martes 8 de diciembre de 2009

EL HOMBRE GATO (o sobre el afterpop)


Este texto lo escribo con la cara pintada de gato. Podría ser una escena de un libro afterpop, pero yo más bien estoy pensando en Daniel Ruiz García, que se levanta cada día a las cinco de la mañana a escribir sus libros (libros con títulos como Perrera o Chatarra) antes de que sus niños y su mujer se despierten y él tenga que irse a trabajar. El otro día en su blog Daniel escribió una entrada sobre el afterpop, precisamente, con la que estoy bastante de acuerdo; estoy pensando en eso y también en un fragmento del último dietario de Sánchez-Ostiz, Sin tiempo que perder, que reproduzco:

"La autobiografía de Mark Twain es un libro estimulante, por el tono y el aire de la franqueza que respiran esas páginas sobre todo. Todo un modelo de cómo hablar de uno mismo con pocos tapujos y a la vez haciéndolo de asuntos esenciales que conciernen a los lectores y suscitan la complicidad de estos.

Hay un pasaje en el que Twain habla de la reputación literaria, pero no de la superficial, la que se debe al ruido de los críticos, sino de la que se sostiene en lectores de los que no cuentan demasiado en las estadísticas, los desfavorecidos, los sin voz, que han reconocido en esas páginas la voz que no tienen, los recuerdos dormidos, las emociones y pasiones que les son de verdad comunes:
"abajo, en las aguas profundas; una vez favorito allí, siempre favorito; una vez amado, siempre amado; una vez respetado, siempre respetado, honrado y creído. Porque lo que el crítico dice nunca encuentra camino en esas plácidas profundidades, ni las befas de los periódicos, ni un solo soplo de los vientos de la calumnia que soplan arriba". ¿Hay algún escritor que se atreva hoy a buscar esos lectores?"

Es probable que sí, Daniel Ruiz García, por ejemplo, es uno de esos escritores. Lo que sí es cierto es que, por contra, muchos de los libros que se publican hoy parecen escritos para agradar a los críticos, antes que a los lectores; y que incomprensiblemente -o no tanto- son los libros de los que se habla, los que se venden... Que se lean ya es otro asunto. A mí el afterpop, la nocilla y la postpoesía, en general, me dejan más frío que un arenque, sus libros se me caen de las manos a las diez páginas, no entiendo muy bien de qué estan hablando, no soy capaz de comprender algunos conceptos, supongo que por mis propias limitaciones, conceptos como afterpop, ni siquiera sé a qué se refieren cuando hablan de cultura pop (¿cultura popular? ¿popular?)... No sé, a mí me gusta leer libros que, en lugar de hacerme sentir lo listo y lo intelectual que soy, me emocionen, o me hagan partirme la caja, que me corten la respiración, libros que me agarren por el cuello y me arrastren dentro de ellos ... Y cada vez me cuesta más dar con esos libros (ahora que lo pienso, es algo que echo en falta no solo en el afterpop, sino en la mayoría de los libros que se publican).

De todos modos, igual que alguno de esos autores afterpop o nocillas no me desagradan del todo e incluso hay vínculos que me unen a alguno de ellos, tampoco me parece que levantarse a las cinco de la mañana o tener un puticlub debajo de la ventana, como le pasó a Daniel, sean condiciones necesarias para escribir libros apasionados. Solo son circunstancias que me hacen fiarme un poco más.

Por lo demás ¿que por qué llevo la cara pintada de gato? Pregúnteselo a mi hijo.

domingo 6 de diciembre de 2009

VIAJES (XII): ALGUNOS HOMBRES BUENOS (LA HABANA)


Cuando estuve en La Habana escribiendo una guía turística sobre la ciudad, hubo una persona que me ayudó, desinteresadamente, de una manera que nunca sé cómo podré agradecer, y que además, me transmitió su buena estrella todavía mucho tiempo después, cuando escribí una columna con la que de algún modo reconocer ese apoyo. Tras presentar ese texto a un concurso literario conseguí que la rueda de galardones literarios y viajes siguiera girando: esta vez el premio fue una semana en Bangkok.

Esa persona, a la que conocí de un modo casual, tenía un nombre novelesco: Leonardo Depestre Catony, y además de ser el editor de la revista Mar y pesca, había publicado algunos libros, como este que me regaló, Cien famosos en La Habana, e innumerables artículos sobre La Habana y su historia, sus personajes, sus rincones...

Espero, algún día, volver a verle, saber de él... Le estoy muy agradecido y, sobre todo, es difícil encontrarse con hombres buenos como él.


Algunos hombres buenos


Existe una sociedad secreta internacional de hombres y mujeres buenos con los cuales yo a veces he tenido el privilegio de entrar en contacto. La última en La Habana. Fue en las escaleras del Capitolio, mientras esperaba a que escampara una tormenta tropical. Me encontraba enredando en la cámara digital cuando un tipo con aspecto de cobrador de seguros se me acercó. "¿Es usted fotógrafo?" me interrogó. "No, no", contesté, algo borde, pues en aquel momento, precisamente, me encontraba mandando a la papelera todas las fotos en las que le había cortado la cabeza a alguien. "Soy periodista" respondí, lo cual todavía sonó peor, porque en realidad yo solo soy un juntaletras. Pero lo cierto es que me encontraba allá, en La Habana, realizando un trabajo periodístico sobre la ciudad, y así se lo hice saber. "¡Cooooño, colegas!", exclamó Leonardo. Así se llamaba: Leonardo Depestre, y era el editor de "Mar y Pesca". Me temí lo peor, una charla terrible sobre las costumbres sexuales de los camarones, pero resultó que el hombre había escrito decenas de artículos sobre La Habana que generosamente, una vez en la redacción, fue echando a un disket para que hiciera uso de ellos como me diera la gana. También me dijo lo que le pagaban por cada uno de esos artículos. Al día siguiente yo regresé con algunos cuadernos y bolígrafos, y también con un sobre en el que había metido el fajo de pesos que no había conseguido que me admitieran en tiendas y bares. En realidad era una forma de aligerar equipaje. El caso es que Leonardo no solo no aceptó aquel dinero sino que me invitó a pizza y helado. El era un hombre bueno. Y yo... yo siempre he tenido la impresión, cuando los hombres y mujeres buenos, me han admitido entre ellos, de ser sólo un intruso.


martes 1 de diciembre de 2009

NIEVE Y TONTOLABAS


Ayer fue un gran día. Un día de fiesta, pero –en mi casa- solo para mí, mi mujer trabajaba y los niños tenían cole y guardería, respectivamente, así que después de llevarlos en coche a cumplir con sus obligaciones, yo regresé a casa, volví a acostarme, bien abrigado bajo las mantas, puse algunos discos, leí un poco, repasé algunas notas de una novela atascada…Hacía siglos que no tenía un momento así, y por si todo eso fuera poco, de repente al levantar la vista hacia la ventana, vi que había empezado a nevar, los copos caían con fuerza recortados sobre esa luz especial que tienen los días de nieve, y esa fascinación que esta siempre ejerce: ¡Ah, era ciertamente un placer ver esa estampa tumbado en la cama, sin otra obligación que la de estar ahí mirando! Me quedé incluso adormecido y nada fue capaz de arrebatarme el buen sabor de boca que me dejó ese momento. Ni siquiera el tontolaba de Orange -bueno, tontolabas sus jefes, él es un mandado-que me despertó con su voz enlatada y pronunció mal mi apellido y me hizo una oferta que me pareció ridícula y fea y fuera de lugar en una mañana tan perfecta como aquella, una mañana tan rara, en este momento de mi vida, como un gorila albino.

martes 24 de noviembre de 2009

De 'El Muro' (Pink Floyd) a 'La tierra está sorda' (Barricada)



Hace unos días el diario Público traía la película El muro, de Pink Floyd, dirigida por Alan Parker. Compré el periódico y su DVD en la estación de autobuses de Avenida América, en Madrid, recién llegado de Nueva York y me sentó bastante bien oír al kioskero decirme “¿Qué, recordando viejos tiempos?”, entre otras cosas porque en Manhattan no hay problemas si no sabes inglés, te dice todo el mundo, pero yo debí de tener muy mala suerte, todos los que me entraban me hablaban como si tuvieran una manzana en la boca, así que agradecí por fin entender a alguien, y no solo eso, sentirme además en su misma sintonía; pero sobre todo resultó que ese kioskero tenía mucha razón, al cabo de unos días me puse la película, y de repente vinieron a mí algunos de esos recuerdos agazapados, como si tú la pararas al escondite, pero de repente decidieras largarte, cansado a casa, sin decir nada a nadie, y un día, mucho tiempo después de repente te encontraras a tus compañeros de juego todavía escondidos detrás de un árbol, ya con toda la barba, pero la misma mirada inocente y expectante, intacta…

Bien, no nos despistemos, el caso es que me acordé de la primera vez que vi esa película, en el instituto Irubide de la Txantrea, en lo que llamaban “la semana cultural”. Éramos cuarenta o cincuenta adolescentes melenudos y de ceñido pantalón, en una aula, arremolinados alrededor de un televisor y un video, y mirábamos la pantalla boquiabiertos, aquella película extraña, los martillos desfilando, los niños arrojando pupitres (bueno, eso a veces también lo hacíamos nosotros en las huelgas), el rock sinfónico de Pink Floyd como una sesión de hipnosis… No sé si los chavales de ahora mantienen esa capacidad de sorpresa, o todo está ya descubierto –o eso creen ellos- . El caso es que me emocionó rememorar ese momento, y también escuchar la banda sonora, uno de esos discos que por aquel entonces nos aprendíamos de memoria (como el Made in Japan, de Deep Purple), sus solos de guitarra cincelados en el cortex cerebral, las canciones entonadas como oraciones u himnos…

Hacía mucho que no me aprendía ningún disco, ni siquiera ninguna canción como entonces.

Recuerdo que en esa misma semana cultural también vino a darnos una charla Enrique Villareal, El Drogas, de los por entonces algo bisoños Barricada (quizás tendrían publicados Noche de rocanrol y Barrio conflictivo), pero ya apuntando maneras de banda de leyenda, y como Enrique también nos encandiló a todos con su sencillez y su timidez engañosa –sobre el escenario se transformaba en una fiera, y sobre todo era, es, en realidad, un tipo extrovertido, con mucho que contar y ganas de hacerlo, y nosotros de escucharle.

Digo esto porque el último disco de Barricada lo he oído ya unas cuantas veces, como hacía tiempo que no escuchaba discos, como escuchaba El muro, o Eskizofrenia de Eskorbuto, o los cuatro de Leño, o Tokio tapes de Scorpions, y porque lleva todas las trazas de convertirse en uno de esos discos aprendidos de memoria cuando ya creía que eso no pasaba.

Tal vez porque de memoria, y de recuerdos, y olvidos, es precisamente de lo que habla La tierra está sorda. Yo no sé si ellos mismos se han dado cuenta de lo importante que es lo que han hecho y cómo lo han hecho. Da gusto explicar, con humildad, a El Drogas que él descubrió lo sucedido en el fuerte de san Cristóbal, a cuyos pies había vivido, como yo, muchos años, cuando él tenía ya 46; la fuga, los muertos, el frío, el hambre, la humillación, la impunidad… Yo tuve una sensación parecida cuando supe –también muchos años después- que el colegio en el que estudié, los Escolapios de Pamplona, fue centro de detención durante la guerra civil, que requetés y carlistas asesinaron y torturaron a mansalva bajo las mismas paredes en las que a mí me enseñaban a amar al prójimo.

Hoy mismo he oído a una compañera de trabajo decir que ella no tiene ni idea de quienes son los requetés, por cierto. El disco de Barricada, y el libro que lo acompaña, contribuye pues a resarcir todo ese silencio, ese ocultamiento, sin pretensiones eruditas o historicistas, pero hablando a quienes se dirige en el lenguaje que entienden. Ellos, Barricada, de alguna manera, también están derribando el muro.


lunes 23 de noviembre de 2009

"Beethoven, el músico sordo" en la ESO


"Hola, ni nombre es Celia y soy profesora de música en un instituto de Castilla la Mancha y el curso pasado descubrí­ este libro (Beethoven, el músico sordo), me resultó tan atractiva su lectura que ahora lo he puesto como libro de lectura obligatoria para mis alumnos de 1ºy 2º de ESO. La verdad es que siempre acaban su lectura encantados. ¡Enhorabuena!"


No sé si debería, si puedo añadir mucho más a esto. Por cosas así, es por lo que uno encuentra fuerzas para seguir adelante. Habrá a quien decir eso le suene a tópico, allá ellos, que se queden con sus mafias, con sus chanchullos, se escribe para esto, y se escribe por amor al arte, no a la subvención o la palmadita del poderoso en la espalda, a la foto en el periódico, a la tajada de un pastel, mientras a ti te estrellan la tuya en la cara (flipado, me quedo estos días, que ando armando un proyecto, una antología y algunas estrellitas, cuando les invitas a participar las primera palabras que te espetan son "quiero mi parte")...

A mí, desde luego, esto, el mensaje de esta profesora, y que los chavales se queden encantados (a pesar de ser una lectura "obligatoria") me satisface mucho más que, por ejemplo, una reseña paniaguada en un suplemento (que por otra parte no ha habido, nunca las hay, lo que, a mi entender, le da más valor a que hayan dado con mi libro), o que el adelanto de 600 euros que recibí por "Beethoven" y que probablemente sea el único dinero que me reporte.

Muchas gracias, Celia, pues, por tu mensaje. De todo corazón.

domingo 22 de noviembre de 2009

DIOS NUNCA REZA



Este otro libro, Dios nunca reza, tendrá que esperar un poco a ser publicado si no quiero complicarme la vida. Es un diario que escribí el año pasado, durante una mudanza y el embarazo (de mi mujer) de mi hija Malen. Pero ahí va el arranque y de vez en cuando subiré algún que otro fragmento.


Martes, 17 de junio de 2008

Suelo cruzarme con él algunas mañanas, al llevar a mi hijo a la ikastola. Es un hombre de unos cincuenta años -aunque quizás solo tenga 35- con el cabello cubierto de ceniza y el rostro renegrido, quemado por las llamas de algún infierno del que ha conseguido huir a mordiscos, dejándose varios dientes en la refriega. Anda encorvado, con el lomo doblado por -imagino- cientos de noches durmiendo en portales, cajeros, parques, por todo el alcohol trasegado como un veneno, por el peso de demasiados errores y golpes en su vida. Pero también lleva agarrados, cada uno de una de sus manos, al colegio a sus dos hijos, y estos son, sin duda, los dos ángeles que le han traído de regreso.
A su lado, parece un hombre redimido, un padre responsable y cariñoso. Pero, a la vez, todavía sigue pareciendo un vagabundo. Tal vez, por la expresión atormentada de su rostro o por su mirada, esos ojos desde cuyo fondo amarillo parece emerger un cadáver descomponiéndose lentamente.No sé por qué he decidido empezar este diario escribiendo sobre él. Supongo que de lo que se trata es simplemente del traje que lleva, ese traje que le viene grande y dentro del que aparenta sentirse extraño e incómodo. Igual que yo. La hipoteca que voy a firmar, la mudanza, mi trabajo que aborrezco, la compra en el centro comercial (y la cena del niño en el Burger King), los libros que se amontonan sin leer, los discos que ya no escucho, los seis meses que llevo sin hacer el amor con mi mujer embarazada... Ese es el traje que yo llevo puesto desde hace algún tiempo y con el que también me veo a mí mismo ridículo y derrotado. No sé si es lo que llaman la crisis de los 40. Espero que no. Yo todavía solo tengo -dentro de unos días voy a cumplir- 39.

BUSCO EDITOR (Y UN PAR DE NOTICIAS)


Ahora, desde hace unos días, me siento como uno de esos comerciales a puerta fría. Tengo una novela que quiero publicar y, toc, toc, ando intentando convencer a alguna editorial (escribiendoles emails, o enviando copias del libro -como piden algunos, a veces creo que como maniobra disuasoria-) . Otros, me cierran la puerta en las narices, con más o menos buenos modos (y yo no tengo esa habilidad para meter el pie); hay quienes miran por la mirilla y al verme se retiran de puntillas, como si no hubiera nadie; algunos dicen vuelva usted otro día, quién sabe... Es un tarea desagradable, deprimente... Antes, solía guardar las notas de rechazo de las editoriales, para pasarselas por el morro el día que alguno de mis libros se convirtiera en un éxito. Ya no, pero eso no quiere decir que haya perdido la esperanza. Mi novela, amigo editor, puede convertirse en un fenómeno, si usted se arriesga un poco (es algo bruta y bastante guarra).


Por lo demás, para postularme con un poco más de garra, o de gancho, un par de noticias más o menos buenas: Octavio Gómez Milian incluye Ajuste de cuentos entre los diez mejores libros editados en Aragón en 2009 (por autores no aragoneses, eso sí); y mi microrrelato "El escenario del crimen " fue seleccionado entre los 150 finalistas entre los más de 3500 que se presentaron al concurso de microrrelatos del "Museo de la palabra", el certamen mejor pagado en España (por palabra). Los 7.000 euracos se los llevó otro cuento, eso sí, pero el mío aparecerá, o eso dicen las bases en el libro que se editará con los 150 que pasaron la criba.


Enfin, uno se anima el día como puede.

domingo 15 de noviembre de 2009

UNA HABITACIÓN SIN VISTAS


Tengo una colaboración mensual llamada Mi papá me mima, desde hace más de tres años, en una revista de bebés, Guía del niño, y en ella voy narrando las cosillas de mis hijos, H y M. Son cosas como esta:


UNA HABITACIÓN SIN VISTAS



—Si alguna vez tengo un hijo, su cuarto nunca será como este—me decía hace muuuuuchos años, cuando todavía era un crápula que observaba con preocupación cómo a todos mis amigos les daba por reproducirse y, en lugar de invitarme los domingos a sus casas para curarnos la resaca con cerveza y discos de rocanrol, ponían videos de “primeras veces”: el primer eructito del niño, su primera papilla, el primer cambio de pañal de papá… A ellos todo aquello les parecía muy emotivo, pero no era lo más apropiado para el estómago de un trasnochador, así que siempre llegaba un momento en el que muy educadamente yo decía: —Voy a cambiar de agua al canario—, y salía al pasillo, donde a menudo acababa confundiendo la puerta del baño con la del cuarto de los horrores, uy, perdón, quiero decir con la habitación del niño.
—¿Estará dormido o es que no se atreve a abrir los ojos?— me preguntaba entonces alarmado, acercándome a la cuna, porque no me explicaba cómo la pobre criatura podía conciliar el sueño con todos aquellos peluches mirándole fijamente desde las estanterías — que más bien parecían las gradas del fondo sur de un estadio de fútbol—.
Yo, al menos, cuando volvía a casa tenía pesadillas en las que veía al monstruo de las galletas comiéndose a bocados mis discos preferidos. Y era entonces, al despertar, cuando me juraba muy digno que no, que si alguna vez tenía un hijo, su habitación sería de estilo minimalista, y que juguetes los justos, “porque luego los niños se vuelven caprichosos y no saben valorar lo que cuestan las cosas”.
¡Qué inocente era! Pensaba que los domingos iban a ser siempre ese día de la semana en que podías dormir hasta las tres del mediodía. Pero después llegó mi hijo H, y así supe que del mismo modo que los niños no distinguen los días de labor de los de fiesta, los padres de los niños no pintan demasiado en sus habitaciones, y estas se van convirtiendo casi sin que uno se de cuenta en pequeños almacenes, en los que se amontonan todos los juguetes con los que tíos, abuelos y amigos dejan constancia material de lo mucho que quieren a tu niño y de lo poco que saben los metros cuadrados que tiene tu piso. Malen y yo, de todos modos, tenemos suerte, le hemos enseñado a H a aparcar en batería sus correpasillos, bicis, minimotos, etc, y así justo delante de la ventana, queda un hueco en el que hemos podido apilar unas cajas en las que guardamos la mayoría de los trastos. Aunque también ayuda mucho que en realidad con lo que a H le gusta jugar es con un palito que el otro día cogió en el parque —bueno, él dice que es una varita mágica— y con el que consigue que todos los juguetes del mundo quepan en su cuarto.

sábado 14 de noviembre de 2009

REIVINDICACIÓN DE RAMONCÍN (O "EL CAPACICO DE LAS HOSTIAS")



Eso sí que no. Una cosa es que Ramoncín se haya convertido en el muñeco del pimpampúm para el 90% de la población, y otra que eso de derecho a la gente a mentir e inventarse cuanto le venga gana. Será que el odio colectivo ciega a la peña, pero te pones a leer los comentarios sobre las noticias en las que se menciona al que fuera el rey del pollo frito, y parece que este no ha llenado, por ejemplo, nunca el pabellón Anaitasuna -en Pamplona- con una multitud a sus pies coreando su nombre -Ramontxo, Ramontxo, y el otro agitando una ikurriña- ni que nadie ha cantado nunca a grito pelado nunca sus "Litros de alcohol, corren por mis venas, mujer"... Aquí hay un episodio de amnesia colectiva, o de mala fe, o de ignorancia supina, pero Ramoncín es un pedazo importante de la historia del rocanrol en castellano, y que lo niegue cualquiera que haya escuchado "Muerte en Putney Bridge", o "Como un susurro" o "Ángel de Cuero" o "El Chuli", así podemos seguir y no parar...

Después está (y para mí eso, al lado de cualquiera de sus discos, al menos hasta el Ramoncinco, tiene muchísima menos importancia), la imagen pública que él se haya forjado, o le haya forjado el imaginario popular, que se esté más o menos de acuerdo con algunos usos y abusos de la SGAE (colarse en bodas, por ejemplo), asociación por la que él ha dado la cara (o más bien, da la impresión de que lo han puesto al frente para que se la partan, que es lo que creo que ha hecho siempre, por otra parte, Ramoncín: cuando se la pintaba, en los albores del punk patrio, o cuando se operó una nariz que era un icono, o cuando fue jurado de un programa -OT- contra el que había firmado un manifiesto).

Yo he sentido siempre debilidad por Ramoncín, lo reconozco, por su música, en primer término, pero también por ser o dar la impresión de ser un hombre-hecho- a-sí mismo, un chaval de barrio que se merienda el mundo, sin complejos, hasta con chulería, porque puede, porque sabe hacerlo, por su pico de oro, por todo lo que ha tenido que ver y oír, jugando al billar, por ejemplo en La Bodeguilla, o en los camerinos de Crónicas marcianas... Ramoncín es, ahora que lo pienso, un pedazo no solo de la historia del rocanrol en España sino de la Historia reciente, sin apellidos (la democracia, la Transición, todo ese cuento). Me encantaría escribir una biografía sobre él. Me fascina. Y estoy seguro de que hay muchos más que piensan algo parecido, que le guardan la fidelidad que se debe a aquellos que han compuesto parte de la Banda Sonora de tu vida, pero callan como perros porque es lo que hay: Ramoncín es hoy el muñeco del vudú colectivo, el capacico de las hostias, y ponerse de su parte te convierte a ti también de algún modo en lo mismo.

Por lo demás -esto sería muy largo de contar, y entraríamos en muchas contradicciones: ¿quién no se ha descargado alguna vez un disco? Yo creo que hasta Ramoncín-, yo decía, estoy a favor de la cultura libre, por supuesto. Y de la vivienda libre, y de la alimentación libre, y ya puestos me gustaría ver a tanta gente como la que descarga/mos discos pegando patadas en las puertas de viviendas desocupadas, o llenando los carros en El Corte Inglés y pasando por las cajas sin pagar y, sobre todo, reventando los bancos y llevándose el dinero a espuertas.

Pero como eso no va a pasar, me conformo con que alguno de esos que escriben en los foros o en los comentarios de los periódicos digitales cosas como "Pero este Ramoncín, ¿de donde ha salido?", se baje "Barriobajero", o "Corta" o "Arañando la ciudad", y que después diga lo que tenga que decir, con conocimiento de causa (y un poco de buen rocanrol en el cuerpo).

jueves 12 de noviembre de 2009

Estoy en El Mundo (o El trabajo os hará libros)


Ilustración de Kalvellido para Los hermanos Dosenuno, uno de los cuentos curriquis

Hoy he leído sorprendido que hablaban de mí en las páginas de Cultura de El Mundo, en un artículo que se titula “La verdad os hará libros” (el título por cierto ha provocado unos cuantos comentarios, absurdos en mi opinión). Bueno, hablaban de mí y de tres autores más, a propósito del mundo del trabajo y los libros, la literatura curriqui–de la que me nombran el máximo representante en España, qué responsabilidad- …-

Uno de los otros autores era David Benedicte, y eso aún me ha sorprendido más. Yo no creo en la conjunción de los astros ni en apariciones marianas ni en la serindipia como motor del mundo, pero lo cierto es que esta misma semana David Benedicte me envió un PDF con su nuevo libro, Biblia ilustrada para becarios, y que esta misma mañana he subido uno de sus poemas a Hank over. Hacía, por lo demás, mucho que no nos escribíamos. Bueno, yo de él sabía algo porque suelo leer los artículos y entrevistas que hace desde su caballo de Troya en XL Semanal, el semanario de mayor tirada en España, y en el que ya ha hecho atravesar la muralla una reseña de Ajuste de cuentos y otra de Resaca. David Benedicte era vecino de papel habitual en fanzines allá por los años 90 (Mono Gráfico y otros), y ya por entonces, sin conocernos, la casualidad, o mejor dicho el escritor Oscar Sipán nos convirtió en compañeros y protagonistas de un cuento (que intentaré rescatar y colgar aquí).

En fin. El caso es que el artículo de El Mundo mola, aunque intuyo que han tirado de Google y he aparecido yo, hablando sobre la literatura curriqui en este mismo blog sobre la charla que di en la biblioteca de San Jorge el mes pasado. De aquel bolo salí con esa desolación que nos abate a los que nos dedicamos a esto cuando el auditorio los componen cinco personas. Pero nunca se sabe, con que una de esas cinco se convierta en lector tuyo está más que bien el tiempo empleado. Y después, a veces, pasan cosas como estas, dejas pistas, ecos que llevan hasta ti por caminos extraños. Bienvenido sea, en todo caso, el artículo y gracias a su autor o autora , que no sé quién es, no veo su firma por ningún lado, acaso porque ha tenido la osadía de colocar la portada de un libro de Txalaparta (Ciudad retrete) en las mismísimas páginas de El Mundo. Os dejo con “La verdad os hará libros!". Y si alguien le parece fuerte verme en El mundo, desde ya le aviso que un día de estos voy a escribir una reivindicación de Ramoncín (del Ramoncín cantante, por lo menos):

COMPROMISO Literatura ante la crisis
¡El trabajo os hará 'libros'!

Un puñado de autores desconocidos toma partido frente a la crisis y el paro
Poesía, relatos cortos y teatro para la llamada literatura 'curriqui'

elmundo.es Madrid

Paro, recesión, crisis de valores, empresas en quiebra... Páginas y páginas en los periódicos para describir la cruda realidad, pero aún están en blanco las de la literatura. ¿Son ciertas las críticas que acusan a los intelectuales de estar adormecidos ante la mayor crisis del capitalismo desde el crash del 29? Sí. Es más, no abundan los escritores que toman partido contra la crisis y el paro.
¿Dónde se esconde el Émile Zola que escriba el 'Germinal' de esta época? ¿Qué Charles Bukowski entregará a su editor 'El cartero' o el 'Factótum' de la nueva era? Ninguno. De hecho, son incontables las librerías que debe uno patear si lo que quiere es separar el grano de la paja. O sea, si no está dispuesto a aceptar que las dos o tres novelas 'tardomarxistas' de Belén Gopegui o 'Atlas de geografía humana', de Almudena Grandes, son los únicos reflejos que la literatura ha hecho del mundo laboral en España.

Ninguno de ellos es conocido, pero estos escritores han decidido coger el toro del desempleo por los cuernos y, de momento, no necesitan subvenciones para sobrevivir. En esta particular nómina de autores 'proletas' se encuentra David Benedicte, escritor madrileño que, después de ganar hace algunos años el Premio Francisco Umbral de novela, acaba de presentar ahora su primer poemario: 'Biblia ilustrada para becarios', publicado por la editorial Islavaria.

Se trata de un conjunto de poemas de temática laboral que el autor ambienta entre los barracones del campo de concentración de Sachsenhausen, lo que le sirve para efectuar una rotunda parábola sobre los 'horrores' de la precariedad, los ERE y el paro actuales.

El humor negro, el tono esperpéntico y la ironía más atroz recorren la espina dorsal de esta 'Biblia ilustrada para becarios' con versos del tipo: "Somos demasiado numerosos los sintrabajo como para contarnos. Motivo por el cual atravesamos el amplio arco de esta oficina de empleo estrechamente apiñados. Como un único cuerpo que ha caído muy bajo y tristes al caminar nos consolamos".

¿Qué es la literatura obrera?
Patxi Irurzun, el segundo 'paleta' en incorporarse a esta cuadrilla especial de escritores 'no al uso', nos lleva de la poesía al relato corto. Este escritor pamplonés es el máximo responsable en nuestro país de la llamada literatura 'curriqui' o "literatura sobre el desempleo, la otra cara de la moneda", según matiza Irurzun.

No en vano el autor ha facturado, entre otros muchos de una variada producción, sendos libros sobre el tema: 'Ciudad retrete' y 'Ajuste de cuentos', ambientados ambos en la fábrica de tazas de baño de Jamerdana Pozal, S.A.

"No sé muy bien en realidad qué es la literatura obrera -confiesa en su web Irurzun-. ¿La que escriben los obreros cuando no están en la cadena de producción? Y si estos escriben, no sé, libros en los que los personajes llevan un fular con cuadros y beben martinis con aceituna en la cubierta de un yate, ¿eso es también literatura obrera? ¿Lo es cuando los protagonistas son trabajadores altamente concienciados con su clase proletaria, o embrutecidos por el alcohol, o explotados en turnos de 12 horas, pero a los que ha mirado como a bichos por un microscopio escritores que no han cogido en su vida un martillo, ni siquiera de caramelo? Es complicado".

El tercero en concordia viaja, mientras escribe, a bordo de un taxi. Y lo más curioso del caso es que lo conduce él. Su nombre: Daniel Díaz, alias 'Simpulso'. Escritor y taxista a tiempo completo, este autor que 'currela' a pie de asfalto ha trasladado las historias que cada día publica en su 'blog' a las páginas de un libro: 'Nilibreniocupado', publicado por Editores Policarbonados.
Nuestro cuarto 'jornalero' de la letra reparte sus horas extra entre la poesía y el teatro. Se llama Carlos Contreras Elvira, burgalés, cosecha del 80, y ha ganado el XI Premio de Teatro Arte Joven de la Comunicad de Madrid con 'Orikata', actualísima obra coral (26 personajes) que transcurre entre las paredes de un locutorio. Ha sido publicada por Ñaque Editora y se representará en breve.

Ni son todos los que están, ni están todos los que son, pero basten los cuatro casos como ejemplo para tener en cuenta que, afortunadamente, en materia literaria, todavía quedan algunos autores que se lo 'curran'.

domingo 8 de noviembre de 2009

NO SOY UN ASESINO.


Cada vez que escribo un poema -o mejor dicho, cuando lo muestro- siento que de alguna manera me expongo, que me quedo desnudo y algo desvalido, es algo que no me sucede con la narrativa, al contrario, los cuentos, las novelas, pueden servir para protegerme, me sirven como una armadura, o un arma directamente, y también puedo despojarme de todo con ellos, quedarme desnudo, pero no siento pudor; creo que en el fondo se trata de una cuestión técnica, no me considero un poeta, ni creo que tenga habilidades para serlo. Aún y todo, muy de vez en cuando me da la vena, a veces, como en este caso son ideas, historias, que me rondan y a las que no consigo dar escape a través de la narrativa.

Sobre "el tema vasco" quería escribir, llevaba mucho tiempo intentando escribir algo que me ayudara a comprender qué puede llevar a alguien a disparar fríamente a otra persona; cuáles son los mecanismos mentales para desprogramar algunos de nuestros códigos más humanos(el respeto por la vida; claro que la propia violencia también puede que sea uno de esos códigos). Enfin, no me apetecía escribir lo que está ya escrito mil veces y no aporta nada, no sirve para solucionar nada -muchas veces al contrario-, y un día leyendo en algún blog, lamentablemente no recuerdo bien cuál, sobre literatura y conflicto vasco, me pareció interesante algo que alguien planteaba: que a él lo que realmente le gustaría leer es qué hace un terrorista después de asesinar, seguir sus pasos, verlo escuchar la noticia en televisión, volver a su casa... Probablemente tampoco sirva ni aporte nada para acabar con esta desgracia, pero desde luego no es la perspectiva habitual y desde luego siempre ayuda a comprender mejor las cosas mirar desde otros ángulos, desde ángulos muertos. Con esa intención escribí este poema, que al final creo que puede aplicarse no solo al conflicto vasco, sino a la violencia en general. A ver qué os parece.


No soy un asesino

Intento no pensar en ello
pero la muerte permanece
agazapada
en todo lo que está vivo

En los pájaros posados en la carretera
que huyen del sudario de nieve sobre campos de trigo
que ya no se convertirán en pan
y en el hombre al que mataré hoy,
día de nochebuena.

Matar a un hombre,
no es tan diferente a matar un pájaro
golpeándolo con el coche
si uno deja que sea la rabia quien lo conduzca.

No soy un asesino,
me digo,
un disparo es solo un golpe al otro lado del cristal
que nos separa

Intento no pensar en ello,
en los ojos de la gente que me miran
cuando bajo del coche,
esos ojos que no me ven,
que solo ven
a otro hombre como ellos…

Hasta que saco la pistola
y me cubro con el pasamontañas.

Ahora todo cambia de repente
pero ni siquiera ahora
soy un asesino,
me digo,
y también
que no me importa lo que piensen los demás
ni lo que escriban mañana en los periódicos,
no soy un asesino,
me repito,
y entro decidido al bar.

El hombre que voy a matar
es el último que se vuelve hacia mí
Parece como si supiera que
algún día llegaría este día.

Lo veo apurar su vaso de vino
rojo como sangre espesa
y miro sus manos
esas manos con que retuerce los testículos
de los detenidos
las mismas manos con las que
algunas noches
acaricia
a su perro,
a su mujer,
a sus hijos…

Intento no pensar, tampoco, en ello,
solo en que alguien debe hacerlo,
alguien debe matarlos a ellos
para que nosotros
sigamos vivos

Después el hombre me mira a los ojos
y durante un segundo
me veo a mí mismo al otro lado del cristal

El hombre que voy a matar y yo
somos los únicos en este bar
que entendemos lo que va a suceder

Matar a un hombre no es tan complicado
sobre todo cuando ese hombre
sabe que merece morir.

Así que levanto el arma,
apunto a su cabeza
y disparo dos veces
¡BUM, BUM!

No tengo miedo,
ni siento que he roto ningún principio sagrado
no me impresiona oír los gritos a mi alrededor
ni verlo a él desplomarse
todos los días mueren miles de personas
y a nadie le importa
ni los periódicos escriben sobre ellas

La muerte es ley de vida,
permanece
agazapada
en todo lo que está vivo

Y yo ahora solo siento alivio,
y satisfacción por haber cumplido
rápido y sin dudar
mi trabajo

Alguien debe hacerlo
alguien debe matarlos a ellos
para que nosotros sigamos vivos
me digo,
y salgo a la calle con el rostro cubierto
y la pistola humeante
-como el vaho de mi propia respiración-
todavía en la mano.

Lo hago por precaución
para que no me reconozcan
y a la vez para que lo hagan,
para que sepan
que estoy por encima de las leyes
impuestas por el enemigo.

Para que tengan miedo de mí
y se lo pierdan a ellos.

Fuera, el coche espera con el motor encendido
como un animal nervioso y salvaje
y arranca dando mordiscos a aceras y bocacalles
hasta que la víctima queda atrás
y el único rastro de sangre
es el sabor de dos corazones,
entre los dientes

Después,
poco a poco,
también quedan atrás
los gritos,
el eco de los disparos,

BUM


bum

y el leve estertor del hombre al que he matado
huyendo de su boca
como un pequeño pájaro,

como uno de los pájaros asustados
que vuelvo a atropellar con el coche
mientras conduzco,

mientras me alejo

mientras vuelvo a convertirme
en un hombre como los demás
y por un momento siento que esta noche
del día de nochebuena
lo que realmente me gustaría,
es estar en mi casa
(en lugar de encerrado y
solo
en un piso franco)
y acariciar
a mi perro,
a mi mujer,
a los hijos
que no tengo…

Pero intento no pensar demasiado en ello.

No soy un asesino,
me digo,
y por la ventanilla
veo extenderse
a mi alrededor
un sudario de nieve
y silencio.

miércoles 4 de noviembre de 2009

CORAZÓN VIAJERO

Unas primas lejanas de mi Dockers


Bien, bien, esto es como lo de los zapatistas, hay que taparse la cara para que alguien te mire a ella, desparecer para hacerse visible… En serio, muchas gracias a todos los que habéis dejado comentarios o me habéis escrito o invitado a participar en vuestra revistas durante estos días, es algo ciertamente nutritivo y reconfortante (y eso que solo me he ido unos días de turista). Hablando de turismo y viajes, a modo de coda a la anterior entrada va esta cortita solo para añadir que al volver de Nueva York decidí jubilar una maleta que me ha acompañado por medio mundo y de la que voy a hacer publicidad – era marca Dockers- porque, sencilla y sinceramente, lo ha aguantado todo, kilómetros de polvo por caminos de Papúa Nueva Guinea o Chiapas, vapuleos de agentes de aduanas y mozos de aeropuerto, vasos de mojito y ron cubano derramados sobre ella, la arena de las playas navarras (o sea, Zarauz, Lekeitio, Hondarribia…), el olor como una segunda piel de basureros y más de una vez –quizás eso haya sido la peor- el peso de mi cabeza sobre ella, mientras echaba alguna cabezadita o dormía la mona.
Y eso que la cosa empezó mal, la maleta o mochila con ruedas, más bien, tenía una especie de clon de la mitad de tamaño que se unía a ella por una cremallera, y el día de su estreno las siamesas se desgajaron nada más echármelas al hombro. Pero luego cada una siguió su propio camino, la más pequeña hoy la utiliza mi hijo Hugo para guardar sus Clics de Famobil, que ahora son de Playmobil, y la mayor aguantó como una campeona hasta el otro día en que, de regreso de la gran manzana, viéndola hecha una piltrafilla, decidí, no sin pensármelo una y dos veces, bajarla a la basura.
Como la maleta no entraba en ningún contenedor la dejé apoyada en uno de ellos, y subí a por una segunda tanda de basura –hay que ver la cantidad de mierda que generamos- y cuando volví, me puse tontorrón y quise echarle un último vistazo, pero ¡había desaparecido! Miré a mi alrededor y vi entonces un camión de “Remar”, en cuya parte trasera estaba mi Dockers, de pie, mirándome orgullosa, dispuesta a continuar recorriendo mundo. Eso es lo que se llama tener corazón viajero. Y yo me alegré por ella. ¡Buen viaje, compañera, y larga vida!

lunes 2 de noviembre de 2009

CONSERVA LA CHISPA

Las diez o doce personas que, con suerte, siguen este blog, habrán observado que lleva varios días sin actualizarse. Bueno, tengo una excusa, una boda –la mía- y un viaje en el que a pesar de llevarme el portátil no tuve ganas ni tiempo de contar mis andanzas por Nueva York, que por lo demás fueron de los más comunes, no voy a decir que descubrí tal o cual garito superenrollado, ni que encontré en alguna librería auténticas rarezas ni nada por el estilo, esta vez no fui un viajero sino un turista, una diferencia que a veces se marca para separar al que es guay y al que no, al borrego, al miembro de la masa... no, para mí lo guay esta vez fue provocarme una tortículis por Times Square, ir a una misa góspel (donde, de todos modos, una parroquiana, la más barullas de la iglesia metodista, se empeñó en convertirme a su fe, agarrándome de la mano, invitándome a vocear con ella aleluyas y amenes, etc… qué mal lo pasé, qué calores, y qué ataques de risa contenidos, que son los peores), hacer un picnic en Central Park, etc. Lo más alternativo y canalla en que incurrí fue sacarme una foto en el Hotel Chelsea, ir a un concierto de Leonard Cohen, que era un señor de un tamaño de un click de Famobil allá abajo en el escenario, sacarme otra foto debajo de los pantalones de Janis Joplin en el Hard Rock Café (para cerrar el círculo, por eso de que Janis Joplin se la chupó a Leonard Cohen en el Hotel Chelsea)... y visitar Coney Island y su museo friki (y acordarme de mi broder Vicente Muñoz, que la habría gozado allá), además de alojarme en Queens, que es un barrio multirracial, que se dice… Bueno, también estuve en una librería llamada Revolution Books, en la que tenían libros en español (muchos de ellos de una editorial en la que he publicado, Txalaparta) y de la que salí escopeteado cuando la dueña intentó, también, convertirme a su fe, venderme con una insistencia algo molesta el nuevo manifiesto del partido comunista americano, lo cual –darme a la fuga- no me sirvió de mucho porque a la vuelta en el aeropuerto me hicieron una inspección de aduanas “special”, tuve que descalzarme, ver cómo frotaban un algodón en mis botas y mi mochila, en plan CSI, vaciar mis bolsillos, ser manoseado, todo ello mientras el resto de pasajeros pasaban sin problemas y me miraban, dentro de una cabina, como si fuera un mujaidín sin demasiado apego a la vida, o una mula humana, o la reencarnación de Trostki. Por lo demás, como digo, fui a un musical (El fantasma de la ópera, y confieso que eché una lagrimita con el atormentado y enamoradizo hombre de la cara quemada, aunque no entendí un pijo de lo que decía), a un partido de la NBA (en el que había animadoras normales, bueno, con curvas y melena rubia y eso, y otros saltarines infantiles y de la tercera edad), a comerme un sándwich Woody Allen en el Carnegie Deli y a la estatua de la libertad, y al Empire, qué hostias, han sido unos días maravillosos, una burbuja, un paréntesis, en el trabajo, con los niños, y también para la cosa literaria… Después, al volver, además de encontrarme a una niña que era un bebé cuando me fui y que ahora anda, va a donde quiere, se ha convertido en una personita, me he dado cuenta de que no pasa nada si uno deja el blog unos días en pause, a nadie le importa demasiado, lo cual me parece normal, pero es un poco desesperante, como lo es comprobar que tampoco pasa nada sin uno se desengancha de los blogs que suele visitar, el mundo sigue girando y además la distancia a la que te lleva te hace plantearte ciertas cosas, la endogamia de los blogs de la que hablé hace unos días, el valorar si merece la pena dedicarles un tiempo que podrías emplear en algo de más provecho, escribir una esas novelas que tienes paradas, por ejemplo, aunque bien mirado, tampoco esto compensa demasiado, ahí están los datos de las ventas de tus libros, con todo eso uno hasta se plantea tirar la toalla, pero se pasa pronto, sabes que nunca lo harás, porque no puedes, porque lo necesitas (y de hecho aquí estoy, escribiendo de nuevo en el blog), y porque ahí está el viejo Bukowski, en un documental, diciendo cómo, cuando todo le iba mal y también pensaba en abandonar, guardaba una chispa, que no permitía que le arrebataran, para avivar el fuego cuando fuera necesario, cuando volvieran las ganas de calentarse, o de tener un poco de luz, o de quemar todo; Bukowski, al que por cierto, redescubro en Fragmentos de un cuaderno manchado de vino; creo que si leyera ese libro con quince años, no me hubiera enganchado a Buk, como lo hice, hay otro Bukowski, un Bukowski que me viene bien a mis cuarenta tacos, un escritor que se aleja del estereotipo de tipo duro que él mismo forjó para sobrevivir, Bukowski, cabronazo, tenías más ases en la mangas, gracias por las trampas, siempre estás ahí cuando te necesito…En fin, la rentré me ha salido algo aturullada y caótica, disculpadme, mis diez o doce, con suerte, amigos, solo era una señal de humo, una llamada perdida, un s.o.s doméstico… para comunicaros que el fuego sigue vivo, y que habrá que volver a atizarlo, ya veremos cómo.

jueves 15 de octubre de 2009

KIRMEN URIBE Y LOS POETAS PIRATAS


Tengo una novela de aventuras, una novela de piratas, varada en una playa salvaje, a la que solo se llega después de abordar la nave enemiga y robarles el tesoro del tiempo. Algún día me echaré al monte o al mar y la escribiré, como se merece. Mientras tanto la imagino, y oigo a mi protagonista, un músico bucanero, cantar las canciones que les prestan otros poetas piratas. Kirmen Uribe, ahora en pleno abordaje, fue el primero de ellos (y en la tripulación espero enrolar a otros, como mi camarada Vicente Muñoz y sus Canciones de la gran deriva), Kirmen, decía, me cedió en su día, hace ya dos o tres años, uno de sus poemas, para poner la música a esa novela agazapada. Ahí va:


Ez eman hautatzeko
Itsasoa eta Lehorraren artean.
Gustura bizi naiz itsaslabarrean,
Haizeak mugitzen duen zinta beltz honetan,
Gizandi errata bati eroritako ile luze honetan

Itsasoarena maite dut batez ere bihotza.
Inozoa, haur handi batena bezain
Orain temoso, orain ezinezko pisaiak
marrazten.
Lehorrarena berriz
Esku handi horiek ditut gogokoen

Ez eman hautatzeko
Itsasoa eta Lehorraren artean
Badakit hari fin bat dela nire bizilekua,
Baina Itsasoarekin bakarrik galduko nintzateke,
Lehorrarekin ito.

Ez eman hautatzeko. Hemen geratuko naiz.
Olatu berde eta mendi urdinaren artean.[1]





[1] No puedo elegir/entre el Mar y la Tierra/Vivo feliz en la línea que las une/En esa cinta negra que mueve el viento/En este largo cabello de un gigante desorientado/ Del Mar me gusta sobre todo su corazón de niño grande/A veces rabioso, a veces capaz de dibujar/paisajes imposibles/De la tierra, sus manos/ No puedo elegir/entre el Mar y la Tierra/Sé que mi lugar es un hilo fino/pero en el mar me perdería/y en la Tierra me ahogo/No puedo elegir/Me quedo aquí/Entre olas verdes y montañas azules

A CHANKETE LE OLÍA EL ALIENTO



Aquí va la crítica que hace Kebran, comedor compulsivo de libros, activista poético, Kebran, el del corazón icombustible, al comic que mi amigo del alma Kalvellido y yo publicamos hace unos años.
Tremendo. Espectacular. Rompedor. Este cómic es la caña. Historias de Patxi Irurzun dibujadas por Kalvellido. Ironía fina, mucha mala ostia. Y un trabajo muy duro detrás de todo esto. Lo pillé directamente en la web de Kalvellido. Y no pude leerlo hasta ahora. Pero te aseguro que es de lo mejor que he hecho. Es muy divertido, cómo antes puse, un proyecto con alma, corazón y muchos huevos. Así que ya te está moviendo y te haces con él.

miércoles 14 de octubre de 2009

ÉL LADRÓN (DE LIBROS) ACCIDENTAL


Hoy he robado un libro... sin querer. No voy a decir en qué librería ha sido para que me dejen volver. Pero juro que ha sido sin darme cuenta. La cosa es que me he puesto a mirar algunas cosillas, libros de bolsillos, me ha tentado mucho El lado oscuro del amor, de Rafik Schami, que es un tocho considerable pero en edición rústica se quedaba en la mitad de precio, y El nido de la serpiente de Pedro Juan Gutiérrez, que ya lo leí, de la biblioteca, pero por seis euros me lo podía permitir en propiedad, y El ladrón de chicles, de Douglas Coupland, también de bolsillo... Y ahí andaba yo, ¿será mucha pasta?, puf, lo dejo, venga que no, joder,ese dinero te lo gastas cualquier día en chorradas, bueno, cualquier día, no y en chorradas, tampoco, la cosa no está para tirar, cohetes, lo dejo, total que me salgo sin los libros de la librería -o eso creía yo- y cuando llevo ya recorridos unos quinientos metros, noto que llevo en la mano algo que antes no estaba ahí (creo que no me he dado cuenta antes porque suelo portar a menudo libros, uno no sabe cuando la vida le dará un respiro, uno de esos tiempos muertos, en el autobús, las colas, etc. para leer unas líneas). Es El nido de la serpiente, ya puestos podía haber sido uno que no hubiera leído (El ladrón de chicles, por ejemplo, pegaba mucho más), y se había adaptado perfectamente a mi mano, como una segunda piel, el código de barras tapado por la manga del abrigo... Todo un cleptómano profesional.

Dios, que susto, y qué vergüenza, ¿me vuelvo para atrás y explico lo que ha pasado?, hostia, no, no, va sonar raro, si lo hago me voy a ver metido en alguna situación petersellerniana, tendré que dar explicaciones, ay, dios, qué dilema...bah, no ha sonado la alarma, que yo sepa no hay cámaras, y todo escritor que se precie tiene que robar alguna vez libros (y pasar hambre en París, y cogerse una tuberculosis, y así).

Lo malo es que... a ver si me voy a aficionar... No creo, si lo planeo no me sale tan bien y me pillan, fijo..

LITERATURA CURRELA


Mañana, jueves 15, a las 19:30, en la Biblioteca de San Jorge (Pamplona), hablaré sobre mis libros CIUDAD RETRETE y AJUSTE DE CUENTOS. ¿La excusa? El ciclo sobre "El mundo laboral en la biblioteca" y la guía de lecturas, comics y películas (muy completa), que han elaborado los bibliotecarios. Mi charla-lectura-lo que salga, se titula LITERATURA CURRELA. Intentaré hacer caso a mi mujer (con la que me caso el sábado, por cierto) y vocalizar y hablar alto. Estas cosas me ponen nervioso. Ah, el de la foto es Jon Andoni Goikoetxea, Goiko, el obrero de la poesía. ¡Sagultema!

sábado 10 de octubre de 2009

VIAJES (XI): POLO MONTAÑEZ (La Habana)


Tras regresar de Filipinas y Papúa Nueva Guinea y publicar un par de reportajes sobre el basurero en magazines semanales de periódicos (no sin dificultad; en muchas redacciones nos dijeron que a la gente no le gustaba ver desgracias los domingos mientras desayunaba), me convertí en un "experto" en viajes y me encargaron una guía turística sobre La Habana y Varadero (que digo yo que para experto, podían habérsela encargado a un periodista habanero; de hecho debo mucho de esa guía a un plumilla que conocí allá casualmente -y gracias al que conseguí encadenar otro viaje, este a Tailandia-. Estuve un mes dando vueltas por la capital cubana, donde, por aquella época, era inevitable escuchar, en los bares, las tiendas, desde las casas, la música de Polo Montañez, del que todo el mundo hablaba con respeto y con cariño, después de su trágica y premonitoria muerte. Compré sus discos a dos jineteros en la calle Obispo, y los escuché con ellos, para que comprobara que el disco, aunque pirata se escuchaba perfectamente, y mientras lo hacíamos los muchachos me mostraban el vello de sus brazos erizado, sobre todo al oír La última canción. Sobre ella, y sobre Polo Montañez, escribí lo siguiente:


LA ÚLTIMA CANCIÓN

Hacía tanto tiempo que no me cansaba de escuchar un disco, una y otra vez, una y otra vez... Como una obsesión. Como cuando me aprendía de memoria las letras de las canciones (o las traducía del inglés al guachiguachi). Uno comienza a hacerse viejo cuando descubre que Triki ya no es el monstruo de las galletas sino un cantante inglés.
Pero ahora Polo Montañez ha llegado para rejuvenecerme el corazón con sus canciones sencillas y desesperadas. Suenan en todos los bares de La Habana, en los bicitaxis, o desde las azoteas de los viejos edificios. Venden sus discos en el top-manta cubano los jineteros. Todos, viejos y jóvenes, le adoraban incondicionalmente cuando estaba vivo y lo han convertido en un mito de la música cubana ahora que murió.
La historia de Polo Montañez contiene ciertamente todos los componentes del mito. Hijo de un leñador, aprendió de manera autodidacta a acariciar con sus dedos gruesos de campesino las cuerdas de una guitarra y a cantarles de una manera natural a las cosas sencillas y trascendentales de la vida. Lo hacía en un garito para turistas por el que, como en las películas, cayó por casualidad un representante que se lo llevó para Colombia donde de un día para otro vendió 400.000 discos. Ya de regreso a Cuba Polo se convirtió en un fenómenos de masas. Y de repente, en el momento álgido de una fama que nunca se le subió a la cabeza ni le hizo olvidar quien era, un guajiro natural, murió en un desgraciado accidente de tráfico. Sólo 15 días antes había escrito "La última canción", un tema que pone en piel de gallina el corazón, y en la cual Polo vaticina que el último minuto de su vida debe de ser extraño, romántico y amargo. Polo, Polito, gracias por todo y ojalá que allá, estés donde estés, de una vez, la suerte vaya a visitarte.

miércoles 7 de octubre de 2009

Para JAB


El próximo día 15, en la Biblioteca de San Jorge (Pamplona) intentaré contar algo (habla alto y despacito, que no se te oye y cuando se te oye no se te entiende, me dice mi mujer) sobre el mundo laboral -creo que me centraré en las fábricas- reflejado en la literatura. No sé muy bien en realidad qué es la literatura obrera, como dice Kiko Amat ¿la que la escriben los obreros cuando no están en la cadena de producción? ¿y si estos escriben, no sé, libros en los que los personajes llevan un fular con cuadros y beben martinis con aceituna en la cubierta de un yate? ¿Eso es también literatura obrera? ¿Lo es cuando los protagonistas son trabajadores altamente concienciados con su clase proletaria, o embrutecidos por el alcohol, o explotados en turnos de doce horas, pero a los que ha mirado como a bichos por un microscopio escritores que no han cogido en su vida un martillo, ni siquiera de caramelo?

Complicado.

Lo mejor, pues, será centrarme en lo que yo mismo he escrito, contando mi propia experiencia como operario, y repasar y leer algún pasaje de algún que otro libro que me ha gustado (Ultima salida para Brooklyn, en concreto el cuento de la huelga; algunos relatos de Bukowski y de otros ilustres empleados de correos, como Henry Miller, el padre albañil de Fante, Amor y basura, de Ivan Klima -yo también fuí barrendero unos meses...).

Y probablemente algo que también diga, o debiera decirlo, en esa charla, es que buena parte de mis amigos escritores, son también curriquis, trabajadores, vendedores de zapatos, teleoperadores, albañiles... José Angel Barrueco vendió entradas en la taquilla de un cine, hizo de señalista en carreteras... Y tras conseguir un brillante currículo en esas lides con el que adornar las solapas de sus libros, se convirtió en un auténtico obrero de la literatura, al que todos sus amigos escritores y lectores envidiábamos: columna diaria en un periódico local, en Zamora, para el que escribía desde Madrid, totalmente a su pedo (hablando de libros, pelis, de gente que se encontraba en la calle o conversaciones que pillaba al vuelo en ella). 3100 columnas en casi diez años. Hace unos días a JAB, como lo conocemos sus amigos, lo despidieron de ese periódico, le movierton la silla, al llegar una nueva directora. Hablan de crisis, no sé, puede ser, pero lo han botado de muy malos modos, y eso ya dice mucho. JAB es un escritor de la clase obrera y vivir como un señorito, escribiendo en los periódicos no está bien, esa silla la debe ocupar alguien con una apellido más bonito, más de todalavida, o un padrino, o con un estómago bien agradecido. Hay cosas que dan mucho asco, y que no cambian, la igualdad de oportunidades es un cuento, mucho talento se desperdicia porque antes que nada, hay que comer, igual en Mozambique hay escritores en potencia cojonudos, pero nunca van a llegar ni siquiera a leer un libro, y aquí cualquier niño de papá chupapollas, no importa que no sepa hacer la o con un canuto, puede conseguir que se muevan las sillas, hasta encontrar acomodo en la que más le guste, da igual si para eso hay que desalojar a quien las ocupa por méritos propios. El mundo es para los lameculos, para los cobardes, para los esquiroles, para los pijos...

Por lo demás, en este país, eso también lo dice Kiko Amat no es que no haya escritores que procedan de la clase obrera, es que los que lo hacen y llegan, acaban olvidándose pronto de donde vienen, y escribiendo y opinando para quién les compra. Y a los que no lo hacen se los cargan, como a JAB. Y yo con estas cosas es que no puedo, me enciendo, tal vez me debiera callar, cuando estás desorientado y aturdido y braceas en el aire, solo te haces más vulnerable, consigues que te golpeen otra vez, pero siempre cabe la posibilidad de que te vuelvas peligroso, de que tú sueltes alguna... Y sobre todo uno, se queda al menos, tranquilo consigo mismo.

UNA RESEÑA DE CIUDAD RETRETE



Que yo recuerde nunca ningún crítico literario se ha ocupado de mí, de hacer una reseña de esas en las que colocan el pulgar hacia arriba (en esos casos suele ser para a continuación extender la mano y poner el cazo), o hacia abajo y que te den por culo, tú no perteneces a nuestro grupo editorial, cómo vamos a hablar bien de ti.

No sé si eso es bueno o malo, si me convierte en un autor invisible o en qué.

Lo que sí, por fortuna, he tenido a veces son reseñas de lectores, por el puro placer de escribirlas, porque el libro les ha tocado, por lo que sea... Y pensándolo bien, estas merecen mucho más la pena (y a mí, desde luego, me emocionan), porque para ellos escribe uno, no para los críticos paniaguados o resentidos, quienes en realidad emiten su veredicto para recomendar o no un libro a esos lectores (o sea, que me los salto tan ricamente).

Esta es la crítica que de Ciudad retrete hace en su blog Castorín (de la que ya anticipé algo hace unos días).

Gracias, majo, ya concretaremos los detalles de lo del jamón.


Dado que hace una semana hice una pequeña reseña del libro que estaba leyendo: Ciudad Reterete (Patxi Irurzun), aquí os dejo un amplio resumen como se merece dicha novela.
La novela gira en torno a un motín de un grupo de trabajadores "engañados" dentro de la fábrica de tazas de váter POZAL .S.A. (esa fábrica inhumana que contrataba a ex-presidiarios, ex-drogadictos y enfermos mentales para realizar los trabajos "sucios" dentro de la explotación).
La fábrica está enclavada en la ciudad de Jamerdana.
La historia trata sobre diversas y variadas cartas y grabaciones que giran en torno a 3 ejes fundamentales (Jarri, Corbalancito y Animal) entre otros currelas, que relatan su encierro voluntario, comprensible y justificado dentro de la empresa. Unas cartas tan sinceras, que a veces te inducen a adoptar una actitud condescendiente con los personajes.
En el libro, hay una cita que puede dar a entender al lector lo mencionado anteriormente y que translado literalmente a continuación:
"POZAL .S.A. ponía en la dirección de aquella carta. La flamante fábrica de tazas de baño. Jamerdana entera se moría por entrar a POZAL .S.A. Curro seguro. Todo el mundo caga.
Yo, simplemente, la cagué."
Respecto al autor, Patxi Irurzun, decir que es un gran escritor, y particularmente creo que se merece un mayor reconocimiento a nivel nacional. En fin, una buena novela altamente recomendable.

sábado 3 de octubre de 2009

VIAJES (X): LA ÚLTIMA FRONTERA (PAPÚA NUEVA-GUINEA)


Yo soy un hombre libre. Y también lo puedo decir en inglés: “I am a free man”. Porque así, en inglés, es como figura en el documento que acredita tan rotunda declaración de principios. Un documento firmado usando como pisapapeles una calavera humana, allá en la última frontera del mundo: una siniestra comisaría de Ambunti, cabecera del mítico río Sepik, en la indómita Papua Nueva Guinea.


Vajé a Papúa Nueva Guinea después de despertar de una siesta que había durado años y ver en la televisión aquel famoso documental en el que unos tipos ataviados únicamente con una funda peniana alargaban temblorosos sus manos para rozar la piel de dos hombres blancos. Los primeros hombres blancos que veían en su vida.


Esa misma tarde encargué el billete de avión. Fue un arrebato aventurero, nada propio de mí, que traté de compensar en los días siguientes adquiriendo un conocimiento enciclopédico de aquel remoto país. Esta tarea no resultó en absoluto ardua, pues las enciclopedias despachaban a Papúa Nueva Guinea con tres líneas: “Situada al norte de Australia y al este de Indonesia, Papúa ha estado dominada por británicos, alemanes y australianos. Consiguió su independencia en 1975. Está poblada por más de 700 etnias distintas —con sus respectivas lenguas—, algunas de las cuales sólo han conocido la rueda alrededor de 1930”. Mis conocimientos sobre el país los vinieron a completar dos atónitos amigos a los que revelé mi destino:


—En Papúa Nueva Guinea por no haber no hay ni McDonalds— recuerdo que dijo uno de ellos.


Con aquel bagaje, y una guía de conversación (porque, además, yo no sabía una palabra de inglés) tomé el avión que me llevó a Port Moresby, la capital del país.


Port Moresby era una ciudad pequeña —unos 200.000 habitantes— de apariencia dormilona. A través de la ventanilla del taxi que me condujo al hotel observé que los transeúntes sonreían al verme y me mostraban una dentadura salpicada de cuajarones rojos que de vez en cuando escupían en las aceras.


Recordé entonces lo que me había dicho el segundo de mis amigos.


— ¿Papúa Nueva Guinea? ¿No es ahí donde se comen a la gente?


Menos mal que inmediatamente una valla publicitaria aplacó mis temores. “Papua Nueva Guinea, la última frontera”, se podía leer en ella, y debajo de aquel lema aparecía en un primer plano el rostro de un hombre al que el gesto feroz descascarillaba lo que parecían pinturas de guerra.


Con semejante panorama al llegar al hotel decidí atrincherarme en el bar. Después de todo sólo pasaría una noche en Port Moresby y a la mañana siguiente partiría hacia Wewak, la ciudad más próxima al Sepik. Fue una decisión acertada pues en el bar de aquel hotel conocí a un francés que acababa de regresar del Sepik y que hablaba perfectamente español. Me explicó que estaba haciendo una compilación de literatura oral de la zona.


—En el Sepik la única literatura escrita son las versiones de la Biblia. Hay misioneros católicos, adventistas, baptistas...


—O sea, que los misioneros tienen más esperanzas depositadas en ese país que los ejecutivos de McDonalds— pensé yo, y después le conté que mi intención era pasar 20 días en el río.


—¡Oh la la la!— exclamó él, pues al parecer los viajeros más osados permanecían sólo entre 1 y 2 semanas en el Sepik, incapaces de soportar el calor, los mosquitos o en el peor de los casos la malaria o las elecciones locales, que solían saldarse con violentos enfrentamientos tribales.


—Te va a hacer falta mucho “betelnut” — dijo después, ofreciéndome una especie de nueces verdes, que dispuso sobre la barra junto a unos palitos alargados y un montoncito de un polvo blanco y misterioso.


—Es un estimulante local. Aquí todo el mundo lo toma. Lo mascan y lo escupen —dijo, llevándose el “betelnut” a la boca, partiéndolo con los dientes y formando una masa con uno de los palitos (raíces de mostaza) que untó en el polvo blanco (cal). Después se acercó a la puerta del bar escupió un salivazo rojo en la acera e inmediatamente comprendí, aliviado, que Papúa Nueva Guinea no era un país en el que los antropófagos se paseaban tranquilamente por las calles sin lavarse los dientes. Yo también probé el “betelnut” y lo cierto es que me sentí mucho más animado, capaz incluso de sobrevivir al terrible Sepik.


Más tarde el francés me explicó que para acceder al río lo mejor era pasar antes por la casa de Ralph, un ex jesuita alemán que había recorrido el río durante 20 años intentando evangelizar a los papús para terminar casándose él con una nativa e instalándose en Wewak. Si lo deseaba Ralph podía encargarse de conseguir un guía, víveres o de contratar la avioneta que volaba hasta Ambunti.


Con toda esa información partí hacia Wewak al día siguiente. Una vez allí no me costó demasiado encontrar, en el propio aeropuerto, a Ralph, un hombre de unos 70 años, alto y desgarbado. Se dirigió a mí y me dijo que podía instalarme en su casa. Ésta, en lo alto de una colina, era una rudimentaria construcción de madera. En la fachada se veían colgadas máscaras de madera, tallas, escudos y, ya en las paredes del interior, lanzas, figuritas, dientes de cocodrilo... Una auténtica "haus-tambaran", las casas de los espíritus que construían en los poblados de Papúa Nueva Guinea en honor de los antepasados. Pero sin duda la pieza estrella de la casa era el baño, y su peculiar sistema de saneamiento. En una pequeña caseta, fuera, bajo una taza incrustada en unas tablas de madera, se veía un gran agujero excavado directamente en la tierra, al fondo del cual se revolvían miles de gusanos que devoraban cuanto les echaran: excrementos, orina, papel higiénico.


Estuve varios días alojado en casa de Ralf, aquejado de un súbito estreñimiento. Los vuelos a Ambunti se suspendían a diario, unas veces, decía Ralf, por problemas técnicos, otras por la climatología… Finalmente descubrí que Ralf me estaba reteniendo, pues cuando decidí buscar por mi propia cuenta un guía en Wewak éste consiguió el billete para la avioneta en sólo unas horas.


Me despedí de Ralf sin rencores. Apenas llegaban ya viajeros al Sepik y el hombre sólo trataba de sobrevivir. Por otra parte, tampoco creo que echara de menos la figurita tallada en madera de ébano y adornada con plumas de ave del paraíso que descolgué de una de sus paredes y metí en mi mochila.


Así pues, acompañado de mi guía, Amos, tomé la avioneta de la MAF, compañía que regentaban las diferentes congregaciones de misioneros que se repartían el cielo, nunca mejor dicho, en Papúa Nueva Guinea. Aquel aparato me pareció un juguetito. Tenía capacidad para cuatro pasajeros y junto a Amos y a mí viajaban un tipo con una camiseta con el rostro de Bin Laden y el piloto, un australiano alto y flacucho que tuvo que colocarse en el asiento de medio lado. Apenas despegamos a nuestros pies aparecieron unas grandes llanuras de color verde y apariencia fértil, en las que sin embargo no se veía ninguna aldea.


—Son pantanos —explicó Amos.


Unos minutos más tarde vimos por primera vez el Sepik, una gran serpiente de color pardo recostada en la hierba y enrollada sobre sí misma. El Sepik era unos de los ríos más caudalosos del mundo y también uno de los más desconocidos. Contaba con más de mil kilómetros navegables —una auténtica autopista de agua— y a sus orillas se asentaban decenas de tribus y clanes diferentes, con sus respectivas culturas e idiomas. La única vía y ruta comercial de que disponían todas esas tribus era el río, y remontarlo era también a veces como remontarse en el tiempo y en la historia.


Por fin, la avioneta aterrizó en Ambunti. El aeropuerto era sólo una pequeña pista de hierba reseca. La avioneta se aproximó tímidamente a ella, la acarició suavemente con las ruedas, se separó un poquito, volvió a rozarla, así hasta colocar las ruedas en tierra e ir poco a poco asentándose. Como cuando intentas besar por primera vez a una chica. Yo en este caso hubiera besado gustosamente al piloto, una vez que tomó definitivamente tierra, pero los australianos de dos metros de altura y patas de alambre nunca han sido mi tipo. Cuando bajamos varias personas se acercaron con intención de descargar nuestro equipaje. Amos les echó el alto e intercambió varias frases en un tono tenso con uno de ellos, un hombre de unos 40 años. Después se giró cabizbajo hacia mí.


—Este hombre dice que tienes que irte con él —me explicó.


— ¿Quién es ese hombre?


—Joseph. El guía.


—Pero Amos, tú también eres un guía ¿no?


Se encogió de hombros.


—A veces —dijo—. Una vez estuve con unos ingleses.


Mientras hablábamos el tal Joseph cogió mi mochila.


—No, déjela. He venido con Amos y me voy con él. Es lo justo —le dije. Supongo que para Joseph lo justo en ese momento hubiera sido clavarme algo más que aquellos ojos —que de todos modos eran como puñales—, pero nos dejó ir. De momento. Amos, todavía algo cabizbajo, me condujo hasta la orilla del río, donde aguardaba una canoa. Haciendo equilibrismo me subí a ella. La lancha se desplazó suavemente. Hacía un calor terrible y resultaba agradable sentir el aire en la cara, hundir las manos en el agua, ver en las orillas la vegetación frondosa… Apenas recorrimos unos metros y la canoa se aproximó a un embarcadero. Varios hombres salieron a recibirnos.


—¿No serán más guías?— le pregunté a Amos.


Él me explicó que era su gente, su aldea, su tribu. Nos internamos en el poblado. Era un lugar bonito, de apariencia idílica, un claro en el bosque con una hierba perfectamente cortada. Sobre el jardín, separadas unas de otras por unos diez metros, se levantaban, sostenidas sobre troncos a un metro del suelo, las casas familiares, grandes chozas de madera y tejados cubiertos por ramas y hojas. Amos me llevó hasta una de ellas. El interior lo formaba una única y gran habitación con varias mosquiteras, un fogón en el centro y candiles, cazuelas y otros enseres desperdigados por el suelo. Observé que, en una esquina, separado por un rudimentario biombo habían extendido sobre el suelo un colchón. Yo estaba agotado y supongo que debí mirar aquel colchón con ojos de ternero degollado, pues Amos me preguntó si deseaba acostarme. Le contesté que sí.


Conseguí dormir durante dos horas, al cabo de las cuales me despertaron algunos gritos.


—¡Tenemos que volver a Ambunti, a la policía! —irrumpió Amos en la choza.


Entre sus manos empuñaba un cuchillo. Amos me hizo salir precipitado de nuevo hacia la lancha, en la que aguardan, armados igualmente con cuchillos, los demás hombres de la aldea. Comencé a ponerme nervioso. En apenas unos segundos regresamos a Ambunti. Nos acercamos a la comisaría, un viejo barracón de madera. En la puerta se encontraba Joseph, acompañado de algunos hombres, igualmente con cuchillos entre las manos. Comprendí que lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea perdida en mitad de la selva era la historia misma de la humanidad. Hombres que intentaban progresar y hombres que intentaban mantener lo que tenían. Luchas por el poder que volvían a esos hombres violentos y los hacían odiarse, matar… Y yo en mitad de todo ello.


Entré junto a Amos y Joseph en la comisaría. Nos recibió un policía con una bonita sonrisa en la que resplandecía un colmillo de oro y pulpas rojas de “betelnut” enredadas entre el resto de dientes que todavía la cal no había corroído. Amos y Joseph dejaron sus cuchillos sobre la mesa, justo junto a un montoncito de documentos sobre los que descansaba a guisa de pisapapeles... ¡una calavera humana!


El comisario hizo varias preguntas, primero a Amos, luego a Joseph. Después redactó un documento y lo colocó ante mí. Yo lo leí varias veces, consulté mi guía de conversación… No me lo podía creer. Nunca había pensado que pudiera sucederme nada semejante. Y mucho menos en una comisaría de policía. Una comisaría de policía en la última frontera del mundo. Aquel documento era una declaración en la que yo afirmaba ser un hombre libre.


—Si está de acuerdo firme —dijo el comisario— ¿Es usted un hombre libre? —reiteró. Menuda preguntita.


—Sí —contesté, porque tampoco era cuestión de ponerse trascendental en una situación como aquella. Después firmé papel. Amos y Joseph se dieron la mano. Y yo, como hombre libre que era, me fui junto con el guía que había elegido.


Tras aquella reunión no hubo más problemas y durante las tres semanas siguientes pude hacer, en completa libertad, las cosas que se hacen habitualmente en el Sepik: cazar cocodrilos, pasar del estreñimiento a la diarrea más feroz, sufrir un terremoto de intensidad 7… Después mi viaje finalizó y tuve que volver a casa, sentirme de nuevo encadenado a horario, prisas, trabajo… Pero sobre todo encadenado a mis recuerdos, los recuerdos de Papua Nueva Guinea, aquel país enigmático, salvaje y contradictorio, en el que todo era posible, y en especial encadenado al recuerdo de aquel día en que proclamé mi libertad. Por supuesto no soy tan ingenuo como para creer que la libertad de un hombre se la otorgue un trozo de papel, pero aquel día me prometí a mí mismo dos cosas: una, que nunca más volvería a echarme la siesta; y dos, que a partir de entonces me conduciría en la vida como si, efectivamente y pese a todo, fuera un hombre libre. Un auténtico “free-man”.

viernes 2 de octubre de 2009

BORRASKA



Ya que Castorín lo menciona anteriormente, aquí os dejo el enlace al fanzine de literatura subterránea Borraska (con K, muy punki) que edité durante algunos años. Lo tenía bastante descuidado, porque la empresa encargada de redireccionar el enlace, aparcó el dominio, hay links a números que no funcionan... Una buena forma de entrar es a través de este último número publicado (el dedicado al concurso homenaje a Bukowski, a partir del cual se gestó el libro Resaca / Hank over), desde el apartado "Números anteriores".
Ahí encontraréis números "normales" y monográficos dedicados a la muerte, la muerte dos (el trabajo), las adicciones, las pajas... El diseño es horrible (como que lo hice todo yo mismo sin tener ni puñetera idea). Y el logo, por supuesto, de mi amigo Kalvellido. Que aproveche.

http://www.ctv.es/USERS/patxiirurzun/doce/

CIUDAD RETRETE EN EL BLOG DE CASTORÍN



Por lo que llevo leído hasta ahora, me gusta, y bastante. Ya había leído anteriormente en el blog de Borraska varios relatos de Patxi, transcurridos en POZAL S.A., esa fábrica inhumana.

La temática "currela" te hace sentir condescendiente con los personajes e inmiscuído totalmente en la trama de la historia. Siempre alguno de nosotros hemos currado (o seguimos currando) en fábricas despiadadas e infames.
No adelanto más, próximamente desgranaré la novela.

http://chenel-3.blogspot.com/2009/10/publicado-en-hankover.html

miércoles 30 de septiembre de 2009

PINTADAS EN LOS BAÑOS. CULTURA POPULAR EN VÍAS DE EXTINCIÓN




Este es un reportaje algo chabacano que hice hace años (creo que para Rolling Stone), cuando escribía y hasta de vez en cuando me sacaban cosas en algunos periódicos o revistas. Fue uno de esos encargos que luego no se publicaban... ni se pagaban, claro. La foto es de un garito de Logroño, no recuerdo su nombre, después de una presentación de Hank over.


TONTO EL QUE LO LEA



TONTO EL QUE LO LEA. ¿QUIÉN NO HA ESCRITO O LEÍDO EN ALGUNA OCASIÓN UNA BOBADA SEMEJANTE EN EL BAÑO DE UN BAR? ¿Y QUIÉN NO SE HA REÍDO CON ELLA? LAS PINTADAS DE LOS BAÑOS PUEDEN PARECER ZAFIAS O INFANTILES, PERO SON TAMBIÉN UNA MUESTRA DEL COMPORTAMIENTO HUMANO, DE SUS MISERIAS Y GRANDEZAS. SI NO HACEMOS NADA PRONTO LOS BAÑOS DE DISEÑO ACABARÁN CON ESTA CASTIZA EXPRESIÓN DE LA CULTURA POPULAR.

Es como en una de esas películas para deficientes mentales que, en el fondo, reconócelo, tanto nos gustan. “Dos tontos muy tontos”. Uno de los dos protagonistas entra a un baño de bar de carretera y al tiempo que escenifica las contorsiones de su estómago con las muecas de su cara de culo, nunca mejor dicho, lee los letreros garabateados en la puerta de una letrina. “Si quieres sexo duro”, pone, o algo por el estilo, “espérame aquí tal día a medianoche”. Entonces nuestro héroe se mira el reloj, comprueba que la fecha coincide y justo cuando comprueba que las dos agujas se han alineado en el número doce, se abre la puerta y entra un camionero bigotón con gorra de cuero.

Las pintadas, mensajes o graffitis de los baños es lo que tienen. La intimidad que requiere una expresión tan mundana y tan democrática de nuestro cuerpo parece inspirar nuestros comportamientos más primitivos, unas veces, otras los más rabiosamente rebeldes o trascendentales. Y así, entre las pintadas de urinario nos encontramos con dos grandes grupos: las referidas a nuestras más bajas pasiones y necesidades y las pintadas que suman a ello un componente filosófico, político o escatológico. “Escatológico: referente a los excrementos y suciedades”, dice el diccionario, pero también: “Escatológico: relativo a las postrimerías de la vida de ultratumba”. Una síntesis de ambos significados la encontramos en la siguiente sentencia de retrete, que podía haber firmado cualquier escritor existencialista:




La vida es un mar de mierda

que tienes que cruzar nadando

El que no sabe nadar

tiene que cruzar tragando




Pero ¿qué es lo que despierta en los baños públicos al poeta que todos llevamos dentro, ese que sólo asoma por el tercer ojo para componer una mierda de pareados?:




Aquí se caga, aquí se mea

y aquí Fulanito de Tal se la menea



En lo tocante –también nunca mejor dicho– al primer grupo de pintadas, aquel en el que abundan verbos como cagar, chupar o menear, muchas veces es evidente que la musa es aquello que el artista tiene en ese momento entre las manos. “Dale gracias a dios, hermano, que lo que tienes en la mano, no lo tienes en el ano” , dice otro verso. Y también el propio acto fisiológico en sí, que inspira elevadas rimas en las que incluso se incluye la máxima latina de enseñar deleitando: “Caga bien, caga contento, pero caga dentro” , y que en los baños de mujeres se ha llegado a encajar algo forzadamente: “ Caga bien, caga contenta, pero caga dentra” . Porque, esa es otra, que se sepa, sólo existen baños mixtos en la oficina de Ally MacBeal, lo cual en el tema que nos atañe da pie a un montón de incongruencias. Por ejemplo, ¿por qué se escriben mensajes con contenido pornográfico, se dejan números de teléfono –generalmente ajenos– que, salvo en el caso de que seas un camionero bigotón con gorra de cuero, sólo leerán personas con tu misma condición sexual?

Otras veces la fibra poética es inversamente proporcional a la falta de otra fibra en nuestra alimentación. El mundo de los poetas de retrete debe de estar lleno de estreñidos, de lo contrario no se entienden algunas altas cimas de la lírica escatológica, que sólo pueden ser el resultado de un proceso creativo que exige su tiempo. Por ejemplo:




Al llegar este momento

Me pongo a pensar

Lo caro que está el sustento

Y en lo que viene a parar




Y otras más ordinarias, del tipo “Pruebe la mierda, 20.000.000 de moscas no pueden estar equivocadas” , que sin embargo alguien se ha tomado la molestia de escribir con un proceso artesano, como es, por ejemplo, el del mechero y los circulitos negros en el techo (bueno, igual una más corta).

Las técnicas para dejar constancia de que alguien pasó por un urinario van desde el susodicho mechero, que será todo lo artesano que se quiera pero nada práctico, sobre todo si hay sistema contra incendios, pasando por la talla a navajazo, hasta el socorrido rotulador, con el que incluso algún que otro legendario grupo punk, como los malogrados Eskorbuto, forjaron su leyenda en miles de letrinas en las que dejaron junto a su firma y una jeringuilla algunas de sus terribles frases: “Prefiero morir como un cobarde que vivir cobardemente” , “Venga la guerra, sobran estúpidos” , etc.

Lo que ya no se lleva mucho en los baños es aquella suerte de performance coprógrafa que era escribir con la escobilla.

Afortunadamente.

La pintada política, al menos la pintada política inteligente, como si esos dos términos, política e inteligencia, sufrieran incompatibilidad de caracteres, tampoco está de moda, al margen de esa esgrima de la estupidez humana en la que se intercambian acometidas como “Vascos de mierda” o “Puta España” . Una auténtica pena porque todos nos sentamos alguna vez en el trono e incluso a los reyes les toca empujar. No existe mayor expresión de la democracia que ir al baño, y esa reflexión sin duda podría ayudar a reivindicaciones más inspiradas. Uno, por ejemplo, se imagina a algunos presidentes de gobierno en el baño, y todavía se convence mucho más de que las guerras son una mierda apestosa y de que no las declaran elegidos o salvadores del mundo, sino personas que como otra cualquiera también disparan pedos como bombas (y viceversa, desgraciadamente).

Pero no es sólo la pintada política la que se encuentra en vías de extinción, sino que la pintada letrinera en general, la rima cuartelera, el dibujito soez, las réplicas y contrarréplicas a lo largo de la puerta del baño que culminan con un “siéntate que estás cagando fuera” están siendo esquilmadas por los baños de diseño. Cada vez más los baños de los bares ya no son un lugar en el que explayarse, sino rincones algo exclusivos, que acongojan un poco, a los que hay que entrar con un máster sobre cómo tirar de la cadena o no confundir el lavabo con la taza. Baños con los que no pegan nada lemas como “ Más de tres sacudidas es paja” o “Cagar da gusto, oler da pena, no seas cabrón y tira de la cadena” . De momento nos quedan los retretes de fábricas, centros comerciales, institutos y universidades, estaciones de autobuses, feudos en los que la literatura de urinario parece resistir. Pero ¿qué haremos si estos también caen? ¿Deberemos resignarnos a que las rimas ramplonas con sus correspondientes faltas de ortografía sean exclusivas de los libretos de CD musicales? ¿Serán los bares de carretera, como el de “Dos tontos muy tontos”, una especie de cuevas de Altamira de la pintura de cuarto de baño? ¿Aparcarán a sus puertas las excursiones del Inserso para rememorar lo que fue un día nuestra civilización? ¿O por el contrario defenderemos esta arraigada rama de la cultura popular a golpe de tinta indeleble? Como dirían unos expertos en el tema, Eskorbuto: De ti depende.

sábado 26 de septiembre de 2009

VIAJES (IX): HOBBIT HOUSE (MANILA)



En el Hobbit House de Manila todos los camareros son enanos. Es algo extraño, sin otra justificación que el nombre del bar, o un gran cuadro con una imagen del libro de Tolkien tras el escenario. Nada más. Como si a todo ello le faltara algo, quizás los enanos disfrazados de elfos. Como si a todo ello le sobrara algo, algo que no encajara, quizás los dobles filipinos de Dylan o Jhon Lennon sobre ese escenario.
Los clientes del Hobitt House intentan aparentar una falsa naturalidad, al menos cuando los camareros saltan ante sus narices para servir en las mesas las cervezas y los chopitos. Después, en la intimidad, quizás llaman "el alto" o le ponen por nombre Demetrio Diez al encargado, un enano que en realidad anda entre el límite de enano y señor bajito. Unos hipócritas de mierda, los clientes del Hobbit House. A fin de cuentas están, estamos allá por puro morbo.
Algunos días entre esos clientes hay un hombre como una montaña, que multiplica su inmensidad al colocarse junto a los pequeños camareros. A menudo va acompañado de su hijo. El niño rondará los doce años y lleva todas las trazas de superar a su padre, de convertirse en un ochomil humano. Pide un plato, lo engulle, vuelve a pedir otro... Y habla al oído de los camareros, que tienen que colocarse de puntetas para tomar nota, o convertirse en pequeños sherpas cuando le sirven. Entretanto, desde la otra esquina su padre pide una jarra de cerveza, la vacía, vuelve a pedir otra... Y mira orgulloso a su hijo, satisfecho de sí mismo, de haber encontrado un lugar en el que su hijo no se sienta un monstruo, la diana en la que hacen blanco, sin esforzarse demasiado, todas las miradas. Un lugar en el que los monstruos son los demás. Aunque los demás intenten, intentemos disimular.