
Yo soy un hombre libre. Y también lo puedo decir en inglés: “I am a free man”. Porque así, en inglés, es como figura en el documento que acredita tan rotunda declaración de principios. Un documento firmado usando como pisapapeles una calavera humana, allá en la última frontera del mundo: una siniestra comisaría de Ambunti, cabecera del mítico río Sepik, en la indómita Papua Nueva Guinea.
Vajé a Papúa Nueva Guinea después de despertar de una siesta que había durado años y ver en la televisión aquel famoso documental en el que unos tipos ataviados únicamente con una funda peniana alargaban temblorosos sus manos para rozar la piel de dos hombres blancos. Los primeros hombres blancos que veían en su vida.
Esa misma tarde encargué el billete de avión. Fue un arrebato aventurero, nada propio de mí, que traté de compensar en los días siguientes adquiriendo un conocimiento enciclopédico de aquel remoto país. Esta tarea no resultó en absoluto ardua, pues las enciclopedias despachaban a Papúa Nueva Guinea con tres líneas: “Situada al norte de Australia y al este de Indonesia, Papúa ha estado dominada por británicos, alemanes y australianos. Consiguió su independencia en 1975. Está poblada por más de 700 etnias distintas —con sus respectivas lenguas—, algunas de las cuales sólo han conocido la rueda alrededor de 1930”. Mis conocimientos sobre el país los vinieron a completar dos atónitos amigos a los que revelé mi destino:
—En Papúa Nueva Guinea por no haber no hay ni McDonalds— recuerdo que dijo uno de ellos.
Con aquel bagaje, y una guía de conversación (porque, además, yo no sabía una palabra de inglés) tomé el avión que me llevó a Port Moresby, la capital del país.
Port Moresby era una ciudad pequeña —unos 200.000 habitantes— de apariencia dormilona. A través de la ventanilla del taxi que me condujo al hotel observé que los transeúntes sonreían al verme y me mostraban una dentadura salpicada de cuajarones rojos que de vez en cuando escupían en las aceras.
Recordé entonces lo que me había dicho el segundo de mis amigos.
— ¿Papúa Nueva Guinea? ¿No es ahí donde se comen a la gente?
Menos mal que inmediatamente una valla publicitaria aplacó mis temores. “Papua Nueva Guinea, la última frontera”, se podía leer en ella, y debajo de aquel lema aparecía en un primer plano el rostro de un hombre al que el gesto feroz descascarillaba lo que parecían pinturas de guerra.
Con semejante panorama al llegar al hotel decidí atrincherarme en el bar. Después de todo sólo pasaría una noche en Port Moresby y a la mañana siguiente partiría hacia Wewak, la ciudad más próxima al Sepik. Fue una decisión acertada pues en el bar de aquel hotel conocí a un francés que acababa de regresar del Sepik y que hablaba perfectamente español. Me explicó que estaba haciendo una compilación de literatura oral de la zona.
—En el Sepik la única literatura escrita son las versiones de la Biblia. Hay misioneros católicos, adventistas, baptistas...
—O sea, que los misioneros tienen más esperanzas depositadas en ese país que los ejecutivos de McDonalds— pensé yo, y después le conté que mi intención era pasar 20 días en el río.
—¡Oh la la la!— exclamó él, pues al parecer los viajeros más osados permanecían sólo entre 1 y 2 semanas en el Sepik, incapaces de soportar el calor, los mosquitos o en el peor de los casos la malaria o las elecciones locales, que solían saldarse con violentos enfrentamientos tribales.
—Te va a hacer falta mucho “betelnut” — dijo después, ofreciéndome una especie de nueces verdes, que dispuso sobre la barra junto a unos palitos alargados y un montoncito de un polvo blanco y misterioso.
—Es un estimulante local. Aquí todo el mundo lo toma. Lo mascan y lo escupen —dijo, llevándose el “betelnut” a la boca, partiéndolo con los dientes y formando una masa con uno de los palitos (raíces de mostaza) que untó en el polvo blanco (cal). Después se acercó a la puerta del bar escupió un salivazo rojo en la acera e inmediatamente comprendí, aliviado, que Papúa Nueva Guinea no era un país en el que los antropófagos se paseaban tranquilamente por las calles sin lavarse los dientes. Yo también probé el “betelnut” y lo cierto es que me sentí mucho más animado, capaz incluso de sobrevivir al terrible Sepik.
Más tarde el francés me explicó que para acceder al río lo mejor era pasar antes por la casa de Ralph, un ex jesuita alemán que había recorrido el río durante 20 años intentando evangelizar a los papús para terminar casándose él con una nativa e instalándose en Wewak. Si lo deseaba Ralph podía encargarse de conseguir un guía, víveres o de contratar la avioneta que volaba hasta Ambunti.
Con toda esa información partí hacia Wewak al día siguiente. Una vez allí no me costó demasiado encontrar, en el propio aeropuerto, a Ralph, un hombre de unos 70 años, alto y desgarbado. Se dirigió a mí y me dijo que podía instalarme en su casa. Ésta, en lo alto de una colina, era una rudimentaria construcción de madera. En la fachada se veían colgadas máscaras de madera, tallas, escudos y, ya en las paredes del interior, lanzas, figuritas, dientes de cocodrilo... Una auténtica "haus-tambaran", las casas de los espíritus que construían en los poblados de Papúa Nueva Guinea en honor de los antepasados. Pero sin duda la pieza estrella de la casa era el baño, y su peculiar sistema de saneamiento. En una pequeña caseta, fuera, bajo una taza incrustada en unas tablas de madera, se veía un gran agujero excavado directamente en la tierra, al fondo del cual se revolvían miles de gusanos que devoraban cuanto les echaran: excrementos, orina, papel higiénico.
Estuve varios días alojado en casa de Ralf, aquejado de un súbito estreñimiento. Los vuelos a Ambunti se suspendían a diario, unas veces, decía Ralf, por problemas técnicos, otras por la climatología… Finalmente descubrí que Ralf me estaba reteniendo, pues cuando decidí buscar por mi propia cuenta un guía en Wewak éste consiguió el billete para la avioneta en sólo unas horas.
Me despedí de Ralf sin rencores. Apenas llegaban ya viajeros al Sepik y el hombre sólo trataba de sobrevivir. Por otra parte, tampoco creo que echara de menos la figurita tallada en madera de ébano y adornada con plumas de ave del paraíso que descolgué de una de sus paredes y metí en mi mochila.
Así pues, acompañado de mi guía, Amos, tomé la avioneta de la MAF, compañía que regentaban las diferentes congregaciones de misioneros que se repartían el cielo, nunca mejor dicho, en Papúa Nueva Guinea. Aquel aparato me pareció un juguetito. Tenía capacidad para cuatro pasajeros y junto a Amos y a mí viajaban un tipo con una camiseta con el rostro de Bin Laden y el piloto, un australiano alto y flacucho que tuvo que colocarse en el asiento de medio lado. Apenas despegamos a nuestros pies aparecieron unas grandes llanuras de color verde y apariencia fértil, en las que sin embargo no se veía ninguna aldea.
—Son pantanos —explicó Amos.
Unos minutos más tarde vimos por primera vez el Sepik, una gran serpiente de color pardo recostada en la hierba y enrollada sobre sí misma. El Sepik era unos de los ríos más caudalosos del mundo y también uno de los más desconocidos. Contaba con más de mil kilómetros navegables —una auténtica autopista de agua— y a sus orillas se asentaban decenas de tribus y clanes diferentes, con sus respectivas culturas e idiomas. La única vía y ruta comercial de que disponían todas esas tribus era el río, y remontarlo era también a veces como remontarse en el tiempo y en la historia.
Por fin, la avioneta aterrizó en Ambunti. El aeropuerto era sólo una pequeña pista de hierba reseca. La avioneta se aproximó tímidamente a ella, la acarició suavemente con las ruedas, se separó un poquito, volvió a rozarla, así hasta colocar las ruedas en tierra e ir poco a poco asentándose. Como cuando intentas besar por primera vez a una chica. Yo en este caso hubiera besado gustosamente al piloto, una vez que tomó definitivamente tierra, pero los australianos de dos metros de altura y patas de alambre nunca han sido mi tipo. Cuando bajamos varias personas se acercaron con intención de descargar nuestro equipaje. Amos les echó el alto e intercambió varias frases en un tono tenso con uno de ellos, un hombre de unos 40 años. Después se giró cabizbajo hacia mí.
—Este hombre dice que tienes que irte con él —me explicó.
— ¿Quién es ese hombre?
—Joseph. El guía.
—Pero Amos, tú también eres un guía ¿no?
Se encogió de hombros.
—A veces —dijo—. Una vez estuve con unos ingleses.
Mientras hablábamos el tal Joseph cogió mi mochila.
—No, déjela. He venido con Amos y me voy con él. Es lo justo —le dije. Supongo que para Joseph lo justo en ese momento hubiera sido clavarme algo más que aquellos ojos —que de todos modos eran como puñales—, pero nos dejó ir. De momento. Amos, todavía algo cabizbajo, me condujo hasta la orilla del río, donde aguardaba una canoa. Haciendo equilibrismo me subí a ella. La lancha se desplazó suavemente. Hacía un calor terrible y resultaba agradable sentir el aire en la cara, hundir las manos en el agua, ver en las orillas la vegetación frondosa… Apenas recorrimos unos metros y la canoa se aproximó a un embarcadero. Varios hombres salieron a recibirnos.
—¿No serán más guías?— le pregunté a Amos.
Él me explicó que era su gente, su aldea, su tribu. Nos internamos en el poblado. Era un lugar bonito, de apariencia idílica, un claro en el bosque con una hierba perfectamente cortada. Sobre el jardín, separadas unas de otras por unos diez metros, se levantaban, sostenidas sobre troncos a un metro del suelo, las casas familiares, grandes chozas de madera y tejados cubiertos por ramas y hojas. Amos me llevó hasta una de ellas. El interior lo formaba una única y gran habitación con varias mosquiteras, un fogón en el centro y candiles, cazuelas y otros enseres desperdigados por el suelo. Observé que, en una esquina, separado por un rudimentario biombo habían extendido sobre el suelo un colchón. Yo estaba agotado y supongo que debí mirar aquel colchón con ojos de ternero degollado, pues Amos me preguntó si deseaba acostarme. Le contesté que sí.
Conseguí dormir durante dos horas, al cabo de las cuales me despertaron algunos gritos.
—¡Tenemos que volver a Ambunti, a la policía! —irrumpió Amos en la choza.
Entre sus manos empuñaba un cuchillo. Amos me hizo salir precipitado de nuevo hacia la lancha, en la que aguardan, armados igualmente con cuchillos, los demás hombres de la aldea. Comencé a ponerme nervioso. En apenas unos segundos regresamos a Ambunti. Nos acercamos a la comisaría, un viejo barracón de madera. En la puerta se encontraba Joseph, acompañado de algunos hombres, igualmente con cuchillos entre las manos. Comprendí que lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea perdida en mitad de la selva era la historia misma de la humanidad. Hombres que intentaban progresar y hombres que intentaban mantener lo que tenían. Luchas por el poder que volvían a esos hombres violentos y los hacían odiarse, matar… Y yo en mitad de todo ello.
Entré junto a Amos y Joseph en la comisaría. Nos recibió un policía con una bonita sonrisa en la que resplandecía un colmillo de oro y pulpas rojas de “betelnut” enredadas entre el resto de dientes que todavía la cal no había corroído. Amos y Joseph dejaron sus cuchillos sobre la mesa, justo junto a un montoncito de documentos sobre los que descansaba a guisa de pisapapeles... ¡una calavera humana!
El comisario hizo varias preguntas, primero a Amos, luego a Joseph. Después redactó un documento y lo colocó ante mí. Yo lo leí varias veces, consulté mi guía de conversación… No me lo podía creer. Nunca había pensado que pudiera sucederme nada semejante. Y mucho menos en una comisaría de policía. Una comisaría de policía en la última frontera del mundo. Aquel documento era una declaración en la que yo afirmaba ser un hombre libre.
—Si está de acuerdo firme —dijo el comisario— ¿Es usted un hombre libre? —reiteró. Menuda preguntita.
—Sí —contesté, porque tampoco era cuestión de ponerse trascendental en una situación como aquella. Después firmé papel. Amos y Joseph se dieron la mano. Y yo, como hombre libre que era, me fui junto con el guía que había elegido.
Tras aquella reunión no hubo más problemas y durante las tres semanas siguientes pude hacer, en completa libertad, las cosas que se hacen habitualmente en el Sepik: cazar cocodrilos, pasar del estreñimiento a la diarrea más feroz, sufrir un terremoto de intensidad 7… Después mi viaje finalizó y tuve que volver a casa, sentirme de nuevo encadenado a horario, prisas, trabajo… Pero sobre todo encadenado a mis recuerdos, los recuerdos de Papua Nueva Guinea, aquel país enigmático, salvaje y contradictorio, en el que todo era posible, y en especial encadenado al recuerdo de aquel día en que proclamé mi libertad. Por supuesto no soy tan ingenuo como para creer que la libertad de un hombre se la otorgue un trozo de papel, pero aquel día me prometí a mí mismo dos cosas: una, que nunca más volvería a echarme la siesta; y dos, que a partir de entonces me conduciría en la vida como si, efectivamente y pese a todo, fuera un hombre libre. Un auténtico “free-man”.