móviles, entran a su facebook, mandan guasaps, se hacen selfies… todo lo cual no solo es el triste signo de la decadencia de la prensa en papel, sino que nos demuestra que vivimos en un mundo cada vez más selfie, en el que cada vez nos importa más lo que nos pasa a nosotros, por insignificante que sea, y menos o nada lo que les sucede a los demás. Hoy en día la famosa sentencia de Terencio, “Humani nihil a me alienum puto”, que suena mucho mejor traducida, “Nada humano me es ajeno”, no vale ya ni para ponerla en el encabezado del perfil de twiter, mucho menos si tu intención es comunicar al mundo mensajes tan trascendentales como que llevas unos días estreñido o que te vas a la cama.
 Me pregunto, por lo demás, qué habría sido del misterioso autor de la autofoto (a quien, además, si se observa con detenimiento, debajo de la sudadera le abulta algo, un extraño armazón… igual era un marciano o del FBI o superdotado), qué habría hecho  después de ver cómo se iniciaba la caza humana. Me lo imagino atrincherado en el baño compartido de una pensión del casco viejo, rapándose la cabeza o tiñéndose la perilla; o, ya en su casa, a salvo, lejos, luchando contra sí mismo, conteniendo el impulso de pulsar el “compartir”  en su instagram, valorando qué le compensa más, ganar cientos de “me gusta” o perder un buen puñado de euros, convertirse en un trendig topic o en un megavillano en una ciudad de provincias…  Quizás, quién sabe, la autofoto ya está circulando por el subsuelo de las redes sociales; o quizás, lo más probable, salió descuadrada, movida, borrosa… Es lo que tiene el mundo selfie, esa moderna versión del mito de Narciso intentando besar su reflejo en el agua y descubriendo sorprendido cómo este se enturbia y se desvanece.

COLABORACIÓN EN MI SECCIÓN RUBIO DE BOTE PARA EL SUPLEMENTO ON DE LOS DIARIOS DEL GRUPO NOTICIAS 
PÁGINA 7



CON JAVIER CAPITÁN EN 'LAS MAÑANAS" DE RNE

Foto: Hoy os preguntamos por anécdotas de padres en apuros y charlamos con Patxi Irurzun, autor de 'Mi papá me mima': "soy manazas" así que para mí era complicado ponerle la ropa al bebé "entre el miedo a hacerle daño y el diseño de la ropa" http://www.rtve.es/radio/las-mananas-de-rne/directo/

El pasado día 28 de julio Javier Capitán me entrevistó en Las mañanas de RNE (Radio 1). Hablamos sobre "Mi papá me mima", fue muy divertido, aquí está el podcast:


jueves, 24 de julio de 2014

UNA ENTREVISTA A ÁNGEL PETISME





Yo pude ser Letizia
Ángel Petisme, ministro de la felicidad

El cantautor y poeta aragonés presentó en Iruñea (Katakrak) y Bilbao (Librería Cámara) sus dos últimas obras,  el libro “Fast food for freaks” y el disco “El ministerio de la felicidad”, en el que colaboran El Drogas y Kutxi Romero. Hace unos días estrenó el vídeo de una de las canciones en la que rinde un hermoso homenaje a Cecilia Giménez, la restauradora del Ecce homo de Borja.

Patxi Irurzun. Iruñea

Lleva treinta años, quince libros y otros tantos discos repartiendo alegría, pero ha sido en el último de sus trabajos cuando por fin ha reivindicado su cargo. Ángel Petisme, ministro de la felicidad, ecce homo erectus, aragonés de vallekas, padre primerizo a los cincuenta, cinéfilo, escanciador de vino y bebedor de vida, acaba de parir poemario y disco gemelos (Desacorde Ediciones), los dos luminosos, plenos de colores, de letras que relucen como bengalas en el cielo de los días oscuros. De su poemario, “Fast food for freaks” ha escrito su colega Luis Eduardo Aute: Me parece espléndido, excelente, excesivo (en el mejor de los sin-sentidos). Todos los poemas son magníficos, justos y justicieros, austeros, limpios, exactos, mazazos de puntería exacta, precisa, elegante”. Y el disco no se queda atrás. En él, Petisme rinde homenaje al vino, a su hija Alba, a los amigos que, como Felix Romeo, ya no están pero son velas que tiemblan en la oscuridad, a una viñeta de El Roto, convertida en canción ( “Además nos votaréis”, en la que colaboran Kutxi y El Drogas y en la que el ministro de la felicidad se enfada) o a Cecilia Giménez, la pintora del Ecce homo de Borja, a la que defiende de la astracanada y el torrentismo con un escudo de belleza.

-Si te apetece, empieza soltando una barbaridad, Petisme…
Yo pude ser Letizia. En Calanda en febrero de 2000, en el centenario del nacimiento de Buñuel, me invitaron a cantar pues acababa de publicar un libro disco dedicado al cineasta. Entonces tenía de público al entonces príncipe de Asturias, a Yoko Ono, a su hijo Sean Lennon y autoridades eclesiásticas y militares. Los periodistas me dijeron después que el actual rey de los españuelos se me comía con los ojos. Recuerdo que me invitó a Zarzuela y demás pero yo no le presté mucha atención. Una pena porque ahora sería una reina republicana y otro pelo nos correría a todos.
-Disco y libro a la vez, ¿hay vasos comunicantes entre ellos?
Seguro que sí porque en ambos está mi imaginario y mis fantasmas y ambos gozan de buen humor e ironía a raudales.
-Empezando por el disco te has autoproclamado ministro de la felicidad, en un disco luminoso y optimista, ¿es eso, felicidad, alegría lo que nos falta para hacer la revolución? (ya sabes, una revolución en la que no se baile, o no se folle, no es la mía)
Bueno, fui nombrado ministro de la felicidad a regañadientes como a quien le toca ser presidente de la comunidad de vecinos. Es un ministerio sin cartera y por un año, así que no saldré de pobre. Minister significa sirviente, criado, el que está por debajo de los magister: los maestros. Cómo ha cambiado la tortilla, eh. Sí, creo que la auténtica grandeza frente al poder y contra él es seguir sonriendo. La risa es una forma de re(e)xistir. 
-Aunque al disco, no le falta tampoco la rabia, en la canción con Kutxi y El Drogas, o en Virgen de los Peligros, expresada con dos registros diferentes…
Son canciones cívicas contra la realidad asfixiante: el bipartidismo y la casta política en Además nos votaréis y los desahucios en Virgen de los Peligros. En ésta última utilizo el documento, el testimonio de una madre y una hija a punto de ser expulsadas de sus hogares y es una crónica y una plegaria a la vez. En la primera funciona más la mordacidad y la caña a través del recochineo de los políticos que se dirigen a nosotros: Os bajaremos los sueldos, os quitaremos derechos, nos llevaremos la pasta y además nos votaréis…
-Acabas de estrenar un video con Cecilia Gimenez, la restauradora del Ecce Homo de Borja, en la que tú también te pones en sus manos, dejas que te mime, te dé de comer… ¿Cómo y por qué surgió esta canción y la idea del video?
La historia del Ecce homo me inspiró una canción de amor y ternura. Todos somos esa pintura abandonada que se cae a pedazos y esperamos la mano restauradora del amor. Da igual que luego salga un monstruo, lo importante es que en el amor existe la voluntad y el deseo de mejora. El vídeo surgió porque me pasaron el teléfono de Cecilia y estuvimos más de horas de conversación en la primera llamada. Hubo mucho feeling, era como hablar con mi madre. Cecilia tiene un hijo paralítico de 55 años del que cuida desde niño, así que ese sentimiento materno filial era el mismo que el del Ecce homo con su creadora.
-Otro tema muy presente y nuevo en tu caso es la paternidad (me encanta y me resulta muy cercano, por cierto, cuando le dices a tu hija eso de “Si gano este premio te compro la Nintendo”, es casi un microrrelato), que en tu caso tiene algo de especial (padre a los 50, adopción, etc.)…
Sí, hay tres canciones que nacen con los nuevos sentimientos y la responsabilidad de adoptar a una pequeña que no venía precisamente con la mochila vacía sino llena de piedras y malos tratos.
-En cuanto al libro, resulta muy actual, tiene algo de justiciero, como te dijo Aute, pero a la vez parece también un libro que has compuesto escribiéndolo a fogonazos, en diferentes épocas, apuntando en servilletas o paquetes de tabaco… ¿Es así? ¿Cómo ha sido el proceso?
Lo fui escribiendo en libretas y papelitos desde 1996 hasta ahora.En realidad son apuntes, primeros versos que yo guardaba para hacer un poema o una canción en el futuro y se han quedado en relámpagos sin tormenta como aforismos, bueno, euforismos como dice un amigo. Suele tender a despertar una reflexión,un pellizco poético o en ocasiones la risa directamente.
-Para acabar has decidido mover tanto disco como libro solo por pequeñas librerías…
Es que en eso que llaman los “supermercados de la cultura”, que en realidad son del ocio y la informática les da igual vender el disco de Paquirrín Dj. que el mío. En un tiempo en que nos quieren robar hasta las mismas palabras, el mejor espacio para los ciudadanos libres son las librerías, a pie de calle, con relatos, ensayos, poemas, canciones y sueños para cada uno de nosotros.



lunes, 21 de julio de 2014

EN TODOS SOMOS SOSPECHOSOS (RADIO 3)


Haciendo el golfo y el sospechoso con la gran Laura González en Radio 3. Como siempre, ella me consiguió sacar una entrevista bien divertida. A partir del minuto 40, justo después de que suene Hurricane, ni más ni menos, de Bob Dylan

EN ROCKOLA FM



Bego Loza recomienda encarecidamente "Atrapados en el paraíso" en el programa "Compañeros de viaje". Se lo agradezco de todo corazón, y ya van unas cuantas, pero cuando vaya por allí no pienso cantar, con karaoke o sin él. A partir del minuto 35.

PRÓLOGO CIRUELO O AFILANDO EL CUCHILLO DE MATAR OGROS (Prólogo para EL CERO TAMBIÉN CUENTA de MANU LF)

Foto: En la selva de Sarriguren, dos escritores vecinos y amigos, con sus libros y sus niños. He tenido el gustazo de escribir el prólogo de 'El cero también cuenta' de Manu LF (prólogo titulado 'Prólogo ciruelo o Afilando el cuchillo de matar ogros). También presente con uno de sus comix un colega común, Juan Kalvellido. Una mañanica bien a gusto. La foto la ha sacado mi hijo Hugo.
Con Manu en Sarriguren (foto Hugo Irurzun)

Como ahora todos somos supermodernos Manu me pidió por el Facebook que le escribiera este prólogo. Yo me había prometido no volver a escribir prólogos en mi vida. No por mí y por el tiempo que me falta, que también, sino por aquellos que me lo piden. Que yo le escriba un prólogo a alguien no sé en qué puede mejorar su libro, al contrario, igual solo sirve para meterle en líos, o para afear lo que viene detrás.  Pero Manu no es alguien, no es un amigo cualquiera, no es un amigo del Facebook, Manu y yo nos hemos visto las caras, nos hemos echado algún café juntos, aquí en Sarriguren. Somos vecinos y además tenemos un amigo común, el dibujante Juan Kalvellido, y los amigos de Kalvellido son mis amigos por decreto. A los amigos de Kalvellido hay que escribirles prólogos sí o sí. Sobre todo, si te has visto los gepetos, y has certificado que, como Manu, son gente de fiar, gente de verdad, gente que merece la pena y con los que los cafés se alargan, raja que te raja, y que le den por saco al Facebook.
De ese modo, además, es mucho más sencillo comprender qué significa la literatura, la poesía para Manu. Manu escribe poesía para cerrar la puerta a los ogros, en la habitación de los niños. Manu escribe poesía en legítima defensa, del mismo modo que robaría o quizás haya robado una bandeja de carne del súper para dar de comer a sus hijos cuando las cosas se ponen feas, cuando los ogros llevan corbata y se comen los sueños de la gente. Manu escribe poesía con las manos llenas de agujas, con sus manos de currela hinchadas y doloridas…
Por eso escribo este prólogo. Por eso y por versos como este: “En la urbe moderna/lo más parecido a la felicidad/ es encontrar aparcamiento”. Y por sus relatos. Porque en ellos aparece gente que se presenta a anuncios del periódico en los que buscan afiladores de cuchillos. Y también por vanidad. Porque en uno de esos cuentos Manu me menta, y además de la mejor manera posible, escribiendo en la misma línea mi nombre y una de mis palabras fetiche: ciruelo. El cuento en cuestión es además una segunda parte de otro que me encanta, que me trae a la memoria los relatos del mejor Bukowski, cuando este deja de ser Mister Polla (o Mister Ciruelo) y se pone socarrón. Puede que Manu no quiera volver nunca a un taller literario en Lloret, como el que describe y da título a ese relato, pero si quedan plazas libres para próximas ediciones yo me apunto. Mientras tanto, esperaremos a que Manu siga tirando del hilo, escribiendo más cuentos de ese palo, cuentos con títulos como “Mi glande juega al ajedrez”. Y a que siga afilando el cuchillo de degollar ogros con sus versos.
En fin, Manu. Que el prólogo te lo mando por el Facebook, pero ¿cuándo nos echamos otro café?

Sarriguren, 20 de mayo de 2014

Entrevista en Gara sobre 'Atrapados en el paraíso'

La entrevista que me hizo en Gara Álvaro Hilario, con la foto de Iñigo Uriz, que me gusta mucho.




ANNALYN




El día de mi cumple, hace algunos días alguno de los lectores de facebook  me pidió que me pagara una ronda publicando un relato, y eso me disponía a hacer, cuando me sucedió una cosa realmente curiosa y hermosa, que perfectamente podría ser también un relato. Como sabéis la portada de mi último libro es una fotografía de Hartmut Schwarzbach. Pues bien, cuando como digo me disponía a colgar un cuento-ronda en el muro, recibí un mensaje de Hartmut felicitándome por mi cumpleaños y contándome que, oh casualidad, la niña de la foto, que se llama Annalyn, también cumplía los años, 9, cuando él le sacó la foto, un día como ese (que el fotógrafo sepa el nombre de la niña y su fecha de cumpleaños y la recuerde, dice mucho sobre él). A mí este tipo de coincidencias me encantan, me emocionan, son como piezas de un puzle extraño que encajan, que estaban destinadas a encajar, aunque cada una de ellas se encontrara a miles de kilómetros de la otra. Qué bonito regalo de cumpleaños. Gracias Hartmut. Y felicidades Annalyn.

UN OSO SINTECHO Y OTRO EN TANGA




Artículo publicado en la sección 'Rubio de bote' de ON, suplemento de los diarios del Grupo Noticias (http://issuu.com/gruponoticias/docs/on190714/0 Página 17)


UN OSO SINTECHO Y OTRO EN TANGA

—Este oso ha debido de llevar una vida de perros—pensé cuando vi aquel enorme peluche abandonado junto a los contenedores de basura, debajo de casa.
Tenía buen aspecto, a pesar de todo. Parecía más bien que en lugar de haber sido desahuciado del cuarto de un niño con alma de banquero, acabara de regresar de una comida de empresa de osos, en la que se hubiera excedido con los chupitos de miel o quedado traspuesto de vuelta a su madriguera, de puro gustirrinín, mientras se rascaba la espalda en la farola contra la cual se apoyaba. Parecía que durmiera la mona, el oso. Pero su aliento no olía a alcohol ni a ceniza ni a trucha muerta. Había algo inquietante en aquel oso. Algo misterioso. Me acerqué a él  y olfateé. Tampoco olía a babas ni a cabezas de niños ni de poetas. Nadie había besado nunca a aquel peluche, nadie lo había abrazado antes de quedarse dulcemente dormido. Aquel oso olía a trastero, a pelusones, a goteras, al moho que exhalan los corazones solitarios que no eligen serlo. A mí se me partió el mío al verlo. En la habitación de mis hijos había, hay un oso exactamente igual a él, un oso al que hemos querido, sobre el que hemos babeado mucho. Putoso. Así lo llamamos, cariñosamente, pues es tan pesado y grande —en todos los sentidos—que siempre está en medio de todo. 
Se lo regaló mi cuñada a mi primer hijo, al nacer. Apareció en la maternidad detrás de él y al entrar en la habitación casi asfixia al niño, pues se tiró emocionada a abrazar a su hermana sin percatarse de que en su regazo estaba la criatura. Putoso lleva pegado a su piel el primer aliento de mi hijo y las lágrimas hermosas como pompas de jabón de su madre y de su tía. Putoso ha servido de almohada a algunos amigos que han hecho parada y fonda por la casa, con sus maletas llenas de libros de poemas y sus cabezas de pájaros. Putoso fue airbag cuando los niños comenzaron a andar. A Putoso lo hemos puteado también de lo lindo, lo hemos vestido de judoka, de romano, le hemos puesto tanga… Y él nunca se ha quejado. Siempre ha estado ahí. Queremos mucho a Putoso, y por eso me resultó incomprensible que alguien hubiera podido ser tan despiadado como para abandonar a uno de sus semejantes, junto al contenedor de basura.
—Quizás —imaginé — este oso desahuciado sea hermano gemelo de Putoso, uno de sus diezmilquinientillizos, alumbrado en una de esas siniestras fábricas asiáticas o en esas maquilas centroamericanas en las que las niñas esclavas cosen mensajes de auxilio en las etiquetas de lavado—. ¿Y si me lo llevo? —me pregunté, y luego subí a casa a tramitar los papeles de la adopción (es decir, a mandarle un guasap a mi mujer para ver qué decía). Y mientras esperaba la respuesta me pareció que la imagen de ese oso, tirado en la basura, era una metáfora de algo, un signo de los tiempos,  que no llegaba a descifrar del todo, y pensé que, cada vez más a menudo, en los contenedores no había peluches abandonados, sino gente hurgando con ganchos, gente que tampoco tiene la vida que se merece. Después, me asomé a la ventana y vi que el oso había desaparecido. Me pregunté si alguien —ojalá— lo habría adoptado o si se lo habría llevado el camión de la basura.


domingo, 29 de junio de 2014

CÓNSUL DE LA FELICIDAD



Ejerciendo de cónsul de la felicidad con mi ministro, Ángel Petisme, que presentó en Pamplona (Katakrak) sus dos últimos trabajos: "Fast food for freaks" y "El ministerio de la felicidad". Fue un placer presentarle.