Hoy, por fin, después de varios meses de lluvia y frío ha salido el sol en esta la ciudad sin primavera. Así que esta mañana he vestido a Urko con la ropa de verano que le compramos hace unos días y con la que está tan guapo y nos hemos ido los tres, su madre, él y yo a la ikastola . Normalmente suelo acompañarle yo, me gusta hacerlo, levantarlo por la mañana es uno de los mejores momentos del día, después lo llevo al baño, elijo su ropa, despierto a mi mujer... Es como si me correspondiera a mí arrancar el motor de la casa y eso me hace sentir importante. Pero hoy es el penúltimo día de colegio de Urko y Malen también quería venir, grabar en video, despedirse de la profesora, los otros padres... Dentro de unos días nos cambiamos de barrio. De la Rotxapea a Sarriguren, en las afueras de Pamplona, una ciudad nueva, de bloques de VPO. Nosotros ahora vivimos de alquiler. Me va a dar pena irme de aquí. Estamos a diez minutos de la Plaza del Ayuntamiento. A Sarriguren solo se puede ir en coche, o en autobús... Es algo raro. El barrio en el que crecí estaba lleno de descampados, silletas, bajeras vacías que se convertían en videoclubs, que luego se convertían en centros de estética que luego se convertían en bares, eso nunca fallaba... Era un barrio de las afueras, y ahora, nos vamos a las afueras de las afueras, a un nuevo barrio de descampados, silletas, bajeras vacías... A eso le llaman progreso pero nosotros cada vez estamos más lejos. Y hay algo que me inquieta en todo ello.
Por la tarde, después de trabajar he ido a una charla sobre los obreros de Zanon, una fabrica de porcelana en Argentina ocupada por sus propios trabajadores y gestionada ahora por ellos mismos. El sindicalista que ha hablado ha dicho que tuvieron que hacerlo porque el capitalismo - "ese monstruo", ha dicho, qué curioso- no tiene reparos en sacrificar a los más débiles cuando hace falta. Y también que quizás nosotros no lo percibimos todavía, pero intuye que se nos avecina una crisis parecida a la que ha sufrido su país. Bueno, ellos al menos han salido adelante. Aunque han tenido que pelear duro. Se pasaron varios meses acampados frente a la fábrica, sobreviviendo gracias a la solidaridad de obreros de otras fábricas, los maestros de sus hijos... Por ejemplo, cerca de la fábrica ocupada había una cárcel para presos peligrosos. En una ocasión estos dejaron de comer dos días para dar sus raciones a los trabajadores de Zanon. A cambio los obreros de Zanon les ofrecieron material necesario para construir un lugar cubierto en el que recibir a los familiares, durante las comunicaciones (hasta entonces debían hacerlo en el patio). Desde ese día cooperativistas y presos se han convertido en uña y carne. Cuando la policía intenta desalojar a los obreros los presos hacen un motín en la cárcel, o si hay un motín en la cárcel los obreros de Zanon disparan con tirachinas bolas de porcelana a los antidisturbios desde su fábrica. A la policía últimamente se le ve menos por allí...
He vuelto a casa algo más animado. Cuando he llegado Urko y Malen estaban en la bañera. La tripa de mi mujer asomaba entre un mar de espuma y Urko estaba recostado sobre ella. Y en el pasillo, los últimos rayos de luz del día se derramaban dorados y cálidos, iluminándolo todo.
DIOS NUNCA REZA. Patxi Irurzun (Alberdania, Irún, 2011)
Este finde me quito de rockero, después de casi dos años de gira, con la antología de cuentos escritos por rockeros en los que mi amigo Esteban Gutiérrez y yo hemos descubierto cosas como que el rocanrol es muy cansado o que los rockeros no cenan. Nos quedaremos sin cenar, esta vez, el viernes, en el Gruta 77 de Madrid, donde todo empezó (allá Esteban y yo concebimos la idea, en la fiesta por la segunda edición de otra antología, que también coordiné, esta vez con Vicente Muñoz: Hank over / Resaca, un homenaje a Charles Bukowski); en el Gruta tocarán el viernes Pánzer, Turrones y Juan Abarca, cartelazo; y luego el sábado en el Ácido Tour, en la sala El grito de Fuenlabrada, EnBlanco, Kike Suarez y la Desbadanda y Luter. Casi nada.
La verdad es que cansado ha sido, y este fin de semana acabaré de nuevo para que me cojan con pinzas, pero ha merecido la pena colarse en los camerinos durante todo este tiempo y conocer a tanta buena mala gente. Nos gustaría haber conseguido más dinero para los dos proyectos a los que cedimos los derechos del libro (el comedor social Paris 365 y la Asociación Río de Oro de Fuenlabrada), pero esto es tristemente lo que da la literatura y el rocanrol (y con todo, para nosotros es mucho saber que con este proyecto hemos conseguido que se sirvan unos cuantos cientos de comidas o un par de niños saharauis sean acogidos) Al menos lo hemos pasado bien... y quién sabe, quizás dentro de algún tiempo (de momento bastante tiempo) volvamos a la carretera. Salud y rocanrol
MADRID, 17 DE NOVIEMBRE DE 2010 - FUENLABRADA, 18 DE NOVIEMBRE DE 2010 -OVIEDO, 19 DE NOVIEMBRE DE 2010 - PAMPLONA, 25 DE NOVIEMBRE DE 2010 - LEÓN, 9 DE DICIEMBRE DE 2010 - SANTIAGO DE COMPOSTELA, 19 DE ENERO DE 2011 - ZARAGOZA, 18 DE FEBRERO DE 2011- BARCELONA, 17-18 DE JUNIO DE 2011 - GIJÓN (SEMANA NEGRA), 29 DE JULIO DE 2011 - GETAFE (SEMANA NEGRA), 16 DE OCTUBRE DE 2011- VALENCIA, 11 DE NOVIEMBRE DE 2011 - MADRID, 24 DE FEBRERO DE 2012
Autores participantes en la antología:Fran Fernández "Fran Nixon" (Australian Blonde / La Costa Brava), Pablo Tamargo (Black Horde), Monty (Sweet Little Sister), Carlos Pina (Panzer), Juan Abarca (Mamá Ladilla), Kike Babas (Kike Suárez & La desbandada), Agnes (Lilith), Julián Hernández (Siniestro Total), Rubén Pozo (Pereza), Leiva (Pereza), Félix FX (Hash), Indio Zammit (Tarzán y su puta madre ocupando piso en Alcobendas), Enrique Villarreal "El Drogas" (Barricada), Kutxi Romero (Marea), Kike Turrón (Turrones), Antonio Yeska, Lulu (Forraje), Josu Arteaga (La banda del abuelo), Roberto Moso (Zarama), Ángel Petisme, Ajo (Mil dolores pequeños), Eduardo Izquierdo (Los hijos bastardos de Henry Chinaski), David Mardaras (Horses of Disaster), Enrique Cabezón "Kb" (enBlanco), Daniel Sancet (Insolenzia), David Suárez "Suarón" (Los Majaderos), Felipe Zapico (Deicidas), Eduardo García "Luter", Octavio Gómez Milán (Experimentos in da notte), José Luis Moreno-Ruiz (La enfermería eléctrica), Iñaki Estévez (The Black Dogs), Javier Gallego "Crudo" (Dead Capo)
Hace unos días leí con gran placer una crónica periodística de Daniel Burgui magnifica y poéticamente titulada Mi ginecóloga del fin del mundo, lo cual ya daba una idea del tono y del fondo del texto. Textos como ese (un reportaje sobre una consulta ginecológica en Kirguistán, un país en el que es 'costumbre' que las mujeres sean secuestradas para casarse con ellas) vienen siendo cada vez más raros en las páginas de los periódicos, estrangulados por cables de agencias, notas de prensa de partidos, ministerios, concejalías, columnas/redacciones de colegio y otras colaboraciones paniguadas (de las que, por suerte, siempre resarcen otras, como las de Jorge Nagore, Miguel Sánchez Ostiz o las tiras de Oroz). Rara avis, la crónica de Daniel Burgui, no solo por lo que contaba, sino también por cómo lo contaba, con un estilo literario, limpio y preciso y evocador a la vez.
Como a Daniel lo tenía de amigo en el Facebook , aunque no sabía muy bien por qué (es lo que pasa cuando tienes un millón de amigos -bueno, yo hoy he llegado a los 500, pero para mí, eso es un millón de amigos; Roberto Carlos, el cantante, fue todo un visionario de las redes sociales), pues como a Daniel era uno de esos 500, no pude evitar escribirle un mensaje para felicitarle, qué menos. Y resultó que Daniel me había entrevistado hacía unos años, en uno de esos cuestionarios para la nevera, de las de sacar en verano para engordar los periódicos, " no sé si te acordarás", me dijo. Claro que me acordaba, estuvimos dos o tres horas hablando, en el Niza de Pamplona, muy a gusto. No sé si Dani entonces era becario (supongo que sí, puesto que lo habían mandado a entrevistarme a mí y también porque me llamó la atención su profesionalidad -¡pero si hasta se había leído alguno de mis libros!), el caso es que ahora, unos años, no muchos después,lo tenemos convertido en un reportero de los auténticos, un buscahistorias en los fines del mundo, que pueden estar en Kirgusitán o a la vuelta de la esquina, y para mi sorpresa, yo que en esas lides solo fui un diletante, un viajero accidental, me confesó que gracias a gente como yo él decidió dedicarse a este ruinoso oficio. No supe si alegrarme o sentirme culpable, porque a continuación nos pusimos llorones, y a eso era a lo que iba, a los difícil que está conseguir que alguien publique, o incluso malpublique y malpague reportajes como el de Dani, en lo que deberían ser su medio natural, la prensa escrita. Es como si escribir bien, contar bien se convirtiera en un hándicap. Y además esas historias, tan 'molestas'. Hace unos años, al volver de Filipinas, cuando intentamos publicar algunos de los reportajes sobre el basurero de Payatas, en las redacciones de los suplementos semanales, tan progres, o tan católicos ellos, nos decían que la gente no quería, no debía ver esas fotos ni leer esas historias mientras desayunaba un domingo por la mañana. Creo que fue entonces cuando a mí se me quitaron las ganas y me dediqué a mis libros. Afortunadamente, otros como Daniel Burgui, o Ander Izaguirre, Zigor Aldama, o Guillermo Nagore y la bendita locura en la que se ha embarcado, siguen ahí, al pie del cañón, buscándose la vida para contar historias que conmueven, que abren los ojos, que son la magdalena de Proust y recuperan la memoria colectiva de un mundo que a menudo olvidamos o nos da igual que sea una puta mierda, con perdón.
Para mi recocijo, el escritor Alfonso Xen Rabanal (de quien recomiendo su libro La cámara de Niebla y su blog Crónicas para decorar un vacío), me envía un email con ese asunto que a su vez le ha enviado a él un lector con esta foto. Pura palelología literaria. Algunos de esos fanzines y revistas, con textos míos, no los tengo ni yo (como me pasa por ejemplo con los cuentos que va rescatando Exprai, por ejemplo este último Cartas de amor en ordenador). Gracias a ambos. Regocíjome, pues, y mucho con este tipo de detalles y más si vienen acompañados de textos como este, de Guillermo Jiménez, que así se llama este veterano lector, en su blog:
FOTOS CON LIBROS
Casualidades de la vida. Primero encuentro el libro. El del barrendero y su blakandekker y su amor. Esa novela que no puedes dejar de leer. Que hipotiza. Una novela un tanto borde para según quién la lea. Y la encuentro en la biblioteca Jesús Delgado Valhondo de Mérida. Pero qué hace ese libro en esa biblioteca? me pregunté. Curioso por no decir increible. Después, con la mudanza, me encontré en una de las cajas, un montón de Vinalia Trippers, Makoki, Etcétera-periódico literario-, El vendedor de Pararrayos y más y más. Y me acordé del blog ajuste de cuentos. Y de Patxi Irurzun. Sí, el quese parece, pero en flaco y según las fotos, a mi amigo Manolo, informático de la oficina donde trabajo. Que lo leo a diario en su blog (junto a otros cincuenta o sesenta blogs más).
Y de Pamplona. Me acuerdo de Pamplona. De mis amigos que iban todos los años a los sanfermines a hacer de todo menos ver toros sueltos. De Iñaki, que jugó en el Mérida Promesas. De que yo no iba nunca a los sanfermines. A Pamplona (no es porque yo sea del Ath. Bilbao y no del Osasuna...)
Y más casualidades. Veo en ajuste de cuentos que se sortea el libro. Envío la respuesta correcta -fácil, y más tratándose de un diario, siendo yo un fanático coleccionista y escritor de diarios- y en el correo de vuelta me encuentro con Alfonso Rabanal, de Vinalia Trippers. Sin saber de Vinalia (relatos para adultos) yo que se, más de 20 años y ahora, de pronto, todo vuelve.
Pero hemos cambiado. Yo he cambiado. No se si a mejor. Pero estoy vivo. Y me ha dado por escribir una poesía (o lo que sea) cada día en este blog. Para aprender.
En la maltrecha fotografía aparece parte de lo que he leído en papel (me sigue gustando el papel) de Patxi Irurzún (con acento en la segunda u, tal como aparece en "De rodillas y por detrás" del Vinalia nº 4.* Edición numerada. Ejemplar nº 490. 250 ptas.
Qué recuerdos.
En esta web del gran Tasio, que descubrí hace unos días, se pueden ver y bien vistas (no chapuceramente, como yo las he sacado a veces por aquí) las ilustraciones y portada que hizo en su día para mi libro Cuentos sanfermineros, libro por otra parte que contiene algunos de mis "hits", como los cuentos Fiambre y Ese Tocho (que además de en esta obra apareció en las antologías Golpes. Ficciones de la crueldad social y traducido al italiano en "Cuentos de fútbol 2"). Eso barriendo para casa, pero dándose un garbeo sin más por la web de Tasio las risas están aseguradas:
¡Qué frío hacía el martes! Bueno y el lunes, y el miércoles, y ayer, hasta hoy llevábamos una semana negativa (sin llegar a los cero grados, ni frío ni calor, dice ahora el gracioso de turno). Pero el lunes tocaba carretera y manta, esta vez de verdad, eché una al maletero por si el Córdoba reventaba, sin que él lo supiera, claro, porque sigue portándose como un campeón, con sus quince años y sus trescientosmil kilómetros y no es cuestión de herir su orgullo. El caso es que por la autopista, de noche, con el viento empujando fuerte por la Valdorba, parecía como que hacía aún más frío, camino de Tudela.
Los de la revista Traslapuente me habían invitado para sus Martes literarios, en el centro Castel Ruiz, para hablar de Dios nunca reza y de todo lo que me diera la gana, y me dio la gana de hablar de cómo empecé yo a escribir, de Don Venancio y las redacciones de los viernes, de mi viaje al basurero de Payatas y de la epoca en que fui viajero profesional, gracias a mis libros, a los premios literarios y los reportajes y guías turisticas por encargo que iba encadenando con viajes de los que salían más cuentos y libros y premios. Suena bien, pero yo solo era el Mr Bean de los viajes, un dominguero, un turista asustadizo e impresionable mirando de reojo... Si me invitáis a dar una charla os lo cuento.
El caso es que llegué a Tudela, y esta vez no me perdí (que no, que no me regale nadie un GPS, que perderse está muy bien -cuando uno va solo, si no no tiene ninguna gracia y deriva en peleas tontas y dañinas-). ¿Por dónde iba? (es que me he perdido). Ah, en Tudela aparqué desde una calle desde la que viera asomar la torre de la Catedral y luego eché a andar hacia ella. Mientras lo hacía me acorde de otra vez que estuve en esa catedral, con Julio Llamazares, mientras él escribía Las rosas de piedra. Yo iba a entrevistarle, y pasé la mañana junto a él, primero en las Bardenas, luego visitando la catedral, allá Llamazares habló con un cantero, y con más gente, estaba con su libro, y yo me reconcomía por dentro porque no iba a poder hacerle la entrevista, el escritor hablaba con todo pichichi menos conmigo, al final la entrevista cayó a toda prisa mientras se comía unos pinchos y las migas de pan que caían en su plato y sus respuestas a mis preguntas eran parecidas, después Llamazares salió pitando para algún lugar en el que tenía bolo y yo me quedé con un gusto amargo en la boca, pensando en lo mal periodista que era y lo que pensé sobre Llamazares me lo callo, el caso es me apetecía volver a Tudela para quitarme ese mal gusto de la boca, y lo del otro día en Castel Ruiz sirvió para enjuagarse. Fue una charla-colutorio, estuve a gusto, me hicieron sentir a gusto, tanto que ni siquiera me importó ni me sentí tangado porque no me dieran la escultura de Boregan prometida (cosa de los recortes, de los que no se libra nadie).
Una escultura habría que hacer a los treinta valientes que se atrevieron a salir a la calle esa noche para venir a escucharme a mí, a la ama de Bea y a su amiga... Muchas gracias a ellos y a Manuel Arriazu, y Pepe Alfaro, por las lecturas, por los cafeses, por leer mis cuentos en los talleres literarios, a todos los de Traslapuente y los que después se tomaron un vino conmigo y les dio igual que yo pidiera cocacola, a todos por cómo me acogistéis, en definitiva, que para eso había empezado a escribir este post y se me ha ido la mano.
Luego otra vez al coche, o al potro de tortura, por un cargamiento que padezco en silencio desde hace días en el hueso sacro (que ahora entiendo que se llama así porque te cagas en todo lo sagrado cuando pincha) y de regreso a casa otra vez el viento atroz, y el frío, acrecentado además por el recuerdo del último libro leído, El exilio voluntario, de Claudio Ferrufino Coqueugniot, por sus magníficas páginas que evocan las calles heladas de los guettos de Washington y las cámaras frigoríficas de las naves industriales a las que los trabajadores entran para protegerse del frio, pero de eso ya hablaremos otro día, ahora os dejo con un enlace a la revista Traslapuente, en la que, en la página 25, podéis leer mi relato Peaje, con el que gané hace unos meses el Certamen de cuentos de Murchante:
Ahí va una reseña que sobre mi novela ¡Oh, Janis! ha hecho Alfonso Xen Rabanal, y de paso una invitación a quien quiera probar suerte y conseguirla gratis, porque sorteará un ejemplar de la novela a quienes contesten correctamente a una pregunta que plantea en su blog:
Además, para quienes anden por Madrid, si se animan a comprar mi novela en determinadas librerías (Rafael Alberti, Antonio Machado, Tipos Infames, La Centraly La Buena Vida), puede que entre sus páginas encuentran un naipe con premio: una botella de vino. ¡Suerte!
Volviendo a la reseña de Xen Rabanal, para mí es todo un honor que un escritor como él escriba sobre ¡Oh, Janis!, pues es uno de los autores más lúcidos y capaces de arrojar un poco de luz entre esta niebla en la que vivimos anestesiados y perdidos, felizmente perdidos, algunos infelices:
¡OH, JANIS! EN CRÓNICAS PARA DECORAR UN VACÍO
Dick Grande, de polla grande y corazón tierno, barrendero de Pamplona que en un viaje a Cuba conoce a una jinetera que le introduce en el mundo porno (amateur). Ahí empiezan las peripecias de este entrañable personaje que nos llevará por diferentes lugares del mundo con sus crónicas sexuales.
Y ahí se quedaría si otro la hubiese escrito. Pero no... estamos hablando de Patxi Irurzun. Y Patxi no deja indiferente a nadie. Posee la mejor mala leche de la literatura española. La prosa más fluida y demoledora, esa que engancha con una sonrisa y cuando quieres darte cuenta sigues sonriendo al intentar quitarte de encima los escombros y cascotes del sistema que ha derribado con su blankandéker. Nadie queda en pie ante su verbo. Posee esa virtud que solo Céline profesaba al incomodar hasta el paroxismo a una sociedad encerrada en las murallas de su ombligo.
El establishment nunca le perdonará que un siervo que revuelve la basura física de una sociedad, se trasmute en el héroe que proclame y demuestre que la parte es el todo y que sólo somos basura, desechos de nosotros mismos. Tampoco le perdonarán que ensalce el lenguaje coloquial, que se la ponga dura a los censores que, no te engañes, están más de actualidad que nunca... que las señoras del opus se pelen el gólgota de su clítoris al ser empaladas por una polla del rebaño.
Ni los nuevos siervos, esos que sólo saben decir que sí, como autómatas made in china que ya son, al expolio de lo poco de sociedad del bienestar que teníamos, esos, tampoco le perdonarán que se reivindique una conciencia de clase, esa que en sí vendieron al diablo de los mercados por nada... y que, ahora, transmutados en conservadores de un vacío hipotecado, les duele al justificar con sus votos el fascismo bicéfalo en el que nos hayamos.
Novela imprescindible para los tiempos que vivimos. Nos hemos encontrado con que la basura ya no está siempre en otros vertederos. Ahora somos y vivimos entre nuestra propia mierda. De nosotros depende si queremos acabar disparando balas, de basura.
Y ya que va de videos este otro sobre ¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis!, para recordar que en office@eutelequia.com, se puede pedir el libro y lo recibiréis contrarreembolso en casita por solo quince eurillos, que es bien poco a cambio de unas cuantas risas aseguradas. Venga, que solo quedan unos pocos.
Aquí va el prólogo que escribí para "Me quema el sabor de tus ojos", el disco-libro de Daniel Sancet e Insolenzia. Es además, una excusa para volver a poner el vidrioclip de este mismo grupo en el que aparezco encarnando a Dick Grande, el barrendero protagonista de mi novela ¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis! Memorias de una estrella del porno (amateur).
PEZONES
Joder, con las prisas. Dani me llamó ayer cuatro veces. Yo no me enteré. Estaría pasando el aspirador o bañando a los niños. Esta mañana he visto las llamadas perdidas, y justo cuando iba devolverlas, suena el móvil.Hay otro hilo invisible, además del teléfono, que nos conecta a cientocincuenta kilómetros. Después de todo los dos somos Ilundain.
—Primo, te llamo para meterte en un marrón… Necesito el prólogo para mañana…
Joder, con las putas prisas.
Aunque yo sabía que eso iba a pasar, cuando me invitó a escribirlo, a escribir este prólogo:
—Por mí, encantado, pásame la novela y eso está hecho.
—¿La novela? No, es que todavía no la he escrito.
Todo esto en mitad de un agosto frío como la mano de un esquimal muerto, cuando vinieron a Artica a grabar.
—¿Y cuando sacáis el disco?
—A finales de septiembre…
Dani me ha explicado cómo trabaja varias veces, cuál es el proceso creativo para escribir, primero las canciones y después, a partir de ellas, los capítulos de la novela; o quizás sea al revés, primero imagina la novela, la retiene en la cabeza, y una vez que ha escrito las canciones, suelta de una tacada la novela, no sé, todavía no lo he entendido muy bien. Lo que sí sé es que tiene todo eso dentro de él, ni siquiera diría que dentro de su cabeza, sino en las tripas, o en los pulmones, o en el forro de los cojones, y un día lo expulsa, como una polución nocturna, la bocanada de un luckiestrai, una vomitona…Lo hizo con “La boca del volcán” y lo ha vuelto a hacer con “Me quema el sabor de tus ojos”. Que me parece muy bien, pero yo ya estoy mayor, necesito más tiempo, yo escribía así hace años, cuando la cerveza entraba fácil y a porrillo, a oleadas, hasta que sentía el sabor de la espuma y de la sangre debajo de la lengua, y lo echaba todo, y en el suelo quedaban restos de tinta china.Qué tiempos.Qué cabrón, Dani, que todavía puedes hacerlo, divertirte, pintar con un palo en la arena, mientras a tu lado pasan chicas en bikini apuntándote con sus pezones duros.
—Vale, tendrás tu prólogo, a ver qué sale —siento húmedas las bragas de mis musas, y me comprometo.
Me comprometo, aunque tenga mil cosas pendientes. Esta mañana toca hacer la compra, así que de camino al súper pongo “Me quema el sabor de tus ojos” a toda hostia en el coche. Me saqué el carnet solo para eso. Para poder oír música. Y para berrearla. Todo lo demás, conducir, los talleres mecánicos, las conversaciones masculinas sobre coches, me da puto asco. La gente se sube a los coches y se convierte en bestias, depredadores, defensores de la pena de muerte. Conducir es una cuestión de educación, y las carreteras están llenas de maleducados, delistillos, de asesinos en potencia… Pero también hay gente que canta en el coche. Sin dejar hueco ni aire para la mala sangre. Yo pensaba que era un bicho raro, pero el día que Dani me llevó a casa, después de escuchar en el estudio de Iker Piedrafita por primera vez cómo habían quedado las dos primeras canciones del disco, vi que él también cantaba mientras conducía. A toda hostia. A pleno pulmón. Como un Ilundain.
A mí, ese día, se me puso la corteza del corazón en piel de gallina. Un ratico antes, me sentí un privilegiado acompañando al grupo en el estudio, mientras escuchaban la mezcla definitiva de las canciones. Sonaban como un trueno. Y ellos lo sabían. Escuchaban sus temas como si los hubieran escrito y tocado otros. Se sentían pequeñitos al lado de ellos. Y yo todavía más pequeñito, a su lado, un insecto, una mosca quieta en un cenicero. Yo era un intruso, un profanador, no tenía ni idea, nunca había oído una canción convertida en chóped, en lonchas, la batería por aquí, la voz de Isabel, a capella, por allá (qué bien canta Isabel siempre, y en este disco en particular, su voz suena como una flor desgarrando unas bragas de seda, o una mano blanquísima abriendo el corazón de un pájaro con los ojos del color de la miel… Y qué bien se araña la piel con las ortigas en la garganta de Dani.Dani e Isabel, bella y bestia, bailando un vals, sin pisarse los pies).
Después, al salir del estudio, nos tomamos una cerveza en un bar, a los pies del monte Ezkaba y a la salud de todos los huesos sin nombre enterrados en él, y Miguel no rompió ni tiró nada, y alguien del grupo dijo “A ver ahora cómo superamos esto”, y luego fue cuando Dani me llevó a casa, en coche, con la música atronando, y cuando empezó a cantar, sobre su propia voz, “A pleno pulmón”, y yo sentí cómo el asiento de copiloto me tragaba, como mi propio corazón convertido en una hoja de papel me envolvía, y sobre él la vida era un dictado con estribillos para corear con el puño en alto (que los hay por arrobas en el disco), y jarras de cerveza fría una tarde de verano, y risas despreocupadas… Puro rocanrol. Pura vida.
—Bueno, pues cuando tengas la novela, mándamela— fue sin embargo, lo único que pude decir, cuando Dani me dejó a la puerta de casa. Como una mosca muerta, ahogada en cenizas, incapaz de zumbar con un poco de entusiasmo.
La novela fue llegando después, también como ruedas de chóped: un día Dani me trajo dos capítulos, otros me los envió por email… Y al final el prólogo lo he tenido que hacer pintando sobre la arena, del tirón, contra el reloj… Al estilo Sancet. Escribiendo como cuando escribir era lo único que había. Cuando te jugabas la vida con ello (eso sigue igual, pero entonces tenía menos miedo y, aunque dejaba más flancos descubiertos, la inconsciencia me hacía más peligroso).Cuando pasar la aspiradora era escribir. Y cuando te daba lo mismo si los demás la tenían más larga.
Jean Dubuffet, escritor y pintor francés (para qué voy a escribir un prólogo si no puedo pegar un moco dentro de él), dijo que “la literaturalleva un retraso de cien años con respecto a la pintura. Hace varios siglos que no se alimenta de los frutos inmediatos que ofrece la vida, sino de obras anteriores”. Y tiene razón, pero eso no va con Dani ni con el libro que tienes en tus manos. En este libro no vas a encontrarte citas de Rimbaud, de Marcel Proust, ni siquiera de Bukowski (como mucho de Barricada, o de Cicatriz) sino bares, habitaciones con gente que se siente sola, se hace pajas,tiendas de discos, más bares… Pura vida. Puro rocanrol. Y muchos pezones. A Dani le vuelven loco los pezones. Pezones con forma de fresa, o pezones que te apuntan como recortadas, y tú levantas las manos y algo más, y ofreces el botín de tu alma a cambio. Pezones nutricionales, por los que fluye la existencia. Dani acaricia pezones con sus manos y se pone tetas, es capaz de desdoblarse, de cambiarse de sexo sin que se note, de meterse bajo la piel tanto de Alex, como de Selene, los dos protagonistas, de darse de hostias en un bar y de probarse un tanga delante de una amiga y preguntarle si le hace el culo demasiado gordo. Y mucho más: Dani retrata, mirando desde muy cerca, a dos jóvenes que echan a andar en dirección contraria al dedo que señala y acusa.
Dani Sancet es, en definitiva fiel a la Insolenzia, con zeta, y cuando es necesario muerde hasta la mano que le da de comer y le deja la cicatriz, la marca del zorro, un beso de antifaz, algo que dicen que no se debe hacer, mentira puta, detrás de esa mano hay siempre un brazo, una mente a veces peligrosay otra mano con la que a menudo nos tienen agarrados por los huevos. Este es un disco, y un libro, escrito con los dientes apretados, a pleno pulmón, conla voz rota de tanto gritar –eso y los, luckystrais-,contra el tiempo, viudo de reloj, contra todos y a favor de los que todavía se atreven a danzar el baile de la libertad.
Patxi Irurzun
Sarriguren, 16 de septiembre de 2011
Muy pero que muy de vez en cuando llegan noticias de la remota Papúa Nueva Guinea, hay que buscarlas por los bordes de los periódicos o en vistos y no vistos de los telediarios, total solo son, como las de esta semana, hundimientos de ferrys en los que no viaja ni un solo turista, o intentos de golpe de estado, cosas así, sin importancia.
Yo estuve en aquel país hace diez años. Lo cuento en la segunda parte de mi libro 'Atrapados en el paraíso' (en la primera hablo de Payatas, el basurero de Manila), del que os dejo aquí algunos párrafos papús de un capítulo titulado
EL PIRATA DEL SEPIK
No tardamos demasiado en aterrizar en Wewak, en un pequeño aeropuerto. Mientras esperábamos a que un carro trajera nuestras maletas, tras las verjas distinguí un rostro que me resultaba familiar: un hombre de unos 60 años, alto, espigado, de barba rala y pelirroja. Se acercó a nosotros en cuanto salimos del aeropuerto.
—Ralf —se presentó.
Pronto recordé. Había visto esa cara en una guía de viajes del Sudeste Asiático que hablaba de refilón de PNG. Según ésta, la casa de Ralf era el punto de paso imprescindible para todo viajero que pretendiera llegar hasta el Sepik, el lugar donde éste podía informarle de todo lo necesario, conseguir el vuelo en la avioneta, poner a recaudo los pasaportes, etc. Uno de los tesoros de Ralf, de hecho, era el libro de visitas, en el que los viajeros dejaban sus impresiones y consejos tras su incursión en el río. Ralf era un ex-jesuita alemán que había pasado casi 20 años navegando por el Sepik y que finalmente se había casado y tenido hijos con una nativa. Ralf ahora sobrevivía, casi como un ermitaño, en una colina a sólo unos kilómetros de Wewak, alquilando literas, vendiendo artesanía, utilizando su vieja ranchera como taxi...
Nos ofreció alojarnos en su casa. Dijo que tenía una habitación libre, aunque deberíamos compartirla con varios cachorros de perro —“pekininos”, los llamó—. Aceptamos. Por lo que sabíamos era el único lugar al alcance de nuestro bolsillo en el que podíamos hospedarnos en Wewak.
Ralf nos hizo montar en su ranchera, con decenas de abolladuras y que algún día bajo el óxido debió de ser amarilla. Subimos junto a él en la cabina. En el suelo había una capa de cáscaras de coco. Arrancó. Apenas recorrió unos metros y paró para que subieran dos o tres mujeres a la parte de atrás. Después un grupo de niños. Algunos chicos jóvenes. Así hasta que la ranchera se llenó. A veces Ralf disminuía la velocidad para coger una de las cáscaras de coco y arrojarla por la ventana a los perros que se cruzaban. Al principio pensé que era un amante de los animales, pero después me di cuenta de que les tiraba a dar, intentando espantarlos para no atropellarlos, lo cual resultaba algo ridículo, pues circulábamos a unos 20 kilómetros por hora.
La carretera fue elevándose por una colina de vegetación espesa, entre la cual se abría de vez en cuando un claro, algún camino, en el que se veían grupos de jóvenes con machetes, esperando no se sabía muy bien qué. En los días sucesivos no tardaría en darme cuenta de que los machetes eran herramientas de trabajo con las cuales abrirse paso a través de la selva, cortar caña o plátanos y de que aquellos muchachos simplemente esperaban algún camión que les condujera a Wewak, pero no pude evitar asociar esa imagen con cualquiera de las que estábamos acostumbrados a ver en los telediarios cuando hablaban de países como Papúa Nueva Guinea o de continentes como Africa, y que ilustraban noticias de matanzas, mutilaciones... Me pregunté qué sucedería con cada uno de nosotros con uno de esos machetes atrapados en un atasco; o ganando ochenta kinas, veinte euros a la semana.
Llegamos a la casa de Ralf, en un recodo de la carretera. Alrededor de ella, semienterradas, había varias rancheras aún más viejas que aquella en la que habíamos montado. En cuanto a la casa, era una rudimentaria construcción de madera, sostenida sobre cuatro troncos que dejaban un espacio debajo por el que desaguaba la ducha y que impedía entrar a los reptiles. En la fachada se veían colgadas máscaras de madera, tallas, escudos... Apenas un aperitivo de lo que aguardaba dentro. La casa de Ralf era una auténtica "haus-tambaran", las casas de los espíritus que construían en los poblados de Papúa Nueva Guinea en honor de los antepasados. Las paredes se encontraban completamente cubiertas por lanzas, tallas, figuritas, dientes de cocodrilo y demás adornos a los que no habían quitado el polvo desde hacía lustros, seguramente para no molestar a las decenas de arañas que colgaban por doquier y que para Ralf eran una especie de simpáticas mascotas o pequeños dioses animales. En contraste con esos adornos también se veían algunos recortes de periódicos de diferentes partes del mundo en los que se mencionaba la casa y, en una de las puertas, posters de Pamela Anderson y Leo Dicaprio.
—Era la habitación de mis hijos —se disculpó Ralf—. Ahora viven en Australia.
De esa misma habitación veríamos en los días que permanecimos en Wewak entrar y salir a varias mujeres que hacían la comida, barrían y apenas intercambiaban unas frases con Ralf. Siempre eran mujeres silenciosas, que permanecían dos o tres días, se iban y dejaban paso a otras como ellas. Era como todo cuanto rodeaba la vida de aquel singular alemán: misterioso.
Ralf nos hizo pasar a nuestra habitación y nos mostró varias literas, la mayoría de ellas ocupadas por cajas con más montones de figuritas y máscaras.
—Las mantas —nos ofreció.
Estaban mojadas. La colina era un lugar húmedo que todas las mañanas quedaba envuelto por una niebla densa. Comenzamos a hacer las camas. Debajo de ellas se escucharon unos gruñidos.
—Los “pekininos” —explicó Ralf—. Los perros grandes quieren comérselos, sienten celos de la madre.
Lo que nosotros no entendíamos era por qué los ponía a recaudo precisamente allá, en la habitación de los huéspedes. Era como si lo que él ofreciera fuera precisamente eso, un alojamiento para amantes de las emociones fuertes y molestas. Lo que estaba claro era que quien dormía en la casa de Ralf nunca olvidaba la experiencia, las noches de terror, con todas aquellas máscaras y arañas observándote en la oscuridad; las noches de enfermedad, al borde de la pulmonía al amanecer; las noches de pesadillas, en las que uno soñaba con convertirse en el Herodes perruno…
La casa de Ralf no era, en definitiva, el “Crown Plaza”, y eso que todavía no habíamos descubierto la pieza estrella: el baño, y su peculiar sistema de saneamiento. En una pequeña caseta, fuera, bajo una taza incrustada en unas tablas de madera se veía un gran agujero excavado directamente en la tierra, al fondo del cual se revolvían miles de gusanos que devoraban cuanto les echaran, excrementos, orina, papel higiénico...
—Si consigo cagar aquí creo que nunca más volveré a estar estreñido —dijo Josean.
La primera noche en la casa de Ralf apenas conseguimos pegar ojo. Los “pekininos” lloraban, rascaban el suelo… De vez en cuando, en la carretera, se oía un frenazo, gritos de hombres llamando a mujeres —supongo que a las mujeres de la habitación contigua—, y después a Ralf que salía a espantarlos. Los hombres se alejaban entonces entre un estrépito de botellas rotas. Fue una larga madrugada.
Atrapados en el paraíso (Patxi Irurzun).
Gobierno de Navarra, 2004
Premio a la creación del Gobierno de Navarra. Finalista del Premio Desnivel.